Inseguridades

1505 Words
Renata llegó a su casa, la cual se encontraba sola y silenciosa. Arrojó su móvil sobre la mesa con frustración después de intentar llamar a Owen varias veces sin obtener respuesta. El eco de sus pensamientos resonaba en la habitación vacía, intensificando su inquietud. Se dejó caer en el sofá, sintiendo cómo la tristeza comenzaba a apoderarse de ella. ¿En qué momento su relación se fue en picada? ¿Era acaso que siempre fue así? Owen había ocultado sus verdaderas intenciones. Se escondía bajo la fachada de hombre romántico, elegante y comprensivo, haciéndose pasar por el hombre perfecto a los ojos de Renata. Sin embargo, la verdad era muy diferente cuando ella no estaba, y ahora, empezaba a actuar como realmente era. Su comportamiento comenzaba a tornarse frío y distante, como si la chispa que había una vez brillado entre ellos se estuviera apagando lentamente. Pero de pronto, la puerta del apartamento se abrió, dejando entrar a Owen con un hermoso arreglo de flores. A Renata se le iluminaron los ojos, y por un instante se olvidó de todo lo que había pasado ese día. —Pero… —¡Sorpresa! —Owen dijo con entusiasmo y una gran sonrisa—. ¡Feliz aniversario! —Yo… —Renata seguía sin creerlo—. Creí que se te había olvidado. —¿Olvidar nuestro aniversario? ¡Nunca! —dijo casi ofendido, aunque su tono estaba lleno de cariño. Renata sonrió ampliamente, sintiendo cómo su corazón se calentaba con la emoción. El gesto de Owen fue inesperado, pero, a la vez, tan él. Las flores, una mezcla de rosas y lirios, llenaron el aire con su fragancia, y por un momento, todo lo demás se desvaneció. —Son hermosas, Owen. —Se acercó para tocarlas con delicadeza, como si fueran algo sagrado—. No tenías que hacer esto. —Pero quise hacerlo. —Él se acercó un poco más, mirándola a los ojos—. Sabes que siempre has sido especial para mí. Este año ha sido increíble, a pesar de los altibajos. Renata sintió un nudo en la garganta, sintiendo que la felicidad empezaba a desplazar las preocupaciones. Se dio cuenta de que, a pesar de las dificultades, Owen siempre había estado allí, luchando por mantener su amor vivo. —Gracias, Owen. De verdad significa mucho para mí. —Hay más. —Owen sacó de un bolsillo dos boletos de avión—. No había querido decirte nada, pero le pedí mis vacaciones adelantadas a Maylo para que pudiéramos ir de vacaciones. Renata no podía creerlo. Su corazón descanso al saber que el motivo por el que no le había dicho sobre sus vacaciones era porque quería darle esta sorpresa. Lo abrazó fuertemente, había estado tan equivocada en todas las dudas que le surgieron en su mente. Owen la seguía amando como al principio. Owen la tomó entre sus brazos, haciendo más fuerte el contacto mientras aquella sonrisa de felicidad se iba convirtiendo en una línea recta en sus labios, y sus ojos sin expresión. Había sido una suerte que Maylo le hubiera avisado del incidente en su oficina, así como su recordatoria al final del día del aniversario de su relación. La noche que empezó como algo mágico para Renata, a medida que iba pasando se fue convirtiendo en un problema más. Owen estaba de rodillas junto a la cama, completamente desnudo, mirando a Renata con una expresión suplicante. —Al menos inténtalo. ¿Sí? —dijo Owen, mostrando las esposas—. Será divertido. —No lo sé, no me gustan. —Renata respondió, tapándose con las sábanas blancas de la cama. Se sentía insegura cuando Owen quería experimentar con ese tipo de cosas. —Oh, por favor, mi amor. —Owen se levantó del suelo y se inclinó sobre su cuerpo, comenzando a besar su cuello lechoso, sin olvidar las esposas que aún mantenía en la mano. —Yo... no estoy preparada para hacer... ese tipo de juegos. —Leves jadeos comenzaron a salir de su boca, excitada, pero no precisamente por la idea de experimentar algo nuevo con Owen. —¿Por qué no lo hacemos como siempre? —murmuró, esperando que su novio aceptara. Owen la miró expectante, deseando que le dijera que estaba bromeando y que, en realidad, quería que la amordazara a la cama. Pero no fue así. Se sentía frustrado cada vez que proponía algo divertido y fuera de lo común en la cama; siempre recibía una negativa. No