Capítulo 4

2527 Words
Escapar de él. Lidia   Leila es buena fastidiando, desde el edificio y hasta la limusina se encargó de mantener lejos a su esposo de mi radar y por si no fuera poco se la a pasado manoseándolo por más que él la alejaba en todas las oportunidades. —Llegamos, señor y señora Stein— anuncia el chofer para los dos esposos sin darme importancia. Apenas se estaciona, mi pequeño sobrino corre desde la entrada hasta el lado donde me encuentro sometido a una hermosa sonrisa inocente. Me adora y apenas le dirigí la palabra. Abro temerosa y soy atropellada por su pequeña figura, sus brazos rodean mi cintura evitando que salga del auto. —Tía estas muy hermosa— alega para después hacer puntitas de pies queriendo besar mi mejilla, su ternura conmueve mi corazón que termino inclinándome recibiendo el beso dulce e inocente. —Ahora a mami— la fastidiosa estira sus brazos, Eliot no se inmuta y aquello me hace soltar una risita disimulada. Bueno, no tan disimulada, Leila lo notó.  Para su desgracia, el niño se retira, corriendo a dentro de la mansión. Su alegría me recuerda a lo que una vez pude tener y no sucedió. Entramos los tres juntos y quien espera con lo brazos abiertos es Sarah, abraza a Leila y luego a Raegan y cuando llega mi turno se demora frunciendo el ceño. Cuando pienso que no lo hará de tanto asco que me tiene, pero lo hace. La muy descarada apenas y me toca con el abrazo. —Sea lo que sea que planeas no va a funcionar— dice en mi oído, rompe el abrazo volviéndose a su única hija favorita. —Si me disculpan voy a retirarme, ha sido un día largo, pero la compañía de Raegan fue gratificante— primero las provoco, luego procedo a largarme, pero antes…—Buenas noches, cuñado— beso su mejilla poniendo mis manos en su hombro, se tensa mientras lo hago de forma lenta hasta terminar y dirigirme a las escaleras. No hace falta mirar hacia atrás para saber el estado de las víboras.   ****   Espero dentro de la habitación que todos se hayan dormido, camino por los pasillos asegurándome y efectivamente duermen. Es tarde, son casi las tres de la mañana y aún sigo despierta, lista para visitar a Theodoro. Envió un mensaje pidiendo un informe detallado de este día, no le interesa que comencé hoy, quiere cada detalle sea importante o no. Me visto de jeans y camisa rosa adornada de flores bordadas, una pieza para nada llamativa, simple e ideal como mi coartada. Bajo sin hacer ruido, una vez llego a la planta baja, la puerta de la entrada me parece lejana al sentir otra presencia. —¿A dónde piensa ir?— interroga el todopoderoso ultra millonario, cierra la nevera sacando una botella de leche, agarra dos tazas del estante refinado y prende el fuego de la cocina para calentarse la leche. Camino hacia él ideando una excusa mental, pero no se me ocurre nada. —Quería tomar un poco de aire fresco— lo ayudo buscando el azúcar— ¿usted qué hace despierto? Analiza lo necesario del momento, recuerda que necesita cucharas y las pone sobre la mesa de madera refinada —Lidia— dice mi nombre con su voz ronca— ¿Te gusta la leche? —Mucho, Raegan— estamos a nada de chocar y dejarnos tentar, caer a lo prohibido—, en especial la leche tibia, en el punto exacto. Utilizo mis armas de doble filo esperando que el sentido de mis palabras revele su lado oscuro, porque sé que lo tiene. —Vaya— es lo único que responde, vierte la leche calentada en las tazas y me ofrece una, durante unos segundos nuestros ojos se encuentran chispeantes, anhelando algo más. A veces siento que puede ver más allá de mí, como si fuéramos viejos amigos o amantes que conocen absolutamente todo del otro. Pero claro, nunca me ha tocado la suerte de mi hermana. —Lidia, ¿tú y Leila tienen otra hermana?— por supuesto que si, asiento dudosa, ahora que lo menciona, debo averiguar que hicieron con Blanca. —Ella es especial, nunca le hizo daño a alguien— comento acercándome sin impedimento, dado que estamos el uno al lado del otro, él lleva una remera de manga larga, fina de color blanca, unos pantalones grises cómodos para andar, mientras que yo estoy expuesta en un pijama de vestido hecho de satén, blanco y limpio como su remera. —Apuesto que ambas lo son— no se aleja, apoya su codo en la mesa esperando mi próximo movimiento, lo desea, estoy segura, así que su barrera invisible no sirve de mucho. —Puedo afirmar que Bianca lo es, en cuanto a Leila y yo… No lo sé, si en algo somos iguales es nuestro favoritismo por lo prohibido, lo inmoral— siento como mis aureolas se endurecen sobre la tela fina sobresaliendo, haciéndose notar ante mi jefe. No quita los ojos de los míos, no se desvía ni un poco y aquello me