—¿Podemos entrar ya, cariño? No quiero que los vecinos me vean en este estado. —Dijo Arnaldo. —Oh por Dios, eso debe doler mucho. —comentó ella, disimulando su risa. Por favor, ayúdenme a traerlo al sofá. Ya que no quiere que el médico lo revise, lo haré yo con mis propias manos. Los hombres lo acomodaron donde la esposa les ordenó. Ella fue por el botiquín de primeros auxilios, mientras que Arnaldo se quedó dándoles más órdenes a su seguridad. La chica regresó y comenzó a empapar de alcohol las heridas, haciendo que el hombre se estremezca por el ardor. —Pueden marcharse, recuerden que quiero una respuesta antes de las seis de la mañana. —Sí, señor. —Respondieron los hombres para luego retirarse. —¡Ah! ¿Pero qué haces, tonta? ¿Acaso he dicho que necesito de tu ayuda? —rezongó cuando

