Quiero abortar

902 Words
POV IGNACIA —Ignacia, ¿qué piensas hacer ahora? —preguntó Irene, sentándose frente a mí con su bebida en mano. Nos habíamos metido en una pequeña cafetería, después de horas de lágrimas y desahogo. Sabía que Irene me había traído aquí con la intención de distraerme, de darme un respiro. —No lo sé —respondí en un susurro, exhalando profundamente. Irene, de repente, posó su mano sobre la mía. Alcé la vista, sorprendida, y ella me sonrió con dulzura. —Decidas lo que decidas, estaré a tu lado, siempre. —Gracias, Irene. No sé qué haría sin ti —musité, mientras sentía de nuevo el nudo en la garganta y las lágrimas afloraban a mis ojos. Por más que intentara contenerlas, las emociones me desbordaban una vez más. —Probablemente te estarías ahogando en un mar de emociones y lágrimas —dijo con una sonrisa, intentando aliviar la situación. Tenía razón. Sin ella, seguramente estaría hundida. Comimos juntas, y Irene trató de hacerme reír contándome algunas anécdotas graciosas del colegio. Sin embargo, mi mente seguía divagando, atrapada en un laberinto de pensamientos oscuros. Ella también se dio cuenta y su expresión cambió, mostrándome su preocupación. —Ignacia… —comenzó, con cierto titubeo. —¿Sí? —respondí. —¿Vas a quedártelo? Sus palabras me golpearon como un jarro de agua fría. Era la pregunta que me había negado a enfrentar, la realidad que había tratado de evitar a toda costa. —¿Qué...? —alcancé a balbucear. —El bebé, Ignacia. ¿Vas a quedártelo? —insistió, esta vez con un tono más serio. El peso de la pregunta cayó sobre mí como una losa. Era como si de repente todas las paredes se cerraran a mi alrededor, recordándome que no había escapatoria de esta realidad. Mi vida, tal y como la conocía, estaba destruida. ¿Qué debía hacer? ¿Sería capaz de criar a un hijo? ¿Podía asumir semejante responsabilidad a esta edad? Cada pregunta me conducía a la misma respuesta: no. No estaba preparada, no quería traer al mundo a un hijo en estas circunstancias. —No puedo hacerlo —dije finalmente, en un murmullo. —No puedo imaginarme siendo madre ahora, ni asumiendo una responsabilidad tan enorme. No es el momento, no estoy preparada... y mucho menos quiero traer al mundo al hijo de él —dije, sintiendo cómo cada palabra pesaba más que la anterior. Irene me observó en silencio, pero no dejó de mirarme con compasión. Sabía que lo que estaba por decir no sería fácil. —Pero tampoco puedo abortar —añadí en voz baja, casi inaudible—. La vida que llevo dentro no tiene la culpa de nada de esto. No puedo quitarle la oportunidad de vivir solo porque cometí un error. No soy capaz de matarlo. El nudo en mi estómago se intensificó y, de pronto, sentí una oleada de náuseas. Me levanté bruscamente y corrí hacia el baño. Una vez allí, vomité, incapaz de contener las emociones que se agolpaban en mi interior. Cuando salí, Irene me esperaba a la puerta, preocupada. —¿Él lo sabe? —me preguntó con suavidad. —¿Quién? —respondí distraída, aún en estado de shock. —William, Ignacia. ¿Le has dicho algo? —insistió, esta vez más seria. Sacudí la cabeza. —No —respondí secamente, acercándome al lavamanos para lavarme la cara. —¿No piensas decírselo? Él también tiene derecho a saber. Es su hijo. —No, no lo tiene —contesté con firmeza—. Ya tengo suficientes problemas. Primero tengo que decírselo a mis padres. Y si sobrevivo a eso, tal vez entonces se lo diga a él, antes de tomar una decisión sobre el aborto —admití, sintiendo un escalofrío recorrer mi cuerpo al pronunciar esa última palabra. —¿Abortar? —Irene me miró con incredulidad, sus ojos reflejaban una mezcla de sorpresa y dolor. —Sí, ¿qué otra opción tengo? —dije, tratando de sonar segura, aunque por dentro sentía que me rompía en mil pedazos. Sabía que no era la decisión que realmente quería tomar, pero no veía otra salida. Solo tenía dieciocho años. No estaba preparada para ser madre, y mi vida estaba apenas comenzando. Además, mis padres jamás lo aceptarían. Un niño no tenía lugar en mi vida en este momento. —Ignacia... —Irene intentó interrumpirme, pero la detuve. —No hay "peros", Irene. Por favor. Necesito que me lleves a casa, tengo que hablar con mis padres —le pedí, tratando de mantenerme firme. Irene suspiró profundamente, decepcionada, pero asintió. Pagamos la cuenta rápidamente y salimos. El camino hacia mi casa fue silencioso, ambas inmersas en nuestros pensamientos. A medida que nos acercábamos, sentía cómo el pánico se apoderaba de mí. Mi corazón latía con fuerza y mi mente era un caos. Al llegar, Irene me miró preocupada. —¿Quieres que te acompañe? Ya sabes que estaré contigo pase lo que pase —me ofreció, con ternura en la voz. —Lo sé. Te lo agradezco, de verdad. Pero necesito hacer esto sola —respondí con una sonrisa débil. Irene me abrazó con fuerza y me despedí de ella. Me quedé sola frente a la puerta de mi casa. Sabía que mis padres estaban dentro, esperándome, ajenos a la tormenta que estaba a punto de desatarse. Di un paso hacia adelante. No había vuelta atrás.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD