Owen estaba en un bar del centro de la ciudad, sentado en un banco junto a la barra, con un vaso de vodka en la mano que apenas podía saborear. Todo lo que deseaba era desconectarse de las discusiones, y el alcohol comenzaba a cumplir con su cometido. Una sonrisa amarga se formó en su rostro mientras pensaba en que necesitaría otra ronda para asegurar que el dolor se desvaneciera por completo.
Odiaba sentirse tan frustrado con Renata y, sobre todo, odiaba que sus peleas lo llevaran a decir cosas que realmente no quería. Después de todo, la amaba... o al menos eso creía tras dos años juntos. Pero cada vez que discutían, terminaba hiriéndola más de lo que debía.
Golpeó la barra con frustración, lo que atrajo las miradas de las personas a su alrededor.
—Te ves enojado —dijo Tara, su vieja amiga, acercándose y sentándose en el asiento contiguo. Conocía bien a Owen y sabía lo impulsivo que podía ser cuando sus emociones se desbordaban—. ¿Problemas en el paraíso? —preguntó con una sonrisa sarcástica, claramente disfrutando de su humor n***o. Tara nunca había sido fan del amor; para ella, era el sentimiento más absurdo y doloroso que alguien podía experimentar.
Owen la miró de mala gana, pero no pudo evitar soltar un suspiro.
Tara Orr era la dueña del bar en el que Owen se refugiaba después de las discusiones con Renata. Se conocían desde la universidad, y su relación iba más allá de una simple amistad; había una conexión especial entre ambos. Además de poseer varias propiedades, como ese bar, Tara era una exitosa modelo.
Con una figura envidiable, alta, de cabello castaño y ojos azules que capturaban la atención, Tara era el tipo de mujer que podía llamar la atención en cualquier lugar. Su pasión por la vida nocturna fue lo que la llevó a abrir su propio club, un espacio donde pudiera disfrutar y también generar ingresos.
Desde que abrió su bar, Owen se convirtió en un cliente asiduo, aprovechando la promesa que Tara le había hecho: los tragos siempre serían por cuenta de la casa.
Owen tomó otro sorbo de su bebida, intentando calmarse, pero Tara no tardó en mencionar lo que él prefería evitar.
—¿Te peleaste con Renata otra vez? —dijo, más como una afirmación que como una pregunta, mientras pedía su propio trago.
—¿Soy tan obvio? —Owen vació lo que quedaba en su copa y la dejó sobre la barra con un golpe sordo.
—Siempre vienes aquí después de discutir con ella, así que sí, es bastante obvio —respondió Tara, inclinando la cabeza mientras lo miraba con curiosidad—. Pero, ¿puedo preguntar por qué esta vez?
Owen cerró los ojos un momento, frotándose la cara como si quisiera borrar de su mente todo lo sucedido.
—No quiero ni recordarlo —respondió con voz cansada—. Solo sé que, como siempre, es culpa mía. Siempre la cago, una y otra vez.
Tara lo observó en silencio durante unos segundos antes de dar un sorbo a su bebida.
—Debes cuidarla mucho —dijo con un tono más suave—. Renata es un gran partido, además de ser increíblemente hermosa.
—¿Crees que no lo sé? —respondió Owen con un bufido—. Solo hace falta ver cómo la miran los demás hombres. Mi novia es hermosa, y parece que la única que no se da cuenta es ella misma.
—¿Qué? —preguntó Tara, confundida por el comentario. Owen negó con la cabeza, desechando la conversación.
—Olvídalo, ¿vale? —dijo con impaciencia. Tara entrecerró los ojos, frustrada por la falta de detalles.
—Podrías traer a Renata al club —sugirió Tara con una sonrisa coqueta—. Podrían pasar un buen rato, relajarse... y quién sabe, tal vez algo más.
Owen frunció el ceño, dudando. Sabía que Renata no era de ese tipo de lugares, pero también sabía que, si se lo pedía con suficiente insistencia, tal vez aceptaría. Quizás así podrían resolver sus problemas y volver a la normalidad.
—Trataré de convencerla, aunque no estoy seguro de que acepte —dijo finalmente, encogiéndose de hombros.
Lo que Owen no sabía era que Renata, en su intento de complacerlo, probablemente diría que sí. Y tampoco tenía idea de las consecuencias que podría traer esa decisión.
…
Al día siguiente, Renata llegó a la oficina ocultando su rostro tras unos lentes de sol grandes. Sus ojos estaban hinchados, y las ojeras marcaban el cansancio de una noche sin dormir, esperando en vano que Owen respondiera alguno de los mensajes que le había enviado. Intentó mantener la compostura mientras caminaba por el lugar. Clara, su asistente, se acercó con una sonrisa y le entregó la agenda del día.
—Hola, Renata. Aquí tienes las citas de hoy. La supermodelo Madison ha pedido una con urgencia —dijo Clara.
—¿Madison, la que se acaba de casar? —preguntó Renata sin detenerse, dirigiéndose hacia el ascensor—. Hola, Cris —saludó a la recepcionista. Sabía fingir perfectamente que no ocurría nada. Se repitió a sí misma que era un día más, igual que los demás.
—Sí, dice que no le importa pagar el doble si eso significa que la atiendes antes que las demás —respondió Clara, mientras alzaba una ceja.
Renata miró a Clara, sorprendida.
—¿Hasta cuándo tengo citas reservadas? —preguntó, evaluando si podía hacerle un espacio a Madison.
—No tienes un hueco hasta dentro de tres meses —informó Clara, lo que hizo que Renata abriera los ojos con asombro.
—¿Le ofreciste a mi socia? Jenna es tan capaz como yo, si no es que más —sugirió mientras caminaban hacia su oficina. Si algo tenía claro, era que el trabajo le ayudaría a no pensar en Owen.
—Madison solo te quiere a ti —respondió Clara, mientras Renata tomaba asiento en su escritorio y encendía su portátil.
—De acuerdo, déjame la agenda aquí. Veré qué puedo hacer —dijo, señalando el escritorio.
—Está bien. Y aquí tienes tu late descafeinado con leche de almendras, sin azúcar —añadió Clara, dejando el vaso junto a Renata.
—Gracias, Clara —murmuró Renata mientras tomaba un sorbo. Como siempre, estaba delicioso.
Intentaba concentrarse en algunas compras que había realizado para el diseño de una casa, cuando el sonido de su teléfono interrumpió el silencio. Las notificaciones aparecieron en su pantalla, y su corazón dio un vuelco al ver que era un mensaje de Owen.
"Tenemos que hablar".
Renata sintió un nudo en el estómago. Aunque intentaba no pensar en ello, la idea de una ruptura cruzó por su mente, llenándola de una ansiedad que no podía evitar.