Lidia.
El silencio inaudito dentro del auto en desplazamiento incorpora un ambiente incómodo. Tiemblo de frío, estornudo y me abrazo a mi misma. El chofer fue amable al ofrecerme su abrigo el cual usé para taparme, pero no sirve de mucho.
—Hemos llegado— dice mirándome por encima del espejo retrovisor.
Asiento, baja primero con una sombrilla abierta y me abre la puerta guiándome hacia la magnifica mansión. La apariencia exterior es bonita, un lujo, pero nada comparado a la de Raegan.
Entro sola porque Theodoro solamente me quiere a mí en la conversación.
—Hasta que al fin llegas— bufa, sentado en el sofá de cuero, sostiene un vaso de cristal lleno de alcohol, supongo.
—Lamento hacerlo esperar, mi lord— ironizo—. Lo que pasa es que me entretuve jugando ajedrez afuera, bajo la lluvia— señalo mis heridas y cojeo en su dirección—, la próxima te invito a una partida, si quieres.
No le hace ni gracia mi comentario, tampoco esperaba que lo hiciera, estoy de malhumor esta noche. Son casi las tres de la mañana, tengo sueño, debo levantarme temprano y el miserable solicitó un resumen de mi primer día, en persona.
—¿Quieres café?— antes de preguntarlo lo mandó a preparar con una sirvienta cercana, así que ni me molesto en responder.
—Quiero detalles, espero que hayas investigado bastante siendo su secretaria.
—Oye, apenas he iniciado y me pides ¿qué?— le recuerdo— ¿Su cuenta bancaria?
Chasquea la lengua estresado, su enemistad con Raegan ha quedado claro al momento de ser contratada como una espía infiltrada. Cuando me ofreció semejante propuesta pude observar la forma en la que hablaba, sus expresiones, el tono de voz, ningún detalle he pasado por alto. La verdadera pregunta es, ¿porqué? ¿es personal?
—No pude averiguar mucho. Tengo entendido que organiza reuniones con urgencia para cerrar un trato con Japón. Los japonés están indecisos porque esperan una oferta mejor.
Traen una taza de café y me la ofrecen lo cual acepto y continúo.
—Raegan les ha ofrecido novecientos cincuenta mil millones de dólares, más el cinco por ciento de acciones en la empresa Stein— caliento mis manos enrolladas en la porcelana—. Está desesperado, es importante cerrar el trato teniendo en cuenta las ganancias futuras para la empresa.
Theodoro es un hombre difícil de llegar y comprender, al igual que Raegan.
—Entonces tú misma vas a ayudarlo a cerrar ese contrato— ordena altivo cargándome de una responsabilidad la cual se me hace difícil cumplir—. ¿O acaso no eres capaz?
Pongo la taza con la mitad del café en la mesa de vidrio y me siento a su lado, sucia, ponzoñosa y desarreglada. Mis manos frías tocan su mejilla.
—Puede que no parezca pero soy capaz de bajarme la luna yo misma de ser necesario. Si estoy donde estoy es porque quiero, de haber querido tendría los lujos de mi hermana, mi propia fortuna— beso rápidamente sus labios tocando de forma inesperada la punta de su lengua, provocándolo—. Pero nada de eso me importa, mi única meta es ver sufrir a mi madre y hermana, empujarlas al límite, y cuando llegue el momento van a rogar por mi perdón, pero claro, ese perdón que aclamaran a los cuatro vientos nunca lo aceptaré— perdieron su oportunidad años atrás, nuestro último encuentro detonó el odio y resentimiento.
Se queda en silencio, observando mis labios, ganas de besarme no le faltan, sé cuando un hombre lo quiere.
Efecto de Lidia.
—Puedes pasar la noche aquí…— alarga su brazo queriendo tocarme, pero lo detengo.
—Querido jefe, ¿se olvida que me paga para ser una secretaria falsa? Debo cumplir con mi deber.
Reacciona al percatarse de su error al ser tentado.
Cuando de mujeres se trata, los hombres son débiles. Serán capullos, malnacidos y todo lo que quieran, pero se ponen idiotas al estar cerca de una mujer, sea para pasar una noche nada más, o para iniciar un noviazgo.
Da risa como nos subestiman siendo ellos los capaces de cometer un pequeño error si nos lo proponemos.
—Tienes razón— se rasca la sien—. Pediré que te lleven de regreso a la mansión.
Pone su vaso en la mesa y se levanta del asiento prestándome su mano.
—Gracias.
—No hay de qué.
***
El chofer me deja a las afueras de la mansión.
Ya son las cinco de la mañana, Theodoro intentó con todas sus fuerzas que aceptara una prenda nueva y por obvias razones me negué.
Raegan seguramente se enteró de mi huida, me queda rezarle a un ser divino e inventar una excusa coherente o hacer de cuenta que nada sucedió.
Los escoltas desaparecieron por lo que puedo ver.
Toco el timbre esperando que alguien responda de milagro, luego de tres toques finalmente contestan.
—Me sorprende que hayas vuelto— de todos tuvo que responder él— y casi desnuda, que interesante.
Las rejas se abren automáticamente, entro corriendo harta de mojarme bajo la lluvia, llegando a la entrada donde Raegan abre sorpresivamente antes de que yo lo hiciera.
—Señor Stein— trago saliva, mis nervios explotan y mi respiración sube y baja a gran velocidad.
—Cuñada.
Se echa para atrás vestido elegantemente, entro con apuro y reviso el reloj de la pared.
¡Son las cinco y media!
—Me desobedeciste— restriega duro, rencoroso y con un tono frío.
—Cuñado, un amigo necesitaba de mi ayuda con urgencia— a pesar de estar casi desnuda su decisión de limitarse a mirar mis ojos no cambia, es más, su capa de hierro salió a relucir.
—Amigo— repite incrédulo—. Odio que desobedezcan mis ordenes y odio aún más que mis empleados pongan en riesgo su trabajo por un amante— cuando quiero protestar se devuelve evitando mi mirada— Te quiero lista en cinco minutos, odio que no sean puntuales.
—¿No odias que respiren? Por si acaso...
—¿Qué dijiste?— metí la pata. Muevo mi mano en el aire repitiendo “no dije nada”.
Se traga la mentira y se va a hablar, como siempre por teléfono.
***
Empiezo el segundo día como secretaria infiltrada en la empresa Stein. Mi estado baja de mal a peor, estoy exhausta, adolorida, moqueando y con una tos que no se detiene.
Estoy pescando un resfriado, no cabe dudas.
Stefan llega media hora tarde con una radiante sonrisa y un rostro de envidia, mientras que por mi lado estoy ojerosa, desanimada y sin fuerza. El maquillaje y atuendo disimulan perfectamente el resfriado emergente.
—Que gusto que nos honres con tu presencia—digo, me saca la lengua pasando por el escritorio y acomoda sus cosas sin apuro.
Una hora más tarde los casi socios de la empresa vuelven para otra reunión programada. Esta vez Raegan decidió que esté para escucharlo todo, es una oportuna coincidencia dado que planeaba intervenir.
En la sala donde discuten detalles, el japonés niega al recibir el contrato.
—Quiero que suba el precio a un veinte por ciento— acomoda su traje ignorando el asombro de los hombres.
—No es lo que acordamos, Kashima— refuta Raegan, el tinte de su voz sale tajante, como quien se aguanta tirar todo a la mierda.
Dado que el ambiente se torna sombrío, intervengo rápidamente ofreciendo una propuesta para calmar las aguas.
—¿Qué tal si lo piensan hoy a la noche?— observo a los japoneses—. A lo mejor se sientan más seguros en un club privado y cómodo en tanto plantean sus puntos de vista y dicen con plena libertad lo que quieren y lo que no.
Se miran entre ellos asintiendo, terminando en la mirada de Raegan quien luce inexpresivo.
—Si usted promete una noche interesante aceptamos— dice Kashima.
—Por supuesto señores, les enviaré un correo informando la dirección y hora.
Se levantan tras ser aceptada la propuesta por Raegan y se marchan uno a uno.
—Cuñada— lo miro—. Que sean hombres no significa que caigan simplemente por los encantos viciosos.
—Señor, subestimar a una mujer es el peor error cometido desde hace siglos. Puede que no sea un hombre, pero sé como hacer caer a uno.
Arrastra su asiento al levantarse, sus pasos lentos avanzan hasta mi lado. Volvimos al mismo juego del tira y afloja, de la oveja y la bestia.
—¿Lo sabes?
Asiento.
—Me entró la curiosidad de saber tu secreto— respira mezclando su perfume con el mío, sus grisáceos orbes brillan como estrellas, ciega mi vista. Peor aún al correr el flequillo de mi frente, usando su poder en mí.
Absorta y con el corazón a mil, ataco doblemente demostrando quien maneja el asunto. Apoyo mi mano en su pecho y lo acaricio con las yemas de mis dedos, formando círculos invisibles que tocan su sensibilidad masculina. Lo compruebo al ver el relajamiento de sus músculos.
—Mi secreto son mis armas, señor— ronroneo acercando mis labios. Estoy a un solo paso de besarlo y romper la tensión, uno solo y lo tendré donde quiero, en la palma de mi mano.
—Cuidado, cuñada. Si te pasas con los socios puede que no me contenga y te castigue— roza mi boca al momento de querer besarlo y se escabulle en mi oído—. Espero algún día conocer tus armas—. Dicho ello, sale pisoteando la minuciosa atmósfera creada de forma imprevista. Casi lo besé, estuve a nada de probar los labios prohibidos del esposo de mi hermana…
Bien dicen que la curiosidad mató al gato, y hoy, tanto a Raegan como a mí nos surgió la curiosidad. Él quiere conocer mis armas, yo quiero saber como piensa castigarme y esta noche es ideal para averiguarlo.
***
Llamé al club más lujoso de New York, reservé lugar para las diez de la noche, por lo que nos da el tiempo suficiente para regresar a la mansión a prepararnos.
Raegan no abrió la boca desde que salimos de la empresa, tampoco en el transcurso del viaje por estar metido en asuntos de la empresa. Su teléfono no para de sonar a cada instante, disolviendo mi oportunidad de seducirlo.
Bajamos y en la entrada nos espera Sarah, Leila y la empleada más fiel de Raegan; Beatriz.
Ella fue muy amable conmigo desde el primer día, a diferencia de ciertas empleadas que se dedicaron y continúan, estropeando atuendos, papeles de la empresa u cualquier cosa que me perjudique y llegue a poner en mi contra al gran Stein.
—Amorcito, estoy lista para la fiesta— Leila lo atropella con besos y abrazos, presumiendo de un vestido glamuroso y exagerado. Parece que se va a los premios oscar, usando un vestido largo de lentejuelas plateadas y mangas largas. Su cuello es adornado con un collar de diamantes puro, al igual sus aretes—. Mamá también se preparó— presume orgullosa a nuestra progenitora luciendo el mismo vestido pero en dorado, y no hago nada que no sea reírme a escondidas de tanta payasada.
Raegan se frota el puente de la nariz estresado, y quien no teniendo a semejantes víboras payasas.
—No vamos a una fiesta— advierte frunciendo el ceño—, y tampoco recuerdo haberlas invitado. ¿Tú lo hiciste?— me pregunta y ya no sé como disimular la risa.
Pese a lo divertido de la situación, niego regresando mi compostura. Verlas hacer el ridículo esta noche por si solas es algo que definitivamente quiero presenciar.
—Si no les importa voy a vestirme— Leila aprisiona mi muñeca siendo grotesca.
—Él no requiere de tu presencia ya que vamos yo y mi madre— recalca lo último alterando mis sentimientos, pero no por eso, sino por lo descarada que es. Ella no fue invitada, además soy la secretaria y quien planeó este encuentro nocturno.
La miro con desdén enfureciéndola peor y busco ayuda de su esposo, él entiende mi mirada gracias al cielo y la aparta de mí.
—Ella si es necesaria, no ustedes— ignora sus berrinches prosiguiendo—, si quieren ir mantengan la boca cerrada.
***
Pasado varios minutos, el espejo frente a mí declara lo hermosa que estoy, y es así. Estaré en boca de todos si salgo vestida de esta forma y es exactamente lo que quiero.
Bajo las escaleras ocultando la vestimenta con un abrigo largo de piel blanco. Acepto la mano de Raegan al ayudarme bajar el último escalón y nos dirigimos a la limusina.
—¿Qué traes puesto?— indaga mi madre frunciendo el ceño. Ni se imagina como voy vestida.
—Ropa— contesto.
Pone los ojos en blanco rendida, tendrá que esperar a que lleguemos al club para saber lo que traigo.
Sin tantas vueltas, finalmente llegamos al club donde reservé lugar tanto para los japoneses como para Raegan y yo, de improvisto tuve que llamar para avisar que tendríamos compañía.
En la entrada le digo nuestros nombres al guardia de seguridad quien primero se fija en la lista, llama desde su micrófono hasta que nos permite pasar.
Una vez el ambiente de música pop acopla a las personas bailando en la pista, mi hermana y madre casi se desmayan al darse cuenta lo fuera de lugar que están. Las miradas burlonas se dirigen a nosotras tres, puesto que sigo usando el abrigo largo ridiculizándome.
—Cuñado, ¿me ayudas?— pido en tono amable y coqueta, regocijándome del disgusto en ambas mujeres.
Raegan como el caballero que es, asiente quedando detrás de mí, respirando en mi nuca y colocando sus manos en mi cuello, deslizando el abrigo sobre mis hombros, la espalda desnuda queda al descubierto.
Mi encantador cuñado se pone de frente relamiéndose los labios al verme de pies a cabeza, al fin mira algo más que no sean mis ojos. La intensidad y el calor son la existencia del momento, solo somos él y yo.
Si no fuera por Leila, le encanta desbaratar el momento.
—Luces como una prostituta— celosa, enrojecida de furia, intenta avergonzarme.—Si, pero no una barata, una muy cara, cariño— le guiño el ojo y me codeo de Raegan adaptando el papel de “pareja”. Ni me rechaza ni me hace de menos, pega los ojos en mi cara y cuerpo a cada nada.