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Ya había olvidado que aspecto tenía. La última vez que recuerdo ver al agente nítidamente fue antes de salir de la sala. Han pasado unos cuantos años no se me hace tan guapo, tiene buen cuerpo, ojos brillantes aun así tal parece que fuera ayer cuando le pellizque su virilidad para obtener su atención.
— Puede firmar aquí, la fianza son 500 libras.
— ¿Disculpe?
— ¿Sucede algo? ––estaba mucho más canoso y portaba del mismo tamaño la barba, parecía un fantasma mucho más blanco de lo que recordaba –– ¿Algún error en el trámite?
— Claro, ¿Desde cuándo estafas y no pides sexo a cambio?
Sus ojos se abrieron lo suficiente para darle a entender que le conocía, su piel blanquecina se colocó más pálida hasta que una mujer a sus espaldas interrumpió entre nosotros. Ella estaba mucho mejor que mi antiguo rollo, sus pechos sobresalían dentro de su camisa ajustada, vagamente lograba ver como su trasero se había engrandecido durante los últimos años.
— ¿Problemas otra vez con la justicia Katherine?
— Para nada, de hecho, vengo por una chica.
La sargento Lauper era una de las mejores chicas puestas en mis garras después de Guadalupe. Ella, aunque en mis tiempos no era lesbiana ninguno de la comisaria se quedó atrás. Era una mujer pulcra, heterosexual y no le iban los sobornos, era una santa, poco a poco sus compañeros le hicieron ver lo bueno que era visitar aquel sector de la ciudad. Descubrí en ella el poder del no poder, del querer, pero no querer, durante aquella sección sin arresto la mujer se rindió ante mí.
— ¿Por qué está Guadalupe aquí?
— Obstruyó en una propiedad, los cargos por invasión a la propiedad privada y daños al inmueble –– ella dejo de leer la pantalla del computador ––El viejo ha perdido el toque, decidió hacer lo correcto por primera vez.
— Da igual, ella es distinta, no le dan los hombres –– Dije.
— Siempre estoy yo ––sonrió cautivadoramente.
— Claro ––reste importancia ––aun así, no traigo para la fianza.
— Lo siento K, está en la red, 72 horas y se irá, si los dueños no continúan la denuncia ––otro hombre alterno salió de las salas arreglándose la camisa y tosiendo como si el ataque le hubiera descompuesto la ropa –– ¿Visitas a los pobres?
— Soy Katherine, no K ––Cada uno blanqueo los ojos a su manera.
Era excitante volver a recorrer estos pasillos, pero no hay segundas oportunidades para las mismas personas. Esta madrugada de un fin de semana volvería a casa sin poder sacar a Guadalupe, y aunque estará jugando con fuego, estaba dispuesta a volver a acostarme con ella después de humedecerme con los recuerdos, aun así, debía marcharme.
A las cinco con cuarenta se encuentra abiertos los pubs y diversas cafeterías 24 horas, son muy pocos los deportistas iniciando su corrida, hay jóvenes vueltos cubas mientras que una mujer en tacones se pasea por las calles con nada más que con el móvil en la mano, la tarjeta del hotel y el monedero.
— Café de vainilla descremado ––digo sin dejar de contar los peniques.
Pago seguidamente de salir de la cafetería.
Doy sorbos hasta que extrañamente un hombre se sostiene con la espalda del auto me mira detenidamente, sus ojos claros parecen tan conectados con los míos que pierdo el control y bebo del café hasta quemarme. La mueca que hago hace que él sonría mientras siento como la lengua me arde. Termino mirando hacia atrás varias veces, pero nadie está detrás mío. Opto por sonreír y seguir caminando en su dirección.
No le conozco, pero esta aterradoramente bueno. Al pasar por su lado vuelvo a sonreírle, pero esta vez levantando el vaso humeante. El semáforo me da paso para cruzar la calle así que no pierdo el tiempo y camino directo al hotel. Puede ser absurdo comprar un café y no beberlo, pero el hecho de tostarme la lengua y parte del labio superior por culpa del escultural hombre me hace perder las ganas de volver a sorber. Intento nuevamente pero el calor me produce esa picazón dolorosa que se vuelve insoportable.
Doy el cruce y giro a la izquierda. El edificio en el Prince's Square reluce al llegar a la calle del hotel, miro hacia ambos lados y doy paso hasta la acera. El café ya no está caliente durante los últimos tramos de camino. Me falta menos de un cuarto para acabarle cuando veo a Sam entrando a paso cansino a su lugar de trabajo, le llamo, pero lo único que hace es mirarme de reojo. Lleva el chaleco en la mano y un café en la otra. Vuelvo a gritar su nombre, pero efectivamente sigue enojado.
