Comienza el plan.
Lidia.
Alguien ha venido a despertarme sin que salga el sol, ignoré cada llamado, no porque no pueda levantarme, en realidad quiero que sea Raegan Stein en persona el que me despierte. Es un hombre importante quien no debería perder el tiempo conmigo, pero nunca bajo los brazos y si lo quiero lo tengo.
Destapo mi cuerpo dejando a la vista la ropa interior blanca de encaje para quien se atreva a venir, mantengo los ojos cerrados con una respiración lenta.
Justo como imaginaba el aroma a perfume caro invade el aire de la recamara, escucho los pasos firmes que se acercan, la persona queda inmóvil a mi lado respirando entrecortado y cubre mi cuerpo luego de tomarse su tiempo.
Su mano fuerte toca ligeramente mi mejilla, el pulgar acaricia mi piel creando un fuego a plena mañana.
—Lidia, despierte— demanda autoritario, finjo seguir plenamente dormida consiguiendo que el adinerado sensual acerque más su rostro al mío—. Cuñada, despierte— su aliento huele a menta fresca, la colonia junto a su aura de hombre poderoso pone a temblar ni cuerpo. Abro los ojos satisfecha de tenerlo justo como quería y al hacerlo, me encuentro con sus pupilas dilatadas y la oscuridad de sus orbes grises.
—Buenos días, hermano.
Somos hermano políticos y puede que suene mal llamarlo así cuando tengo intenciones diabólicas pero tentarlo con lo prohibido me fascina.
—Si no le importa me gustaría enseñarle prendas a su elección para el día de hoy.
—Encantada— acepto su mano extendida, recuerdo mi estado actual y de inmediato envuelvo la sabana gris a mi misma antes de seguirlo.
Personas de afuera que vieran esta escena creerían que el magnate y yo disfrutamos de una noche pasional.
Lo sigo entre los pasillos perdiéndome entre las cientos de puertas que contiene esta mansión de ensueño. Raegan se detiene frente a una abriéndola para mí esperando a que pase primero. Su caballerosidad nunca pasa desapercibida.
Pongo un pie dentro con los ojos queriéndome salir de la maravillosa vista; hay doquier de vestidos, faldas, camisas, incluyendo ropa interior, zapatos, joyas y accesorios. Pareciera que trasladaron un centro comercial de las marcas importantes en la industria. Releo las etiquetas con una sonrisa, hay desde Channel, Versace entre otras que realmente son desconocidas para mí, una persona humilde que nunca a podido darse gustos exagerados.
—¿Te gusta?— volteo con una sonrisa en dirección al hombre que se mantiene de brazos cruzados.
—¡Me encanta! Espero que a Leila no le importe prestarme un poco de su ropa…
—No es su ropa— comenta—, por la noche he seleccionado lo que ves para ti, y antes de decir una objeción primero debes saber que mis secretarias deben verse a la altura de la empresa, sin contar con que eres mi cuñada, familia. Así como Leila y Sarah tienen todo de mí, siéntete a gusto de utilizarme a tu antojo.
Amplio mi sonrisa sin responderle, estoy tan concentrada en el olor a ropa nueva, la suavidad y calidad de cada tela como para refunfuñar. Este cuarto es el sueño de cualquier mujer. Tampoco planeaba hacer un escandalo diciendo que no me gusta, me lo merezco.
—Te esperaré abajo— dice al ser ignorado los minutos pasados, asiento sin mirarlo y sigo seleccionado lo que me gusta para probármelo.
Primero elegí una falda tubo de un tono beige y una camisa blanca, me lo probé y quede insatisfecha. Seleccioné vestidos como opciones secundarias, me puse uno rojo al cuerpo, reservado en la parte del pecho, luego uno gris hasta caer en manos de uno beige bellísimo. La forma en la que se pegaba a mi piel deslumbraba mis atributos, llamaría la atención dado que parezco desnuda con tal color.
Combino con unos zapatos altos de color dorado, al principio rechazaba mezclarlos al ser colores diferentes, pero quedaron de maravilla en mí. Pruebo como me vería con un bolso de tiras plateadas en bucles de color piel y lo apruebo. Las joyas son sencillas, un collar de plata con un dije de corazón oscuro, unos colgantes brillantes sin adornos.
Termino con mi atuendo y me concentro en el maquillaje, no me exceso mucho, con el pintalabios rosa soy toda una diva, el rubor y mis pestañas igual, así que termino rápidamente.
