Capitulo 2

4497 Words
14 de Marzo, 2008 Muchas de las prostitutas tienen un cliente exclusivo, no es bueno en la cama sin embargo es dueño de uno de los negocios más conocidos por la zona, literal, caga dinero. Todas sin excepción, aman al vejete que les paga por viajar con él, tener sexo o quizá aparentar ser la nueva relación formal delante de sus colegas. Después de que le digan: “Que pollón te has levantado” termina el contrato, no más joyas, no más viajes y mucho menos volverás subirte en aquel Lamborghini Gallardo de color blanco. Los privilegios de ser una prostituta sin serlo. Adonis, mi jefe desde hace tres años es puntualmente lo anterior. No es tan viejo, claramente, y por supuesto, no ha cruzado la línea entre lo laboral y lo personal. En España era su mano derecha por lo que viajaba con él, no solía salir en las fotos como su acompañante, si no, como su asistente personal. Se nos veía en eventos públicos estrictamente laborales. En ocasiones en algunas tiendas de ropa o en algún restaurante antes del cierre de otro negocio controversial.   —   Son nuevos ¿verdad? Tenía sus privilegios ser cercana a Adonis, pero por suerte también tenía que soportarle. Durante sus pláticas me hacía doler más que la cabeza, me daba gastritis al tener una conversación con él acerca de cómo financiar correctamente el pago mensual. Me recalcaba en buen tono: no más tacones, no más Chanel u óscar de la renta, no más nada, más comida, menos café, más té. —   No podía dejar estos Jimmy Choo en el exhibidor. Eran míos antes de verlos. –– miro los zapatos sobre el andén. —   Es entendible, pero ya lo hablamos Katherine. Las discusiones con él eran intensas y más referente a este tema. Vivía tan preocupado de si compraba o no, en vez de decir: ¡Hey! Te aumento el salario. —   Katherine ––llama mi atención –– Si los querías era solo que marcaras mi número y yo personalmente los hubiese comprado. No necesitas más deudas y menos después de semejante viaje.  Y ahí estaba nuevamente, una de las cosas que más odiaba de él. Su forma de darme a entender que por supuesto era un hombre de grandes riquezas, que puede dar lo que deseen a la persona que elija. Y aunque diga que no quiere nada a cambio, ningún ser humano se comporta de esa manera con sus empleados, ni siquiera con sus amigos. —   Puedes colocarme en marcación rápida ––Antes de que me percatará estaba bajo su brazo, se le veía bastante cómodo repartiéndome un calor que no disfrutaba de parte de uno de los hombres catalogados como: el más rico de Londres, dueño de dos revistas, una en Italia y la otra ubicada en el centro de Londres, por otra parte y no menos importante su tres restaurantes en España y sus apreciados hoteles, sí, en cifra de a tres, 241 a nivel mundial siendo estos cinco y cuatro estrellas cada uno –– Puedes contar conmigo Katherine. —   Sí, claro. Estamos a contadas calles ––Informe después de restablecer mi zona personal. —   Eres buena para las direcciones. Puede ser. Cuando se recorre Londres por varios años, se aprende de memoria cuales son los mejores lugares para conseguir buenos hombres, buenas chicas, bares, restaurantes, y sobre todo nunca se olvida el hueco en el que no se debe entrar a no ser que desee salir con el culo adolorido, desnudo y endeudado por el consumo masivo de drogas alucinógenas.  En los suburbios le hablo en breves palabras de los buenos aspectos del Soho, perfecto para salir a divertirse, beber hasta contadas horas, conocer y ligar con jóvenes. Le recalco que la universidad también está al alcance por lo que la mayoría no tomará el autobús. —   Será una buena inversión. Pero seamos claros señor Cranston, usted no sería un buen casero ni en esta vida, ni en la otra. —   ¿Por qué no? tengo mano dura con los adolescentes ––me miró sobre el hombro –– Katherine, eres el mejor ejemplo. Aparte de ser un jefe fantástico, moderno, divertido, famoso, adinerado, soy un excelente tutor. No había duda de que Adonis era un ser bastante egocéntrico y charlatán. * La torre de apartamentos era extrañamente confortable con un estilo vintage, ubicado al lado de la avenida principal, el comercio esta contiguo, pero no lo suficiente para oír cual disturbio. Seguía dudando ¿Por qué adquirir un piso para rentar y no comprar el edificio entero? Para nadie es un secreto que él está podrido en dinero. Después de dar su nombre en la recepción nos entregan el juego de llaves del apartamento y un par de carpetas. —   Me puedo acostumbrar a subir las escaleras cada vez que venga a cobrar el mes ––jadeó de subida a la planta dos ––Sube sin mí, ¡Infiernos! ¿Cómo que el ascensor es solo para ancianos, y yo que soy? Su estado físico no es malo, es puro drama.  