Me acosté con un idiota

1560 Words
POV IGNACIA Las lágrimas caían una tras otra de mis ojos, mientras los recuerdos reabren las heridas más profundas y dolorosas. Lo había perdido todo. Absolutamente todo. Nadie podía ayudarme. Destrozada. Rota. Deshecha. Así era como podría describir mi estado en pocas palabras. Las cicatrices imborrables de mi error seguían presentes desde aquella fatídica noche. La culpa me atormentaba sin cesar. Me arrepentía de lo ocurrido, de todo lo que hice aquella noche. Quería olvidarlo todo. Quería olvidarlo a él. No quería saber nada más de su existencia. ¿Y ahora? Ahora descubro que también estoy embarazada... ¡y de él! Me odio por ello. El sonido de mi teléfono interrumpió mis pensamientos. Era Irene. Por un segundo, dudé en responder. No quería que me escuchara llorar. Pero luego comprendí que, además de ella, no tenía a nadie más en quien apoyarme o buscar consuelo. —¡Cariño, al fin! ¿Dónde has estado? ¿Estás bien? Hoy no fuiste al colegio, me tenías preocupada —dijo con voz nerviosa. —Yo... fui al médico —respondí, tratando de mantener la calma. A pesar de mis esfuerzos por controlar mi voz, Irene notó de inmediato que algo no andaba bien. —Ignacia, ¿te pasó algo? No suenas bien. ¿Qué te sucede? —preguntó con preocupación. Había llegado a mi límite. Solté todo el llanto que había contenido, entre sollozos y gemidos. —¿Ignacia? ¿Dónde estás? Voy a buscarte ahora mismo —dijo apresurada. —En el parque —murmuré entre lágrimas. —De acuerdo. Espérame ahí. Voy en camino —aseguró antes de colgar. ¿Por qué rayos merecía un ángel como ella? Irene siempre aparecía cuando más la necesitaba. Sin importar las circunstancias, siempre encontraba la manera de levantarme el ánimo y hallar una solución. Pero esta vez... Esta vez no habría solución. Nadie podría ayudarme. Estoy atrapada. A los pocos minutos, escuché su voz llamándome desde lejos. Me levanté lentamente y caminé hacia ella. Sin decir una palabra, me envolvió en sus brazos cuando vio lo mal que me encontraba. Lloré sobre su hombro, como tantas veces lo había hecho en el pasado. Me besó la mejilla y me abrazó en silencio. En ese momento, las palabras sobraban. Su presencia era todo lo que necesitaba. Cuando me calmé un poco, nos sentamos en un banco. Irene me tomó de la mano y me miró con ternura y preocupación. —¿Ignacia? ¿Vas a contarme qué te pasa? —preguntó suavemente. —Sí —suspiré, aunque aún no sabía por dónde empezar. ¿Cómo se dice algo así? Mientras intentaba encontrar las palabras adecuadas, vi cómo la impaciencia y la curiosidad crecían en su rostro. —¡Ignacia! ¡Vamos! —dijo, un poco desesperada. —Irene... Yo... estoy embarazada... —solté de golpe, bajando la mirada al suelo. Tan pronto lo admití, las emociones volvieron a desbordarse y no pude contener el llanto. —Mi vida se ha arruinado. He destrozado todo. Mi futuro, mi vida, mis padres, yo... Todo. ¿Cómo les voy a decir? Ya no puedo ni mirarlos a los ojos. ¿Qué debo hacer? ¿Qué puedo hacer? Mi vida ha terminado. El rostro de Irene se puso pálido como una hoja de papel. Su conmoción era evidente. Me miraba completamente petrificada. —¿¡Embarazada!? ¿Qué? ¿Desde cuándo? ¿Cómo...? Espera... ¡¿De quién?! —dijo tartamudeando, casi sin poder creerlo. Genial, ¿y ahora qué? ¿Qué se supone que debía decirle? —¡Ignacia! Dímelo —insistió, enfadada y demandando respuestas. No había escapatoria. Las mentiras y excusas ya no me servirían de nada. Así que decidí decir su nombre de una vez por todas. —William —respondí en voz baja. Sus ojos se abrieron como platos, mientras que las comisuras de sus labios se curvaban hacia abajo en una expresión de incredulidad. —¿William? ¿¡William?! ¡¿El mismísimo William?! —Sí, el mismo—, murmuré mientras desviaba la mirada. La situación era tan incómoda como vergonzosa. Incómoda, porque había compartido una noche con William a pesar de apenas conocerlo. Vergonzosa, porque jamás me había imaginado enredada en un lío como este. No podía dejar de preguntarme: ¿y ahora qué? —No puede ser en serio. Ignacia, ¡cuéntamelo todo!— exigió con voz firme, incapaz de disimular su curiosidad. Su mirada seria dejaba claro que no iba a aceptar excusas. No tuve más remedio que contarle cada detalle. Le narré desde nuestro primer encuentro en la escuela hasta la intensa discusión que tuvimos la madrugada siguiente a aquella fatídica noche. A medida que hablaba, los recuerdos me golpeaban con fuerza, uno tras otro, haciendo que las emociones volviesen a inundarme. Todo lo ocurrido, cada sensación, cada detalle, se repetía con vívida claridad en mi mente. Pero aquello seguía pareciendo una pesadilla, una de la que no lograba despertar. ¡Despierta ya! Solo quería abrir los ojos y que todo terminara. RECUERDOS PASADOS Desperté lentamente, parpadeando mientras mi vista se ajustaba a la habitación desconocida que me rodeaba. Entonces lo vi. William estaba tendido a mi lado. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al comprender lo que había ocurrido la noche anterior. Los recuerdos me golpearon de golpe, y sentí un dolor agudo en el pecho, como si un cuchillo se hundiera en mi corazón. Con un movimiento rápido y desesperado, me aparté de su lado. Al hacerlo, lo desperté. Se frotó los ojos y, cuando me vio, su rostro se volvió pálido como el papel. La sorpresa en sus ojos reflejaba el mismo asombro que sentía yo. —¿I... Ignacia?— murmuró, incrédulo. Mi mente no podía procesarlo. ¿Realmente estaba allí, con él? ¡No, no puede ser! Esto tiene que ser un mal sueño. Solo necesito despertar, reírme de lo absurdo y seguir con mi vida. Pero la cruda realidad me golpeó cuando vi nuestra ropa desparramada por el suelo. Una lágrima resbaló por mi mejilla, cargada de asombro, miedo y remordimiento, y una ira creciente hacia mí misma. Con manos temblorosas, envolví mi cuerpo desnudo en la manta y me levanté para recoger mi ropa. William, sin decir nada, también comenzó a vestirse rápidamente. Podía sentir que buscaba las palabras adecuadas para romper el silencio, pero no quería escucharlo. Corrí hacia el baño, cerré la puerta de un golpe y comencé a vestirme mientras mis sollozos se intensificaban. Oí unos golpes suaves en la puerta. —Ignacia... lo siento. No quise que esto pasara, de verdad. No era mi intención—, dijo con una voz entrecortada, y supe que era sincero. Lo podía escuchar en su tono. Pero en ese momento no quería hablar, no con él. No quería verle. Sentía que, si lo hacía, la rabia dentro de mí crecería aún más. Terminé de vestirme, me sequé las lágrimas y respiré hondo antes de abrir la puerta. William estaba allí, parado frente a mí, con una expresión de arrepentimiento en su rostro. —Ignacia, lo siento mucho—, balbuceó, tragando saliva. —Por favor, no digas nada más. Solo... no vuelvas a acercarte a mí—, susurré con la voz rota, sin poder mirarlo a los ojos. Todo me parecía irreal, y lo único que deseaba era desaparecer. Sin esperar su respuesta, me escabullí de la habitación y corrí escaleras abajo. Él me siguió de cerca, sus pasos resonaban en el silencio del lugar. —Ignacia, por favor. No quise hacerte daño. Había bebido demasiado. Estaba fuera de mí... no sabía lo que hacía. Créeme, jamás habría querido que esto pasara así—, me gritó con desesperación en su voz. Mis pies se detuvieron en seco ante sus palabras. Me di la vuelta y lo enfrenté. —¿Crees que para mí fue solo una noche más? ¿Qué para mí no significa nada? No tienes idea de la que se ha armado por tu culpa. Para ti, fue solo una noche, un error... Pero para mí, William, es mucho más que eso. ¿Cómo se supone que voy a mirar a mis padres a los ojos después de esto? ¡Dime cómo!— grité, con lágrimas acumulándose en mis ojos. Él cerró los puños y me miró con sus ojos azules brillando de rabia. —¡¿De verdad crees que lo planeé?! Ambos estábamos borrachos. No fue algo consciente. ¿Por qué no puedes entenderlo?—. Hizo una pausa, tratando de calmarse. Dio un paso hacia mí y me miró directamente a los ojos. —Si quieres... podemos olvidar esta noche—, dijo en voz baja. Sus palabras cayeron como una daga en mi corazón. Era un dolor indescriptible. Me dolía pensar que, para él, esa noche solo había sido un momento de diversión pasajera. Mis emociones explotaron. Sin pensarlo dos veces, levanté la mano y le di una bofetada en la cara. Todo mi cuerpo temblaba mientras las lágrimas corrían libremente por mis mejillas. —¡Eres un miserable! No vuelvas a dirigirme la palabra—, siseé, abriendo la puerta principal y alejándome lo más rápido posible. Lo único que deseaba era escapar. Lejos de él. Lejos de todo. Pero lo que no sabía en ese momento, era que aquello no era el final. Apenas era el comienzo de mi historia.
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