A medio camino, intuyendo olvidarme algo, dejo la puerta abierta al notar el estante de perfumes, aplico el de frasco rojo sin ser muy fuerte y abandono la brillante habitación dedicada especialmente a mí.
Bajo las escaleras, Raegan Stein espera al final leyendo su celular último modelo sin prestarme atención a mí o a Leila quien se dedica a recriminarle mi presencia. Deja de chillar cuando me ve de arriba abajo.
—¿De dónde sacaste eso?— susurra claramente confundida. Gracias a ella, el castaño levanta su cabeza para fijarse solamente en mí. Le sonrío, me sonríe siendo Leila la que estorba en estos momentos.
Llegando al último escalón, su costumbre lo lleva a extender su mano socorriéndome así evito una caída. Imposible que pase tal vergüenza, estoy acostumbrada a los tacones altos, he llegado a usar de veinte centímetros en el pasado.
Acepto gustosa ignorando a mi hermana como él llegando a tocar el mismo suelo.
—Te ves muy bien, cuñada— halaga besando el dorso de mi mano, el lugar donde sus suaves labios presionaron queda ardiendo por culpa suya, trae mis hormonas alborotadas, por no decir caliente.
Leila sigue nuestros movimientos con desdén, su esposo coloca su mano en mi espalda guiándome a la salida, hasta que…
—¡Amorcito!— Leila lo detiene frenética—. Debes desayunar, siempre lo haces.
—Hoy no, tengo trabajo importante en la empresa y es mejor si Lidia empieza desde ya así se adapta fácilmente— reprende la mano de ella con asco volviéndose a mí para llevarme afuera.
Como todos los magnates adinerados tiene su propio chofer el cual abre la puerta para ambos y conduce a la prestigiosa empresa.
El sol aún no ha salido, las calles están desiertas sin un alma que mirar desde la ventanilla. No tengo tiempo de aburrirme porque tengo a Raegan con su porte todopoderoso.
—Señor…— me mira inmediatamente frunciendo el ceño, mi error fue llamarlo “Señor” cuando es obvio su deseo—. Quiero decir, Raegan— corrijo— Es mi primera vez como secretaria, no sé nada sobre el mundo de los empresarios, mucho menos sus funciones. Según entiendo, las secretarias deben asegurarse el bienestar de su jefe, pero soy inexperta en ello. Estoy nerviosa, quisiera saber si alguien va a orientarme o…
—Por supuesto tendrás alguien a tu servicio para salir de dudas— interrumpe poniendo su mano en mi muslo queriendo consolarme aunque provoque un pensamiento impuro en mi cabecita—. Estate tranquila, no soy un jefe exigente.
La limusina se detiene frente a un edificio irreal, ni siquiera el de Theodoro se compara a este. Podría jurar que toca el cielo, es tan alto.
Entramos con cuidado, cada empleado abre las puerta para Raegan, lo saludan con respeto y un poco más le lamen los pies en el proceso. Demuestra ser importante, su vida vale millones y por supuesto la paga ofrecida en la empresa no son un dólar, sino más.
Al caminar mantiene la seriedad en el rostro, temen verle a los ojos intimidados por su presencia notoria.
Lo acompaño al ascensor muda, deleitándome de los objetos sofisticados en la planta baja. Cuando las puertas del ascensor se abren, casi me desmayo al ver tan asombroso piso, lujoso, bellísimo. Claramente es su propio piso donde está su oficina personal. En la entrada hay un hombre de traje y lentes tecleando en su computador de última generación, hasta que se percata de nuestra presencia. Sonríe encantado hacia Raegan, conmigo simplemente enarca una ceja y me ignora.
—Buenos días Señor Stein, espero tenga un buen día— le llena de cumplidos diciendo su buena elección de vestimenta, lo perfecto que luce todos los días y menciona sus logros de cada año.
—Stefan, ella es Lidia Spencer, mi cuñada y nueva secretaria— me presenta al fin. La cara dura del tal stefan se suaviza al descubrir mi nombre, aunque se reafirma de nuevo.
—La confundí con la señora Stein— comenta con una fingida sonrisa.
—Quiero que le enseñes lo que se necesita para ser mi secretaria— ignora su comentario anterior—. Cuídala bien ya que es familia— me pide que lo siga hasta su oficina y lo hago entendiendo que ya no es mi cuñado en la empresa, ahora es el señor Stein, mi supuesto jefe.