Continúo subiendo los escalones inmediatamente después de recibir las llaves que me lanza por el aire. En cuanto la puerta principal chirrea el polvo vuela por el espacio. Dentro del apartamento Adonis se encuentra conmigo no sin antes guardar su teléfono en el bolsillo de su pantalón.  No está agotado, en lo absoluto, de hecho, me recuerda a esa vez que nos invitaron a la décimo sexta convención de catadores de vinos por parte de un club privado; Su sonrisa era tan pulcra e intensa que cada brillo reluciente en sus ojos era la viva imagen de una persona realizada, con sus sueños cumplidos y con la paz de haber hecho todo por ser feliz. —   No está habitable ––es lo único que le digo a retornar mi vista. De un manotazo logro que las luces se enciendan.  Evaluó lentamente lo que puede ser la sala y el jardín. Las baldosas bailan al caminar sobre ellas. La cocina livianamente está en buen estado, está instalada con las diferentes alacenas y espacios proporcionados para los electrodomésticos. —   Sigue siendo el mejor precio ––dijo al mirar los baños y los cuartos ––Hay algo en ella que me gusto. —   ¿El jardín? —   No, es un punto a favor, son muy pocos los apartamentos en Londres que tienen esa vista, pero no es a lo que me refiero. Acompáñame. Le seguí hasta el fondo del pasillo, justo en al centro de la ‘’T’’. De derecha a izquierda se ampliaba el pasillo con varias habitaciones. Sin embargo, él no parecia estar sorprendido por la grandeza del apartamento, sino entusiasmado por lo que estaba tras la puerta principal. —   ¿Preparada? ––empuja la puerta como si lo que fuéramos a ver fuera un cuarto lleno de joyas, diamantes y huevos de oro –– ¿Qué tal? —   ¡Uau! Estoy impresionada. —   ¿De verdad? —   Claro, mira ese rincón lleno de arañas, o aquel otro con esa rata muerta. Es toda una obra de arte. —   ¡Katherine! ––y el ataque de risa en aquel hombre sonó en eco como el cantar de una ópera en su primera etapa. Sacarle un par de risas no es muy difícil, por ende, siempre está haciendo del tonto o tratando de buscarle el lado positivo a todo con sonrisas de por medio. Unas tantas veces he deseado darle en la cabeza con una piedra, pero no me sorprendería que le buscará el lado bueno al ataque. —    Es decepcionante que no te guste. Durante años, le dije lo que era razonable desde el punto crítico de una mujer. Ahora que ya no soy su asistente, si no el prototipo de concejal, o quizá como me dicen en los pasillos de la compañía, la rubia falsa que le lame el culo al jefe; sigo siendo algo especial para él, creamos un vínculo, que en ocasiones me llega a agradar. Aclaro, no es que ponga en duda que es un hombre inteligente, sin embargo, los hombres son brutos para fijarse en detalles como si la pared tiene moho o las cucarachas tienen más familia que nosotros dos juntos. —   Le puedo buscar un apartamento de su nivel, de echo esta zona tiene muy buenas ofertas. —   ¿Katherine, aun no lo entiendes? Días atrás caminaba por aquí y me pareció oportuno darle un vistazo a este apartamento en venta. Me lo dejaron ver… –– ríe ––lo peor de todo es que te creíste ese cuento de qué voy a ser casero. No me lo creía del todo, primordialmente porque él nunca decide por sí solo dar una agradable caminata por la ciudad más visitada de está era, si para venir a estos apartamentos quería traer al chofer y el lujoso auto. Al convencerlo de ir a estirar las piernas dijo insolentemente que un hombre como él no puede ir por las calles caminando. Y si bien no le fue suficiente, parloteo de sus últimas compras, una pareja de caballos shire y una granja amplia para la residencia de sus animales. Lo que me puso en duda de por qué comprar un apartamento y no el edificio entero. —   Durante un tiempo corto he buscado apartamentos que son ideales para una chica joven, con un salario más que el promedio y con un guardarropa excepcional que le permita acomodar todas las prendas que tiene guardadas en la docena de maletas que carga a dónde vaya.  —   Exactamente son ocho. —   Del tamaño de una ballena. Uno de los requisitos para la compra de un apartamento era el tamaño del closet, tenía que ser perfecto y sin restricciones a espacios. Di un paso adelante para deslizar la puerta pero antes de que logrará moverla las bisagras se totearon y nuestros brazos salieron a volar. El polvo nos ocultó de modo que ver lo que sucedió parecía menos perceptible. La turbia imagen de Adonis apresándose la nariz por el polvo me dio a entender que aparte de estar sucio y feo el lugar por poco quedo bajo la pesada puerta de madera negra con apariencia de granero. —   Es por esto que lo elegí – dijo sin dar demasiada importancia a la puerta derrumbada. Tenía pensado comprar un apartamento, quizá una casa, pero no en Inglaterra. Mis ahorros no eran demasiados, pero si lo eran para comprar una casa en España, con unas tantas habitaciones, y cerca de la playa. El presupuesto en lo absoluto no me alcanzaba para residir eternamente en Londres.  Pero, aunque dijera que no, me estaba ilusionando a vivir aquí. Con ese closet que lo catalogaba como el sueño reprimido de toda mujer. A su alrededor, los diversos compartimientos para guardar cada una de las prendas se veían intactos como si el polvo no pudiera dañarle. Ya veía mis tacones ocupando su espacio, mi ropa interior perfectamente doblada en los cajones y las chaquetas usando un gancho plástico; Cada prenda ubicándose perfectamente en la paleta de colores. —   ¿Katherine? Adonis daba vueltas sobre sus talones admirándose en los espejos puestos en la columna central. Se arreglaba el cabello consiguiente a suavizarse las solapas de su traje gris. Y aunque esta amistad sea falsa, me agrada que piense en que necesito un apartamento propio. Y tengo que aclararlo, en ocasiones tengo pánico de que pueda leerme mejor que Carlota. Adonis, simplemente es un brujo.  —   Te haré el préstamo necesario para que lo compres en este instante y dejes de dormir en ese hotel. —   No es tan malo. —   No, pero si costoso ––su teléfono vibró ––hora de irnos. Al tomar asiento en el porsche no dejo de pensar en Sam, vamos demasiado rápido, más de lo que llegue a creer, ilustramos un hogar donde ambos estaríamos cómodos, elegiríamos la zona, el país, hasta el lugar ideal para conseguir empleo. Y aunque la propiedad estará a mi nombre él deseaba darme su punto de vista masculino.  Seria nuestro, pero no suyo, solo mío. Ahora que lo pienso, estoy cumpliendo lo que alguna vez desee de pequeña. Mi lugar favorito era Londres, mi diario se llenaba con grandes listas de: cosas por hacer en mi ciudad soñada; una de ellas sería mi propio apartamento donde viviría con mi marido y mis dos hijas. Pero he crecido, soy fanática al sexo, ex adicta a las drogas y fumadora de cigarrillos en compañía de un café cargado. Ya no me va el amor, tampoco reconstruir el mundo con una familia ejemplar, con un marido que me abandonará en cuanto las tetas me toquen el piso y cuando el trasero se pierda en el camino convirtiéndose en mi estómago. Al pasar los años en completa soledad estaré en algún club para ancianos bebiendo agua, porque me impiden consumir café. No tendré boda alguna en Paris o en Roma, no le cambiaré el pañal a ningún escuincle, tampoco permitiré que un hombre decida dejarme, porque después del sexo yo seré quien se marche, no habrá segundas oportunidades, tampoco citas o flores al otro día. Simplemente seré libre cuando tome mis cosas y vea al hombre en esa cama o en aquel callejón con su erección recién exprimida. La niña precaria que anhelaba una vida de cuento, había muerto el día que el abuelo decidió darme unas cuantas clases sexuales a los ocho