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403 Words
¡Ay, che! Te cuento, estaba re calurosa la tarde en San Rafael, esa isla donde el sol y el mar se juntan para armar historias inolvidables. Isabel, con el pelo oscuro todo atado en un moño medio despeinado, se movía con onda entre las mesas del restaurant de playa donde laburaba. La mina tenía esa energía y entusiasmo que contagiaban a todos, pero en ese momento, sus ojos se posaron en un tipo solo sentado cerca de la ventana. Diego, un tipo bien parecido con ojos profundos y un aire de misterio, estaba recontra concentrado mirando el océano. La brisa movía su pelo, pero su cabeza parecía estar en otro lado, re metida en pensamientos medios melancólicos. Isabel, siempre pillo, decidió ir al frente y resolver el misterio. "¡Hola! ¿Qué onda? ¿Te mando algo para tomar o picar algo?", tiró con una sonrisa amigable mientras tenía su libreta y lapicera a mano. Diego levantó la vista, sus ojos chocaron con los de Isabel, y una sonrisa re tranqui le iluminó la cara. "Solo un café, por favor", dijo con voz suave, tirando toda la elegancia del mundo. Mientras preparaba el café, Isabel aprovechó para conocer al cliente enigmático. "¿Te gusta la vista del mar?" preguntó, tratando de romper el hielo. Diego asintió, con la mirada fija en el horizonte. "A veces, encuentro consuelo en la inmensidad del océano. ¿Y vos, le encontrás la posta a las cosas simples de la vida?" Isabel sonrió, sintiendo esa conexión al toque. "Obvio, papá. Para mí, la magia está en los momentos chiquitos." A medida que charlaban, Isabel descubría que Diego tenía ese misterio copado, pero también era sincero y la re enganchaba. Entre risas y anécdotas, la onda entre ellos iba creciendo, creando un lazo que ni se esperaban. Con el café listo, Diego le agradeció a Isabel y prometió volver. "Este lugar tiene algo especial", tiró, mirando alrededor. "Me copa la autenticidad que hay acá." Isabel, sintiendo esa conexión, asintió. "Siempre estamos para vos. ¡Espero verte pronto!" El sol se iba poniendo en el horizonte cuando Diego se fue, dejando a Isabel con esa sensación de que este encuentro casual le iba a cambiar el verano. En el restaurant, entre el ruido de los clientes y el murmullo del mar, nacía una historia de amor bajo el solcito de San Rafael. ¡Re lindo, ¿no?!
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