POV IGNACIA
Con el corazón acelerado, me dejé caer en el banco del parque. La lluvia se había intensificado, pero no me importaba. Al menos, las gotas de agua lograban ocultar las lágrimas que brotaban sin control, reflejo del caos que dominaba mi mente.
Todo había terminado. Mi vida, tal como la conocía, estaba hecha pedazos. ¿Cómo llegué a este punto? ¿Qué se suponía que debía hacer ahora?
Todo cambió por una sola noche.
RECUERDOS PASADOS
Al cerrar la puerta de la casa tras de mí, un suspiro de alivio escapó de mis labios. Por fin en casa.
—¿Mamá? —llamé con esperanza, esperando escuchar su voz. Pero el silencio fue la única respuesta. Mis padres aún estaban en el trabajo, como de costumbre. Lo único que encontré fue una nota sobre la encimera de la cocina:
Llegaremos tarde esta noche. Tu comida está en la nevera. Te quiero.
Mamá.
Subí rápidamente a mi habitación, agotada por el día. Pero mi mente seguía girando en torno a un solo nombre: William. ¿Quién era ese chico? Nunca lo había visto en la escuela, y eso despertaba mi curiosidad. ¿Sería nuevo?
De pronto, el sonido del móvil interrumpió mis pensamientos. Saqué el teléfono del bolsillo y vi de quién era la llamada.
—¿Hola, Irene? —contesté.
—¡Por fin, cariño! ¿Qué planes tienes para hoy? —preguntó con su tono habitual de entusiasmo, ese que siempre precedía a alguna propuesta tentadora.
—Hm, no mucho, quizás salvar al mundo —respondí con una sonrisa sarcástica.
—¡Ignacia! ¡No te hagas la difícil! —Irene suspiró del otro lado de la línea, frustrada por no conseguir convencerme como siempre. Solté una carcajada.
—Está bien, lo siento. ¿Qué es lo que quieres? —pregunté entre risas.
—Vamos, Ignacia, ¿no has cambiado de opinión?
—No, Irene, no he cambiado.
—Eres tan obstinada a veces... Va a ser una fiesta genial, habrá un montón de gente, chicos mayores... ¿No te animas? —insistió con esperanza en la voz.
La verdad era que la idea de la fiesta no me atraía en absoluto. Pero algo me hizo dudar. Quizás fue el recuerdo de William.
—Irene, por cierto, ¿conoces a un tal William de nuestra escuela? —le pregunté con curiosidad.
—¿William...? —murmuró, pensativa. De pronto, su tono cambió—. ¡Ah, William! Sí, claro. Es uno de los chicos más guapos del colegio. Está un año por encima de nosotras, pero no creo que se quede mucho tiempo. ¿Por qué lo preguntas?
Mi corazón dio un vuelco al escuchar que también estaría en la fiesta. Quizá debería ir... Mis padres ni siquiera estaban en casa y, francamente, apenas notaban mi ausencia cuando volvían.
Pero, por otro lado, no podía traicionar su confianza. Siempre había sido la hija ejemplar, ¿verdad?
—¿Ignacia? ¿Sigues ahí? —la voz de Irene me sacó de mis pensamientos.
—Sí, sí, aquí estoy.
—Vamos, dime la verdad, ¿cómo conoces a William? —preguntó, insistente como siempre.
Irene y yo nos conocíamos desde que teníamos memoria. No éramos hermanas, pero casi. Ella siempre había tenido más libertad que yo; sus padres eran comprensivos y relajados. Los míos, en cambio, vivían para el trabajo y eran estrictos, siempre protegiendo su imagen y su reputación. A pesar de la comodidad económica que me brindaban, yo siempre me había sentido sola y atrapada en mi propia casa.
—Ignacia, ¡cuéntamelo todo ya! —insistió Irene, impaciente.
—Está bien, te lo contaré —respondí, riendo.
Le hablé de mi encuentro con William, y como era de esperar, Irene no tardó en emocionarse. Así era ella, siempre entusiasta.
Después de una larga conversación, colgué y fui al salón, donde el teléfono de casa comenzó a sonar. Corrí a contestar.
—¿Hola?
—Ignacia, ¿dónde estabas? —la voz de mi madre sonaba tensa.
—En mi cuarto, hablando con Irene. No escuché el teléfono.
—Te he dicho mil veces que debes estar disponible para contestar las llamadas. Sabes lo importante que son para los negocios —se quejó.
La ira me invadió de repente.
—Mamá, no soy tu secretaria.
—¡¿Cómo te atreves?! ¡Cuida tu tono cuando me hablas, jovencita! —me regañó.
Normalmente, habría cedido y me habría disculpado, pero algo dentro de mí había cambiado.
—No, mamá. No nos entendemos. Nunca lo hacemos.
—¡Estás castigada hasta que aprendas a respetar! —y con eso, colgó.
Me sentí decepcionada y furiosa. Siempre había sido la hija obediente, la que seguía las reglas. Pero no importaba cuánto me esforzara, nunca era suficiente. Mis padres siempre ponían el trabajo por encima de todo, incluso de mí. Estaba harta.
Subí a mi habitación y marqué el número de Irene.
—¿Ignacia? —respondió, sorprendida.
—Voy a la fiesta. Ven a recogerme más tarde.
*
—¿Te has peleado otra vez con ellos, verdad? —me preguntó Irene mientras mantenía la vista fija en la carretera.
—Sí, ya sabes cómo son mis padres... —respondí, sintiendo una punzada de tristeza al recordar que me había marchado sin su permiso.
—Hmm... —Irene suspiró, pero rápidamente cambió el tema, intentando levantarme el ánimo—. ¡Por cierto, estás preciosa! Ese vestido te queda increíble.
Yo también amaba mi vestido. Era un minivestido de color rojo oscuro, sin tirantes, que combinaba perfectamente con mi cabello rubio, que me había alisado para la ocasión.
—Gracias, tú también luces genial —respondí con una sonrisa.
Después de unos minutos, llegamos a un imponente chalet. Irene aparcó el coche y, con entusiasmo, exclamó:
—¡Ya estamos! ¡Vamos! —dijo mientras saltaba del coche. La seguí, entrando en una enorme sala repleta de gente. La música resonaba a todo volumen, y la pista de baile en el centro estaba llena de parejas que se movían muy juntas. A lo largo del salón, otros invitados charlaban, bebían y algunos se besaban de manera apasionada.
Este tipo de fiestas siempre me habían parecido lo mismo: mucha gente bebiendo en exceso, perdiendo el control. No era nada fuera de lo común.
Irene me tomó de la mano y nos dirigimos hacia una mesa vacía en la barra, esquivando a la multitud.
—¡Vaya, aquí hay mucho movimiento! —le grité a Irene, ya que el volumen de la música hacía imposible conversar normalmente.
—¡Sí, siempre es así aquí! Ah, y Ignacia, no te fíes de los tipos raros que puedan acercarse. Hay muchos idiotas borrachos, así que mejor quédate a mi lado, ¿vale?
Asentí, dejándome llevar por el ritmo de la música. De vez en cuando veía a parejas tambaleándose hacia las escaleras. Sinceramente, ni quería imaginar qué sucedía allí arriba.
De repente, Bryant, el dueño de la casa y organizador de la fiesta, se nos acercó. Bryant era uno de los chicos populares del colegio, y siempre estaba en el centro de atención.
—¡Hola, Irene! ¡Oh, y tú eres... Ignacia, ¿no? —nos saludó, mirándome con cierta sorpresa.
Aquí es cuando empieza el típico "oh, no esperaba verte aquí". Detesto eso.
—Hola —le respondí, forzando una sonrisa.
—No sabía que venias a este tipo de fiestas. No es lo tuyo, ¿verdad? —dijo, con una sonrisa burlona.
—Bueno, es que hoy me apeteció un cambio —mentí, intentando sonar convincente. Para mi sorpresa, se lo creyó.
—¡Qué bien! —dijo, visiblemente afectado por el alcohol.
Irene, visiblemente nerviosa, intervino tartamudeando:
—Ehm... Bryant... ¿cómo estás? La fiesta está increíble...
Un momento. ¿Acaso Irene estaba interesada en Bryant? No la había visto nunca tan nerviosa frente a un chico.
Pasaron un buen rato conversando, y Irene no dejaba de mirarlo con una sonrisa radiante y ojos brillantes. ¡Vaya, parece que a mi amiga le ha dado fuerte!
Después de un rato, Bryant le pidió a Irene que bailaran. Sonaba una canción lenta, romántica. Irene me miró con cierta duda, preocupada por dejarme sola.
—¡Ve, diviértete! —le dije, animándola con un gesto.
—¿Estás segura? —preguntó, un poco indecisa.
—¡Claro! No te preocupes por mí —le respondí con una sonrisa.
—¡Eres la mejor! —me dijo antes de dirigirse a la pista de baile con Bryant.
Los observé mientras bailaban, tan juntos que parecían una pareja enamorada. Era una imagen tan dulce que casi resultaba irreal.
Me quedé sola un rato, tomando pequeños sorbos del vaso de cerveza de Irene. Aunque, para ser honesta, esos "pequeños sorbos" terminaron siendo unos cuantos vasos grandes. Solo quería distraerme, escapar de los pensamientos sobre la última pelea con mis padres. Irene seguía bailando con Bryant, y me alegraba mucho verla tan feliz.
De repente, una voz familiar me sacó de mis pensamientos.
—¿Ignacia? —preguntó alguien, y mi corazón dio un vuelco.
Al levantar la mirada, me encontré con William, sonriendo frente a mí.
—H-hola... —tartamudeé, sintiendo cómo el nerviosismo se apoderaba de mí. Cada vez que William estaba cerca, era como si mi corazón tomara el control de todo mi cuerpo.
—Eh... supongo que sabes quién soy, ¿no? —dijo, llevándose una mano al cabello, un gesto que lo hacía parecer aún más adorable.
Como si pudiera olvidarlo.
—Sí, claro que sé quién eres, William.
Una sonrisa cruzó su rostro, iluminando sus ojos.
—¿Y qué haces aquí sola? —me preguntó, mientras tomaba un sorbo de su cerveza.
—Bueno, en realidad no estoy sola. Mi amiga está bailando, pero parece estar en las nubes ahora mismo, así que solo espero a que vuelva —dije, riendo suavemente.
William también soltó una risa, y no pude evitar pensar en lo increíble que era su risa. Aunque, siendo sincera, todo en él me parecía perfecto.