podía negar que le encantaba su lado tierno, reservada y tímida, pero en ocasiones deseaba que ella fuera mucho más ardiente y traviesa. —Perdón... —se disculpó Renata, y Owen soltó un bufido. En ese momento, solo tenía tres opciones: no insistir más y dejar a Renata en la habitación mientras él entraba al baño a masturbarse con algún video porno que buscara en Internet; obligar a Renata a hacer lo que él quería, lo que seguramente lo llevaría a una gran discusión, aunque al final ella siempre lo perdonaba; o aceptar el sexo aburrido y monótono que ella prefería. Viendo todo con más perspectiva, lo mejor era escoger la opción número tres. No tenía ánimos de seguir discutiendo. —Lo lamento... trataré de... —No, ya basta... no digas que vas a intentar o que lo vas a tratar, no quiero más disculpas. —Se posicionó entre sus piernas, inclinándose hacia ella—. Me haces sentir que tener sexo conmigo es un puto sacrificio. ¿Eso es? —¿Qué? ¡No! —Renata lo miró con alarma, jamás había sido su intención que pensara eso—. Sabes cuánto te amo y todo lo que siento por ti. —¿Así? ¿Entonces por qué es tan difícil ponerte unas malditas esposas? ¿Por qué tienes miedo? Joder. —Estaba enojado—. Esto realmente le estaba fastidiando. —Perdón... —No digas nada más... estoy arto de tus perdón cuándo no son dichos con honestidad. —Se inclinó sobre la cama, separándose de ella. —Yo no estoy acostumbrada a hacer esas cosas, ya te lo había dicho. —Quería que entendiera su postura; no era de esa clase de personas. Owen bufó más fuerte. —Ya deja de lado tus inseguridades. Es cansado estar preocupado por eso todo el tiempo. —Owen se bajó de la cama y comenzó a vestirse, sintiéndose agotado de todo. Siempre era lo mismo; todo siempre era a su manera, alegando que lo hacía por las inseguridades que tenía Renata. Esto había sido la gota que colmó el vaso. —¿A dónde vas? —preguntó Renata al verlo tomar las llaves del auto. —Lo lamento, me voy a mi apartamento. Dormiré allá... —No, por favor, no te vayas. —Renata lo abrazó por la espalda cuando él se dio la vuelta, su voz era suplicante. —Déjame, por favor, ya basta. No lo tolero más. —Owen alejó las manos que rodeaban su cintura y salió de la habitación, dejando sola a Renata. Ambos se sentían mal por la situación. Owen deseaba que su necesidad de experimentar cosas nuevas no afectara su relación, mientras que Renata se sentía frustrada consigo misma por todas las inseguridades que cargaba. Esto definitivamente estaba afectando su relación. Renata se puso de pie frente al espejo de su habitación. Estaba desnuda, totalmente expuesta, y comenzó a llorar. Si bien ya no era aquella chica con sobrepeso de su adolescencia, las estrías en su abdomen, piernas y glúteos le recordaban constantemente su pasado. Esa era la principal razón por la que no quería experimentar cosas nuevas; tenía miedo de mostrarse tal como era y no quería sentirse expuesta. La falta de confianza en su relación se debía a eso. Quería y trataba de hacer lo que a Owen le gustaba, pero la idea de que él la viera así le aterraba. Había acudido a terapeutas, la mayoría de los cuales la habían ayudado mucho, aunque no iba con la suficiente frecuencia como para ver un gran avance. Culpa a su apretada agenda de trabajo y a los múltiples proyectos que tenía a diario. Al menos pudo crear un poco de seguridad en esas sesiones. Fue así que empezó a vestirse de una manera más juvenil, más acorde a su edad. Lo podía tolerar, ya que le gustaba cómo se veía y no implicaba mantenerse desnuda. Pero su temor seguía ahí. Era un chiste; cómo podía ser que ella, la mujer más relevante y exitosa de ese año, tuviera inseguridades de ese tipo. Sabía que no era la única mujer con estos sentimientos, pero le costaba admitir que tenía ese problema. Se abrazó a sí misma mientras se contemplaba en el espejo y no pudo evitar sentir un pequeño rencor y odio hacia ella misma. Estaba poniendo en riesgo su relación amorosa. No quería que eso hiciera que Owen dejara de quererla, porque no podía imaginarse la vida sin él; ni siquiera podía concebirla, y eso era aún más aterrador.
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