Los primeros meses de mi relación con Tom Harper eran como aquel cliché: miel sobre hojuelas. Pintaban de maravilla, hablábamos todo el tiempo, acerca de todo. Nos sentábamos juntos en todas las clases —algo que Stacy resintió ligeramente, pero Bash la convenció de que no debía sentirse alejada o botada—, pasábamos el día en mi casa viendo series y leyendo en conjunto. Nos encantaba que uno leyera y el otro escuchara atentamente. Lo hacía ameno y especial desde nuestro punto de vista.
Conforme los meses transcurrían dejamos nuestras recientes costumbres. No nos veíamos, muy apenas nos saludábamos y tenía la sospecha de que Tom tenía el ojo puesto en otras chicas, aunque claro, intenté de todo para no convertirme en una de esas chicas controladoras que tanto aborrecía. Le di su espacio total. Y a él pareció encantarle en su totalidad.
Un día, mientras papá me dejaba en el instituto. Vi como Tyler, el hermano patán de Tom lo dejaba en la puerta. Me despedí de mi padre efusivamente y me dirigí hasta ellos, con la intención de saludar a mi novio.
—Oye, qué buena te has puesto, Freya —comentó Tyler. Lo miré ligeramente irritada, ante su vocabulario y el sonido que hizo con su boca para darle más énfasis al comentario.
Tom miró a Tyler, dándole a entender que se callara, su rostro se había endurecido en cuestión de segundos.
—Nos vemos —espetó Tom, agarrando su mochila del asiento del copiloto y cerrando la puerta de un azotón. Tomó mi brazo con más fuerza de la necesaria, mientras nos dirigíamos a las enormes puertas que se abrían de par en par.
—Ya suéltame, Tommy —murmuré suavemente, con la intención de que me soltara y se le pasara el enojo. No pareció funcionar, porque me miró con cierto repudio que hizo que mi corazón sufriera un ataque de miedo. ¿Acaso me odiaba?
Fui débil ante un hombre, lo reconozco.
Todos somos débiles alguna vez.
Tom Harper se había convertido en mi kriptonita.
—¿Qué te traes con mi hermano? —Espetó soltándome por fin.
—¿De qué demonios hablas, Tom? Tú hermano y yo muy apenas hemos cruzado palabra.
—¡No me engañas! —Levantó la voz más de lo que debería. Varios voltearon a vernos con detenimiento, ahogando murmullos e intentando chismosear sutilmente.
—¿Qué te pasa, Tom? No entiendo de donde sacas...
—¡Eres como todas! —Vociferó a todo pulmón. Una parte de mi creyó que él deseaba que todos pudieran escuchar la discusión—. ¡De seguro te has estado viendo con mi hermano! ¡Mi propia familia! ¡Déjame en paz ya, Freya!
Me quedé sin palabras realmente. Me pasé un buen rato ahí parada, junto a las puertas del instituto. Parpadeando constantemente intentando encontrar una buena explicación, mientras que él se marchó lo más rápido posible.
Apenas entré a la clase y me encontré con mis dos mejores amigos, les conté lo acontecido, esperando un consejo o una explicación para su extraño comportamiento. Mientras que Stacy dijo que tal vez lo había malinterpretado, Batman, quiero decir, Bash, mi mejor amigo y el más fiel seguidor de Batman y la reencarnación de Sherlock Holmes, sacó sus teorías:
—Mira, Freya. Seré honesto y diré lo que creo: ese hijo de puta quiere deshacerse de ti. Es fácil, todos son iguales. Mi padre siempre utilizaba el pretexto de la sopa demasiado caliente o las tortillas frías para enojarse con mamá y salirse a emborracharse con las prostitutas —comentó como si fuera lo más natural del mundo. Una que otra persona a nuestro alrededor abrió mucho los ojos ante la declaración y miró como un bicho raro a Bash—. El imbécil de Tomasino intenta que lo dejes tú, para no tener que hacerlo él, o también intenta echarte la culpa a ti. Agh, hombres. Son unos malditos perros.
—Bash, no sé si la cosa en tu entrepierna no es suficiente información, pero tú eres un hombre —dijo Stacy.
—Cállate, cachetes de marrana flaca —respondió el pelinegro a mi mejor amiga —. Ese es mi veredicto, entonces, Frey. ¿Qué harás? Yo sugiero que le aventemos piedras en su maldita casa de ricachón.
Tom era ligeramente adinerado y de buena posición económica, pues vivía en una colonia bastante costosa de Seattle. Mientras yo vivía en una casa con tres habitaciones bastante pequeñas, él tenía de sobra. Su hermano mayor era un despilfarrador. Según me había contado, ellos tenían bastante prestigio en el instituto en el que solían asistir, por desgracia, las cosas se salieron mucho de control —Tom no me dio detalles— y Tom terminó expulsado, al igual que Tyler. Tom tuvo que venir a estudiar a McKinley, como castigo, pues queda a dos horas de su casa, mientras que Tyler tuvo que buscar trabajo en un McDonald's.
