La risa de papá ya es estruendosa, él y Augusto hablan de su juventud yo muy atenta les escucho, la cena estuvo deliciosa y la noche se nos ha pasado entre copas de vino y habladurías. Amaro solo es participe en ocasiones y lo menos que hago es mirarle, me debilita, no hay dudas, causa un terremoto en todo mi cuerpo, pero lo evito, lo debo hacer. El solo escuchar su voz a mi alrededor hace que mi corazón lata tan apresurado y sin descanso. –Creo que es hora de marcharnos –es papá quien propone, observo en mi reloj que casi va a dar la media noche. – ¿Estás en tu coche? –me mira y sonriente asiento. –Si papá, no hay problema con eso, volveré al departamento –toma mi mano y me da un ligero apretón. –Gracias por la cena, echaba de menos verte y escucharte, al igual que con Augusto, son impo