Un cristal brillante revela su oficina nada discreta. Abre la puerta del mismo material dejando que pase antes que él.
Una vez dentro, toma asiento en su silla alta, rodea su escritorio e indica sus primeras instrucciones. Estoy lista, preparada, deme los documentos, las llamadas, lo que sea.
—Siéntate por favor, Stefan nos traerá el desayuno.
Mi mandíbula se abre sin creerme lo que dijo. Se supone que debe ser un jefe mandón. Pero esta oportunidad puede favorecerme, por ello tomo asiento frente suyo esperando el desayuno con total paciencia.
—Disculpa un momento— levanta su mano señalando su celular sonando sin parar. Asiento sonriente, presto atención a la llamada discretamente.
Por lo que puedo escuchar hablan de una reunión aplazada para hoy a las cinco de la tarde, debe reunirse con hombres de apellidos difíciles de pronunciar.
Entre sus movimientos exasperantes, sin esperarlo o notarlo, Stefan pone dos bandejas en el escritorio, una para mí y otra para Raegan. En ellas hay un yogurt pequeño, cuchara, tostadas con mantequilla de maní, un jugo de naranja y café.
Le agradezco como se debe pero me pasa por alto creyéndose la gran cosa. A lo mejor se sentía cómodo cuando estaba solo, sin un compañero.
Sale sin hacer el minúsculo ruido, y en ese preciso momento Raegan corta la llamada viéndome pasar la cuchara con yogurt a la boca lentamente, siendo lo más provocativa posible. Funciona como esperaba, crece el bulto entre sus piernas dejándolo en evidencia.
—Está delicioso— agrego coqueta, repito la acción llenando la cuchara de yogurt para luego meterla a mi boca profesionalmente.
Terminamos de desayunar y llama a Stefan para que sea mi guía y guardián temporalmente. Ignoró cada provocación que le hice aún estando excitado.
—Aquí se llevan a cabo las reuniones más importantes— presenta otra oficina espaciosa con una mesa larga de color blanco y sillas rodeándola.
El tour continúa por poco tiempo ya que no hay variedad de oficinas en este piso, es exclusivo para Raegan.
—Y este lugar es donde recibiremos a las personas, atenderemos llamados y correos, protegeremos la integridad del señor Stein, estaré en este puesto hasta que dejes de ser una niña ignorante.
Es la mesa de entrada con dos computadoras separadas. No estoy cerca de él.
Me enseña lo necesario, no es mucho, lo esencial es sencillo. Creí que sería tranquilo el primer día, pero a pasar dos horas recibimos llamadas con mensajes destinados a Raegan.
Hay dos teléfonos inalámbricos, uno de Stefan y otro mío, colapsan de tantas llamadas y me pierdo anotando, recordando, tratando de ser amable. Mi compañero se jacta de mi situación.
—¿Quién es el señor Banks?— decido preguntar tras cortar la llamada correspondiente, el hombre pedía un reunión urgente con Raegan.
—El señor Banks es un inversor sin importancia— teclea mientras habla, parece irritado—. Ya te explique lo que debes hacer, niña. Usa tu cabeza, si es que la tienes.
Imbécil.
Paso de la gran mesa de entrada dirigiéndome a la oficina de mi jefe quien se ve sumido a su trabajo teniendo celular en el oído, a su vez teclea en su notebook y escribe en una libreta. Tan sumido que me da miedo tocar la puerta e interrumpirlo. Lo hago, tragando saliva, y levanta su vista haciendo un ademán con su mano aceptando mi entrada.
—¿Qué ocurre?
—El señor Banks solicita una reunión urgente con usted para las once de la mañana— digo, recordando más—. También mencionó a unos socios.
Finaliza su llamada y el timbre de su celular suena, al pobre no lo dejan en paz ni un minuto.
—Notifica a los socios sobre la reunión a la hora estipulada, prepara la oficina y también encárgate de mis correos— el aparato tecnológico muestra los miles de mensajes que llegan por segundo, la confianza que me brinda es de no creer. Puede servirme siempre y cuando sea discreta.
—Como ordene, señor Stein.
Llevo su computador investigando a los socios, les notifico de la reunión y aceptan al instante urgidos. Debe ser importante para que se pongan así.
