Sentí el abrazo contenedor de Daniel a mi espalda. No dijo nada. Solo me abrazó y quedó así. No me resistí. Lo necesitaba. El silencio era roto por mis sollozos y su respiración que era profunda. ―No me acostumbro ―confesé. ―Es muy pronto, preciosa, no ha pasado ni una semana. ―Parece que hubiera sido hace tanto tiempo y a ratos como si hubiera sido recién. ―Es normal, no te tortures, si tienes que llorar, hazlo, no te avergüences de tu dolor. ―Pero tú querías salir. ―Quiero. Pero no hay apuro, ya te lo dije. Me di vuelta y lo miré. Fue un momento muy íntimo a pesar de no haber contacto entre nosotros en ese momento. Lo miré largamente sin saber qué decir. Él no dijo nada tampoco, solo pasaba sus dedos por mechones de mi pelo. Ya no lloraba, pero sentía mis ojos pesados. Casi

