Pasó un día… pasaron dos. No había visto la luz de la luna o el sol en ese tiempo, por lo que asumió que estaban bajo tierra y esa tenue luz que podía ver era de las velas. Gwyneviere y Darion cruzaban algunas palabras en susurros cada tanto. Ya había comido y usado las cubetas. La primera vez que la comida apareció, desconfió y no quiso probar bocado, y luego todo desapareció pasadas unas horas. Al segundo día moría de hambre y devoró todo. Y sólo habían pasado dos días. Luego pasaron tres y cuatro y cinco días. Gwyneviere sacudía sus cadenas con impaciencia, y frotaba sus muñecas. –Estúpidas cadenas. –Ya te acostumbrarás –escuchó a Darion, del otro lado de la celda. –Si, claro. Continuó sacudiendo las cadenas y maldiciendo. El tintineo resonaba en toda la cueva. –Tranquila, mujer.