Releo los correos sin entender nada de nada, Theodoro quiere que sabotee el trabajo de Raegan y a la vez que me gane su confianza. Este punto si es complicado, jugar a dos caras siendo cuidadosa.
Preparo la sala de reuniones, pongo carpetas en cada puesto a medida que viene cada socio. El señor Banks fue el primero en llegar y situarse en una silla, preguntando a cada nada dónde se encuentra Raegan y si va a tardar mucho.
—Buenos días señores— el temerario dueño de la empresa Stein hace acto de presencia pisando fuerte. No les sonríe u estrecha su mano. Le doy el café solicitado al igual lleno las copas con agua a los hombres presentes.
—¿Necesita algo más?— inclino mi cabeza a su nuca, si tan solo girara la cabeza podría rozar los labios lujuriosos de él.
—No, puedes retirarte.
Río en su oreja y me vuelvo a enderezar, saludando a la compañía, ellos hacen lo mismo y uno suelta su peor error, a pesar de que a mi me encantó.
—Gracias por atendernos, señorita Stein.
Raegan no los corrige, y quisiera no hacerlo pero por miedo lo hago evitando confusiones. Soy Lidia, no la bruja de mi hermana.
—A ustedes, señores, pero no soy Stein. Soy la cuñada de uno— cierro la puerta dándoles privacidad. Sin levantar sospechas abro el ordenador de Stein y continúo revisando los mensajes, uno en especial llama mi atención sobresaliendo entre los demás.
Aparentemente trata de un negocio sin cerrar donde la empresa ofrece la suma de novecientos cincuenta mil millones de dólares a un japonés llamado Aiko.
El día transcurre rápido y sin darme cuenta ya anocheció.
Stefan se dispuso a largarse, en cambio a mí me toca esperar la decisión del jefe.
Al estar solitaria, aburrida sin un trabajo por hacer, toco la puerta de su oficina llevando una bandeja con pizza.
Si, pedí pizza, comida para personas normales. Apuesto lo que sea que un empresario adinerado como él no come pizza, sino sushi.
—Espero no le importe la cena— sirvo en su platillo blanco de porcelana inclinando mi cuerpo casi dejando mi pecho en su cara al plantarla, dejando un trozo desbordante de queso, salsa y champiñones. Inhala con fuerza aspirando mi aroma, provocarlo es el primer paso.
Tomo asiento frente suyo degustando la delicia que me hace masticar lentamente, disfrutando el sabor, la textura.
Raegan utiliza los cubiertos en vez de la mano limitándose a mirar como disfruto la misma cena. Dejo la mitad en el platillo, ateniéndome a su atentos orbes grisáceos.
—¿Le gusta, señor?
Bebe de la copa llena de agua tratando de calmar la tensión formulada.
—Puedes decirme Raegan, eres mi cuñada, familia nueva— repite nuevamente fortaleciendo el muro de acero invisible desintegrando cualquier pizca de ilusión dentro de mi cabeza.
—Raegan, debe estar muy enamorado de Leila, mantener y darle oportunidades grandes a una simple mujer como yo solo por ser su hermana es de no creer— suavizo el ambiente, pero él se levanta del asiento caminando dos pasos hasta mí, situado en mi espalda, inclinando su cabeza al oído.
—Usted y su hermana son muy parecidas y a la vez muy diferentes— murmura gélido, haciendo arder mi piel dado a su cercanía sorpresa.
—¿Ah, si?— lo enfrento rozando nuestros labios—. Me gustaría saber nuestras diferencias— remarco esperando reacciones de su parte para facilitarme el trabajo, sin embargo, se aleja abruptamente y al mismo tiempo el sonido de una puerta estrellada se hace presente.
—¡Amorcito!
Leila corre a los brazos de su esposo besando todo su rostro, aferrada a la cintura de él sin querer separarse. Él hace lo posible por hacerla a un lado pero ella es ágil.
—Basta— protestó mi jefe, internamente salto de alegría atestiguando la capa fría ante su esposa. Mi hermana tiene su merecido y a decir verdad quiero ser quien bese y toque al hombre. Ya sea por venganza, trabajo o… gusto.
—Hermana, no te vi— se dirige a mí avergonzada, le sonrío con hipocresía al igual que ella. Nuestro alrededor cambia completamente gracias a su presencia.
Salgo del despacho antes que ellos furiosa, hoy es el primer día y el gran Stein mantiene su impenetrable postura.