años. Ahora aquella niña soñadora se había convertido en esto, en una mujer influyente a cargo de la redacción de una de las revistas más populares en mujeres, adicta al sexo y a los múltiples orgasmos. No importa si compro este apartamento, nada de esto significa que voy a dejar de follarme a cualquiera. —   ¿Estás bien? Damos cuerda a los documentos del apartamento y sin dudarlo firmo la compra del apartamento. Adonis sonríe, pero al no firmar los documentos de préstamo quita toda margen de actitud positiva en el rostro. Hace las preguntas referentes al tema, pero no contesto. Él no lo sabe, pero mis ahorros comprarán ese apartamento, no su dinero. Él cree que mis deudas por tarjetas de crédito y mi mala alimentación impiden que hubiese ahorrado algo de dinero, pero no es así, de hecho, he ahorrado con mi vida, mes a mes sin afectarme mi adicción a la marihuana. —   Que pase buena noche, señor Cranston ––pronuncio al bajarme del auto. —   No entiendo por qué no has firmado ––volvió a sonar su teléfono ––cuando aceptes llámame y concederé el préstamo, luego envía el formato a mis abogados. Señorita Williams, también cuente conmigo para la compra de sus muebles.  No se despide, solo se marcha echando fuego por la avenida. * Doy un par de vueltas por el hall del hotel en ocasiones la recepcionista se acerca para preguntarme que sucede, pero no establezco platica. Cuando da vuelta sobre sus talones en dirección al punto de servicio al cliente salgo del hotel y paso la lacera de en frente. El hombre tras la barra prepara los cocteles con gran fluidez y sonrisas de por medio para algún cliente. No se percata de que lo estoy mirando hasta pasados unos cinco minutos. Me abre los ojos al encontrarse con los míos, alumbran como una linterna luego de intensificársele tan hermosa sonrisa, claramente nunca espera que le venga a visitar y sinceramente tampoco es que me agrade visitarlo en el trabajo vengo por el alcohol. Cuando lo hago se emociona y da pequeños saltos. Aunque el uniforme se le ve mejor que a nadie, pierdo compostura al detallar cada centímetro del gran cuerpo de bombero que le resalta bajo esa camisa negra y chaleco dorado.  —   Un Bourbon doble. —   ¿Qué sucede? ––vuelve a acercarse con la botella en mano, mientras me prepara el trago. Sam es demasiado dulce, cariñoso y de algún modo interpreta mi mirada hasta descifrar lo que me aterra, lo que hice o estoy tramando, da un poco de miedo, pero en pocas palabras diría que es un amigo que sabe cómo entrar en mis pensamientos. —   Sam, compre un apartamento en el Soho. Mentir es malo, pero ante esta unión entre homosexual y bisexual tenía que establecer un punto de quiebre últimamente estábamos corriendo con nuestros propósitos, él está confiando su vida a una desgraciada que no lo ve como un amigo si no como una máquina de hacer comida casera. Sam ha sufrido demasiado, por parte del servicio en las fuerzas marinas luego por sus padres, el trabajo tampoco le facilitó las cosas, ahora cree que la vida le sonríe con una prostituta que dice ser su amiga. —   ¡Espera un momento, escuche bien! ¿¡Vas a comprar qué cosa! y sin preguntarme que es lo que yo quiero hacer? —   No lo compraré, lo compré. Su rostro da pena, estaba mirando la carpeta bajo mis manos buscando la respuesta a la infinidad de preguntas que se estaba formulando. Gritó y dado un minuto se descompuso en llanto, las lágrimas le brotaban de los ojos como cascada en día de lluvia, poco a poco su rostro se tornó rosado, mientras que sus ojos ardían de ira. Más de un cliente estuvo mirando como aquel hombre se desmoronaba frente a una chica que bien pudiese ser la causante de ese mar de lágrimas. —   Y dónde me has dejado, tú no eres así, eres mi amiga. Planeamos algo. —   Estaba ebria ––Era completamente cierto, aunque estará en cuba recordaba sus palabras, las mías, las promesas que hicimos ––Sam, el turno terminó, tome sus cosas lo hablaremos con calma. —   ¡Vete a la mierda! ––tomo su chaqueta ––te compre esos parches para que dejes de fumar, te he dado de comer para que estés sana, e impedido que pierdas tu vida buscando a hombres dándote compañía y solo te pedí una cosa. Que cuando compraras el apartamento me dejarás ser parte de eso.  —   Aún lo es. —   Sí claro, ¿Cómo Guadalupe? Doy el pago al nuevo encargado y me marcho tras él. Sin duda estaba fuera de control, una escena dramática de un hombre que se hace ideas de quién soy, de cómo me comporto y como hago las cosas, aun así decide tapar el sol con un dedo y sigue creyendo que soy su amiga. Sin duda su apoyo para que deje de fumar ha sido lo mejor, por él he dejado la nicotina, pero no siempre funciona, ni la amistad ni esos estúpidos estickers. Ni siquiera somos amigos, eso es una estupidez para niños. Guadalupe no era más que una de las mujeres de la lista, si bien su polvo fue el mejor en mi vida no fue más allá de esa noche no tenía que surgir una amistad. Pero el mundo es un pañuelo. Al entrar en Heaven[1] iba decidida a encontrar un rollo rápido, lo suficientemente bueno para volver a casa impecable para recibir la carga del trabajo. En esas salió Sam, era el hombre más caliente de toda la discoteca, solo tenía dos cosas en su escultural cuerpo, una camiseta blanca a combinación de unos jeans blancos. Hablamos de todo y nada, reímos y bebimos. Pronto y después de haber tocado sus hombros puntualizó que estaba buscando a su amiga perdida entre la multitud y claro, me recalcó que tenía novio. Le despedí de un beso sin pedir su número, ni siquiera saber su nombre o edad me marché. Tras dejar la barra, la silueta de una mujer se movió atrayéndome hacia su cuerpo. En medio de las personas, levantó las manos y pegó un gemido al bailar conmigo, tocando y rozando daba vueltas apreciándome. Tampoco recordaba cómo se llamaba aquella morena, hasta hora. Y al entender que compartimos más que un baile con esa mujer y después de varias horas, ella me ponía los pelos de punta, se había enamorado. Y lo único que hice fue huir. * Durante cuatro horas estuve sentada sobre la cama esperando a Sam, pero en la habitación no había más que soledad y ruidos sobre la avenida. Pasadas la hora de la cena llame al room service y pedí un excelente vino tinto, quería mitigar un poco la noticia, le iba pedir que fuéramos juntos a comprar los muebles, pero no regresó, termine comiéndome los dos platos de salmón con salsa de manzana verde y bebiéndome la mitad de la botella del Pinot Noir hasta quedarme dormida.  * Al ser fin de semana me permito dormir hasta las seis de la mañana, pero dado que Sam no ha regresado me toca salir de casa a las cuatro y punta. Cuando Guadalupe se mete en problemas ella acude a él, por ende, no le tomo la llamada, no soy su niñera, ni mucho menos su madre. De hecho, ni siquiera en la universidad llegue a cuidarles los calzones a mis múltiples compañeras de cuarto. Pero ahora que Sam no está, la rubia tiene que ir a sacar a la morena del calabozo. En estas calles solía perderme entre los bares más comunes, exhibía mi cuerpo al mejor postor, al hombre más alto y fuerte, bebía gratis toda la noche, probaba las diferentes maneras de intoxicación antes de que me cogiera la policía. La primera vez que me arrestaron. Las únicas prendas que me cubrían el cuerpo eran las medias mallas, tacones y esa falda que era del tamaño de una bufanda. En ese momento, frío era lo que menos sentía. Estaba esposada a la silla mientras al frente un vagabundo hacia el intento de tocarme las tetas. Ninguno de los que estaban a mi lado alcanzaban a tocarme, sin embargo, había uno, que dejo atrás el código de la policía e hizo lo que desde que sucedió el arresto necesitaba hacer. El departamento se encubría unos a los otros, llevando a los hombres a un cuarto aislado, mientras que las mujeres serian redirigidas a la sala de las que todas hablaban la 12ª interrogatorio. Al ser obligada a tomar asiento aun con las esposas en las muñecas, él dejo caer ruidosamente su arma sobre la mesa, pro siguiente a su cinturón con chapa grande. —   ¿Qué hace una prostituta tan joven en mis calles? ––sus botas castañearon al acercarse ––Sabes lo que le pasan cuando las mujeres como tú entran en mi comisaria. —   ¿Por qué crees que rondaba al