Por esa razón lo conocí. Él era nuevo. Tímido y reservado. Sólo se juntaba con Blaine —y hasta la fecha lo hace—. Mientras Bash parloteaba sobre lo crueles, hijos de puto y mentirosos que eran los hombres, yo me detuve a pensar en las primeras conversaciones que tuve con Tom. Recordar mi nerviosismo y el suyo hacía que mi estómago se revolviera. Intenté consolarme diciendo que las cosas se arreglarían, pero mis amigos, temo decir que no fue así.
Algo que odiaba de Bash, era que el condenado tenía la razón siempre.
Tom tomó como pretexto y esparció el rumor de que yo me estaba enredando con el mujeriego de su hermano para no volverme a hablar en toda la semana y voltearme la cara cada vez que me veía.
Blaine —quien a veces era más amigo mío que de él— lo intentó convencer más de una vez que entre Tyler y yo no había nada, más sin embargo, no funcionó. Tom seguía igual de molesto, supuestamente. Por mucho que Blaine, Stacy y Bash intentaran consolarme, mi corazón dolía.
Y dolió más cuando perdí mi orgullo y dignidad al irlo a buscar a su casa. Me armé de valor en tocar a su puerta luego de pensarlo por unos minutos. Tardaron en abrir.
Una chica con un camisón que muy apenas tapaba lo debido me abrió la puerta con una sonrisa amigable. Le sonreí de vuelta, creyendo que se trataba de una de las conquistas de Tyler. Lo cual posiblemente significaba que Tom había dejado de creer que su hermano y yo teníamos algo (seguía sin creer de donde le venía esa absurda idea).
—¡Hola! Me gusta tú suéter de Flash. Mi hermanito tiene uno también —comentó con una sonrisa genuina. Le sonreí de vuelta, de nuevo.
—¡Gracias! ¿Está Tom? Necesito hablar en serio con él.
—¿Tom? —Frunció el ceño—. ¡Cariño, una chica te busca! —Gritó a lo lejos—. Viene en un segundo. ¿Son amigos o algo?
—Tom es mi novio. ¿Quién eres tú? ¿Su prima?
—¿Dijiste novio?
Las cosas se pusieron mucho más tensas. Tom deseó con todas sus fuerzas no haber bajado las escaleras, lo sé perfectamente por la mirada que puso al verme.
—Oye, Tom. Esta chica dice que es tu novia, ¿quisieras explicarme eso? Porque según tú, soy el amor de tu vida —espetó fríamente, intentando mantener la compostura.
Se me heló la sangre al escuchar eso. Era débil. Quería llorar, gritar. Sentía mi corazón hacerse añicos lentamente y esos pedacitos querían salírseme por la boca. Quería vomitar. Quería golpearlo. ¿Era una broma? Al parecer no.
—¡Muere Tyler Harper, maldito hijo de los mil p***s! —Bramó una rubia de cabello esponjado y jeans desgastados en el jardín, lanzando una piedra con perfecta puntería que aterrizó en la puerta—. ¡Eres un imbécil!
Cuando se detuvo a ver la escena y nosotras la miramos como si estuviera salida del manicomio, soltó una ligera risa y añadió:
—¡Y tú eres un hijo de puta también Thomas, vas por el mismo camino! —Exclamó.
—¡L-largo de aquí, Olivia! —Vociferó Tom.
—Eres un imbécil, Tom. Realmente creí que significábamos algo. Que lo nuestro era especial. Eres sólo otro cliché americano que me asquea —no supe de donde saqué la fuerza para sacar aquello, pero lo hice. Sin titubeos. Fui firme.
Con mi poca dignidad, crucé el jardín y salí lo más pronto posible de ahí. No me intentó seguir. Ni se molestó. Después de todo, lo que quería era deshacerse de mí.
¿Por qué fui tan estúpida al creer que la vida no es un cliché?
A decir verdad: ¡Todo es un maldito cliché!
Estaba ahí, con el corazón roto, caminando por enormes residencias llenas de ricos estirados y tragándome las ganas de llorar porque un niñito de p**i había roto mi corazón.
—¡Oye, oye! —La misma chica rubia que había arrojado piedras a la casa de los Harper me alcanzó—. ¿Estás bien?
—No.
—Siento que te rompieran el corazón. A juzgar por tu buen gusto en suéteres sé que no te lo mereces. Pero así son los malditos hombres.
—¿Tyler te rompió el corazón?
—Tyler hizo más que romperme el corazón —respondió la tal Olivia, aunque no dio más detalles y yo no los pedí.
Nos limitamos a caminar sin rumbo alguno, en un silencio incómodo que después se esfumó poco a poco, cuando el silencio se rompió.
Me rompieron el corazón. Pero encontré una amiga bastante fiel.
Ley de vida: Te quitan algo, pero te dan algo a cambio.
No está tan mal, ¿eh?