Finalmente, Sebastián había llegado a su límite. Sin molestarse en ser sutil, quitó a Amara de encima de mí, sujetándola de la muñeca con firmeza mientras la conducía a una silla como si se tratara de una niña malcriada. Su voz recorrió el restaurante como un latigazo. "¡Mírate! ¿Qué demonios estás haciendo?" Amara se quedó inmóvil, y por primera vez pareció darse cuenta de lo completamente fuera de sí que se veía. Cubrió su rostro con las manos, demasiado avergonzada como para dejar que Sebastián viera el desastre de rímel y lágrimas en que se había convertido. Me aparté un poco, observando cómo la regañaba sin reservas. Su enojo ya no tenía filtro—se le notaba en los ojos, como relámpagos atravesando nubes de tormenta. Durante todo el tiempo que llevábamos junto