frustra por lo que decido hacer un nuevo movimiento. Alzo la taza con la leche fría, muevo mi mano fingiendo un accidente en los muslos de Raegan. —Por dios, lo lamento tanto— éste baja la vista sonriente, agarro una servilleta cercana y limpio la leche esparcida en su entrepierna, frotando delicadamente, claro que antes me sentí la mejor diablilla al ver el bulto sobresaliente, tuve que cerrar la boca para no dejar escapar la saliva—. Soy una tonta, si quieres despedirme lo entiendo, no sirvo en nada, entendería que me odies— me lamento paloteando y frotando, exhala con fuerza, su mandíbula se tuerce cuando aumento la velocidad al igual de mi habladuría. El bulto reventará en cualquier momento, si continúo definitivamente voy a conseguirlo, ya casi… —Lidia— la voz ronca penetra mis tímpanos sonando una advertencia de algo muy peligroso. Lo ignoro y sigo, hasta que su mano aprieta mi muñeca sometiéndola hacia arriba. Sus pupilas dilatadas y la nueva oscuridad que lo rodea cautiva cada fibra de mi ser por conocer, dejo caer la servilleta aflojando la fuerza. Él baja lentamente mis muñecas y la deja en mi regazo, levantándose, ignora de nuevo su estado y el mío, ignora lo que crece en cada segundo que pasa al estar juntos. —No hay necesidad de que te preocupes por cierto accidente irrelevante, eres más importante, un pequeño error no te hace menos, cuñada— recompone el semblante serio, recto y formidable. Aprovechando sus ojos en mí, bajo la mirada a la zona manchada, comprobando si el bulto sigue intacto, y si, lo está. —Me olvidé que ahora somos hermanos— frunce el ceño—. Políticos, obviamente— beso su mejilla al levantarme y retomo mis planes anteriores, pero el señor lo detecta y cierra el paso plantándose en el marco de la puerta. —¿A dónde crees que vas? Cuñada, es tarde y peligroso para una dama como usted. Además, mis enemigos acechan a cada minuto esperando alguna oportunidad para debilitarme. No puedo permitir que corras el riesgo. ¿Enemigos? Si supiera que voy justamente a reunirme con su mayor enemigo. —No es como si fuera tu esposa, soy tu cuñada y sé cuidarme bien pesado a ser mujer, ¿comprende? Paso debajo de su brazo dirigiéndome a la puerta principal, sin seguirme, se mantiene en el mismo lugar observándome. —¿Y ustedes son?— pregunto al encontrarme con dos hombres altos, fornidos usando gafas oscuras y micrófonos implantados en sus oídos, son dos gorilas en la puerta. O no me oyen o se hacen de los sordos porque no responden. —Cuñada, te presento a mis escoltas personales— se ubica a mi lado con su mano en mi espalda poniéndome nerviosa—. Tal vez no los conociste el primer día de tu llegada, habían salido a investigar algo para mí, pero ahora que están aquí es un honor presentártelos. Él es Carlos— apunta al calvo quien asiente en forma de saludo, luego a su compañero no tan gorila—, y él, Rodrigo— el último con cabello rapado no se molesta en asentir siquiera. —Es un placer, pero no comprendo en que me compete. —Lidia mis negocios no son un juego, quienes viven en la mansión corren peligro y tú más al ser mi secretaria. Diría que me gusta su preocupación, pero tengo un trabajo por hacer. —Si bueno, ahora mismo quiero salir y nadie va a impedírmelo. —Lidia no tiene permitido salir sin mí o un escolta personal— se dirige a los gorilas de trajes—. Si ella pone un pie afuera ni se molesten en volver a trabajar. ¡Y este quien se cree! Iba perfecto en su discurso de proteger a los suyos hasta que se creyó con el derecho de mandar, planificar y organizar mi vida. He podido salir adelante sola, sin apoyo, puedo irme a caminar sin problema. —Raegan, conmigo te equivocas. De niña no tengo nada, estas frente a una adulta y ni pienses que voy a ser confinada como si estuviera cumpliendo un castigo. Así que, ¡hazte a un lado! Alcé la voz alertando a los escoltas, los orangutanes adoptan una posición de ataque, aprietan las armas de fuego resguardadas en el bolsillo, a nada de sacarlos y apuntarme si no fuera por Raegan quien levanta su mano impidiéndolo. —Cual es la prisa, Lidia, ¿acaso quieres encontrarte con tu amante?— apretuja mi mentón vehemente, irritado por la idea, acalorando el ambiente nuevamente con su aire poderoso e intimidante, casi asfixiante para mí. —Pues lo tenga o no es mi problema, no el tuyo. —Que manera de responderle a tu jefe, cuñada— fuerza una sonrisa camuflando su identidad salvaje y siniestra. La tensión se puede cortar con un beso, tan solo uno y lo ideado se iría por los bordes. Su nariz absorbe mi propio aire mientras su mano envuelve mi cuello posesivo, como quien no le gusta recibir un “no” de respuesta. Abandona el agarre, aparta su rostro del mío extendiendo su sonrisa. —Como sé que eres diferente a tu hermana y no piensas obedecerme me dejas sin alternativa— enrolla mi cintura y no de la manera que me gustaría. Somete a la fuerza alzándome como una bolsa de papas al subir la escaleras pasando por la recamara compartida con Leila, forcejeo cuan niña golpeando y pataleando a medida que se acerca a mi recamara. No puede encerrarme, si lo hace las consecuencias serán graves. —¡Bájame ahora mismo!