frente? Ahora, bájate el pantalón porque esta noche sabrás quien es Katherine Williams. Él hombre con aquel uniforme era conocido por más de una por sus fascinaciones al sexo y a romper las reglas como autoridad para mantener relaciones en las oficinas. Cada una tenía su truco para llegar hasta él, sin embargo, el mío era restregarle el trasero en su m*****o en medio de la calle. Me frotaba tan fuerte que el agente no tenía más alternativa que arrestarme por exhibicionismo. Sus hombros y cuerpo bien esculpido me traían loca desde que había oído de su forma de ejercer el poder. —   ¿Quiere que le quite los cargos y no llame a sus padres? ––la ironía de mi risa le dejo con los ojos abiertos mientras se hincaba sobre mí, Carlota probablemente aprobaría mi audacia ––Anhelaría esa boca en mi v***a. —   La tendrás. Recuerdo tal cual como estaba su piel, era de un blanco casi rosado por el cuello de la camisa, ardía de una manera que aun siento como mis dedos desapuntaban cada uno de los botones de su camisa. Al primer intento de besarme en los labios mi mano izquierda había descendido lo suficientemente a bajo como para percibir la erección apuntándome. La poca barba que le sobresalía de la barbilla me excitaba, anhelaba sentirla sobre mis pechos. Él era ardiente.  Estaba totalmente húmeda no solo en el recuerdo. El sentir de sus manos carrasposas sobre mis hombros mientras buscaba su dureza haciéndose más larga me provocaban diversas tonalidades de gemidos al oído. Las sonrisas fueron pausadas a modo que la intensidad del agarre de mis manos con su m*****o dentro se volvió inhumano e insoportable. El gruñido que vocifero fue más un grito de ayuda que de excitación. —   ¿Dónde me quieres? En su mirada solo había desespero, estaba tan rojo que las venas sobresalieron en su rostro. Me odiaba, pero a la vez le gustaba el dolor. Al ponerle a prueba nuevamente, respiro pesadamente. La frente le sudaba, creo que estaba a punto de colapsar, su cadera empezó a moverse de manera que la fricción de su m*****o contra la tela fuera menos dolorosa. —   No lo repetiré una tercera vez, dónde me quieres.  Del agente prepotente que decían que era no había nada, deseaba que se llenara de ira, me levantará de la silla y me llevara hasta aquella ventana y sin temor a nada me follara sin misericordia. Sin obtener respuesta de su parte, se marchó para ocupar la silla de enfrente.   Implementé otra técnica, bailar para él. En silencio admiraba cada movimiento que hacía. Su m*****o fuera de sus pantalones se movía impulsivamente hacia arriba mientras mis caderas se movían de lado a lado. Ordenó que me quitara la falda y así lo hice. Su falo reboto hasta que una pequeña gota broto desde su glande. —   No te toques ––le impedí aun esposada. —   Quítate el liguero. Nunca llegue a hacerlo, simplemente me deje caer de pecho sobre la mesa, mientras que mis dedos se meneaban en mi interior. Los fluidos corrieron en medio de mis dedos al insertarse lentamente en un vaivén exquisito, gemí al sentir un golpe sobre mis nalgas, su manotón fue rápido y duro, estaba cautivada por su astucia, por su voz. El sudor me recorría la frente cuando la penetración de mis propios dedos se tornó incesante. Temblé, y terminé sobre la mesa con las piernas totalmente abiertas. Contenta por mi dosis gire, el agente estaba tan excitado que tenía los ojos cerrados mientras que su brazo se movía rápidamente dándose el placer que anhelaba. Había dejado de verme solo porque necesitaba desahogarse. Le estaba odiando por no cumplir la única orden que le di, no masturbarse.  —   ¿Has decidido dónde me quieres? ––me senté sobre su regazo. Esta vez no le hice padecer un dolor excitante. Esta vez le pellizque tan duro el m*****o que se puso en pie tirándome al suelo. Los hombres son tan débiles, que creen que una simple preposición como lo es el dónde me quieres les hará tener el poder, están mal, si bien me estoy rindiendo ante él no es la razón por la que lo hago. Planeo mi coito antes de, siempre pensando en mí placer manipulando de la mejor manera para obtenerlo.
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