―¿Tienes hambre? Son las tres ya, es muy tarde ―me dijo de pronto. ―Parece que sí. ―En realidad no me había dado cuenta si tenía o no. ―Vamos. Seguiremos conversando más tarde. ¿Quieres ir a La Portada? ―Aquí no hay mucho donde ir, ¿cierto? ―comenté de mal modo sin pensar. ―¿Por qué dices eso? ―Por nada. Me levanté y caminé al auto. Daniel me detuvo del brazo. ―Dime, ¿por qué dijiste eso así? ―exigió sin dureza. Dudé, pero decidí contarle. ―Es que ese día que salí con Miguel, fuimos a Mejillones, a La Portada, a Coloso... Sus ojos se oscurecieron y se achicaron. ―¿Y aquí? ―No, aquí no. Entonces, sonrió. ―Me parece. Vamos a comer y luego volvemos o vamos a otra parte. ―Estoy de acuerdo ―acepté sin miramientos. Me gustaba estar con él y conversar, a pesar de sus