— mis pies tocan voluntad al fin y  reconozco la habitación donde suelo descansar. El maldito se atrevió a traerme en contra de mi voluntad. —Si piensas en salir recuerda que la mansión es rodeada por innumerables escoltas con orden directa de regresarte a la mansión, utilizando la fuerza si es necesario. Si estuviera en tu lugar, me quedaría callado, descansando para el nuevo día que nos espera— sugiere. Sale victorioso antes de recibir el impacto de mi zapato. No tiene el derecho de encerrarme. Además, debo ver a Theodoro, necesito hacerlo si quiero información de lo que se supone debo sabotear. Observo desde la ventana los escoltas esparcidos en el jardín, caminando en grupos y separados, sueltan perros que ni sabía de su existencia y monitorean la mansión. Estos lunáticos lo protegen como a un presidente. Y si salto… nah, ser devorada por perros salvajes no lo vale. Que Theodoro espere. Para que lo invocas, tonta Lidia. El sonido de mi celular alerta mis sentidos, la pantalla se alumbra mientras leo de quien se trata. —¿Hola?— siseo nerviosa. —¿Vas a explicarme el por qué no estas reunida conmigo? —Raegan se encargó de prohibirme salir a estas horas, sus escoltas se aseguran de… —Joder, se supone que palabras no, no puedo, están fuera de tu vocabulario. Mi chofer te va a recoger en la entrada, más te vale venir. —¡No seas un hincha pelotas! La ventana en mi única opción y la altura es mucha, no pienso saltar. Dice que me las ingenie y corta la llamada dejándome las palabras en la punta de la lengua. Lidiar con dos hombres como Raegan y Theodoro es una pesadilla. Abro por completo la ventana reprimiendo las ganas de gritar escupiendo maldiciones a aquellos hombres. El viento fresco me hace temblar, si no fuera por mi mano derecha aferrada al marco, el viento lograría tirarme. Camino en el techo con cuidado, las baldosas suelen ser resbaladizas, por lo que me pongo en cuatro evitando caerme. Miro por encima del hombro al perro sentado del lado donde quiero bajar, tiene las orejas levantadas y el hocico salivando hambriento, espera una presa en el jardín. Jodido plan, jodido trabajo. ¡Los odio a todos! Pongo mi mano en una baldosa la cual se desprende del techo retornándonos en una caída, pero al momento mis manos se las ingenian al sujetarse al borde del techo, enredando mi cuerpo con las ramas de los árboles sin cortar. No voy a aguantar por mucho, es saltar o saltar. Aterrizo como puedo al césped arruinando mi vestimenta en el proceso. Las mangas de mi camisa se desgarraron, el jean se raspó y mi pierna… Dios, como duele. Y mi suerte empeora, el animal hambriento gruñe a centímetros de mí, arrastrando sus patas con furia, desprendiendo un aire asesino. Si Dios existe, debe odiarme. —Lindo perrito, lindo…— mantengo la calma, chasqueo los dedos hiperventilando en el proceso, el animal gruñe con más intensidad babeando. Es ahora o nunca. Me levanto como puedo y escapo cojeando mientras ladra llamando a todos los escoltas que me persiguen. Llega a morder el pie del jean, casi perfora mi piel si no fuera por la patada que le encajo. A medida que corro, la ropa se hace añicos, cayendo una por una enseñando mi cuerpo en algunas abreviaturas, la lluvia fuerte y repentina ayuda a ensuciarme de pies a cabeza, arruinando el aspecto que traigo. Maldito perro, malditos escoltas, malditos jefes de porquería. —¡Señorita!— exclama un escolta detrás, persiguiéndome con sus compañeros, son veloces, pero no tanto como yo que ya estoy trepando las rejas y saliendo de la lujosa mansión de ensueño. Maldicen tropezando con las rejas. —Señorita, al señor Stein no le gustara para nada enterarse de su pataleta. —Jodanse, ustedes y su jefe— les enseño el dedo del medio y me largo antes de que logren abrir las rejas que solo funcionan desde adentro de la mansión. Luego veré como me apaño con Raegan, por el momento mi prioridad es Theodoro. En la esquina del vecindario se encuentra estacionado el auto blindado mandado por Theodoro, así que me acerco cautelosa revisando que se trate del mismo chofer que la vez pasada, y si, lo es.
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