No entiendo, no es nada del otro mundo, él sabe que puede irse conmigo, quizá no se lo he dicho y debería dejárselo en claro. Teníamos la idea de irnos a España después de firmar contrato en el periódico Imperial, ahora eso no compite con la seria conversación que tuve con Adonis antes de la caminata. Esto era más allá de lo que hubiese querido, sería el director de operaciones de Ladies, las responsabilidades de la revista estarían a mi cuenta mientras que Adonis se dedicaría a sus inversiones. Ganaré más de lo normal, podré ir de compras sin pedir crédito en las tarjetas, podré llenar la lacena de golosinas. Además, tendré un apartamento con el armario ideal. Es cuestión de pensar en las posibilidades de irme a un nuevo país con un salario alto pero insuficiente, o quedarme en uno donde obtendré demasiado dinero y un apartamento.
Doy el cambio de cera para ir al bar, pero al oír el bloqueo de un auto me detengo. El mismo hombre guapo aparcado frente a la cafetería estaba allí, solo que esta vez estábamos mucho más cerca, aun no amanecía por lo que solo notaba el buen traje azul de tres piezas confeccionado a su medida. Esta vez no camine hacia él, él lo hizo.
— Querido, no deberías seguir a una chica con un café caliente. ¡Te puedo hacer daño!
Nuevamente me estaba sonriendo. Era asombroso, hasta casi estupendo. ¿Cómo un hombre como él se dedicaba a perseguir a chicas en pijama, con tacones rojos a media madrugada?
— ¿Su café sigue caliente? ––no evito sonreírle, es un encanto.
Me produce esa lascivia que destina a dos sexos a lubricarse, perdidos dentro de sus jugos mientras se regocijan de éxtasis. En absoluto experimento ese vacío en la boca del estómago esos que dicen cada artículo de revista, o esas impensables mariposas que te produce el amor. Esto es distinto.
Aunque ya sienta los fluidos deslizarse por la parte interna de mis muslos, aunque tenga la piel tan fría pero a la vez tan cálida; Aunque permanezca en tierra y a unos cuantos centímetros de lejanía de su cuerpo estoy de alguna manera flotando al infinito, no como un ave en el aire, o un superhéroe impidiendo un crimen, es una leve levitación mientras escucho nítidamente como mi corazón se revuelca dentro de mi pecho.
Tengo miedo.
— ¡Por supuesto! ¿Quieres comprobar que tan caliente está? – susurró excitada.
Es natural no tener una mente corrompida, algunas personas no suelen imaginar más allá de unas palabras simples, sin embargo, él interpretó mi pregunta de tal modo que nos beneficia a los dos. Aun es de madrugada y un poco de sexo dentro de su auto nos pondrá a la temperatura ideal para empezar el día.
— ¿Me dejará tocar su vaso? ––Respondió.
Un beso, el tocar de los labios me produce asco, durante cada uno de mis coitos el beso es excluido, nunca utilizado. Pero en este instante estoy dispuesta no solo a besarle una vez, si no antes, mediante y al finalizar nuestros orgasmos confabulados. Lo sé, estaba perdiendo el sentido por un hombre, pero él dio pie al acelerador y condujo hacia mí. Y el que se me note el trasero bajo el vestido no le da razones para que me siga. Por supuesto que está pensando con el m*****o, por su beneficio.
Y eso es un problema.
— ¿Me llevarías a un lugar?
El pronunciar de mi voz le hizo dar un paso hacia adelante, se hincó lo suficiente para detallar que en el puente de su nariz estaban aquellas pecas casi invisibles de color más oscuro que su piel morena. Hasta que me perdí en el modo en el que me miraba, como si anhelara guardarme en sus recuerdos.
Pareciera que no fuera yo, sentía mi cuerpo, pero se veía en tercera persona.
Ella permanecía estática con ambas manos puestas en su café, a diferencia de las de él que las movía lentamente sobre el lateral de la cadera de ella. El hombre de por lo menos metro ochenta la tenía acorralada sin perderla de vista, conectados directamente sin poder respirar o parpadear.
A pocos centímetros se puede oler el pánico de aquella mujer.
— Suba al auto.
— Una cosa más –Antes de que le dejara abrirme la puerta descanse mis labios sobre los suyos.
Perdí una regla imaginaria con mi madre. ‘’No besarás a nadie en los labios más que a tu madre’’. Aquello se había roto, aunque se podía interpretar de diversas maneras ¿Qué labios? ¿Qué madre? ¿Quién es nadie? Mis amantes en la cama siempre tienen nombre ellos no son nadie, tiene dinero y/o prestigio. Aun así, en este momento y aunque muchas veces quebrante la frase, está era la vencida.
Le había fallado a mi integridad, he roto lo que he fabricado. Después de él siento que voy a cambiar. No solo Odio cuando me llaman ‘Kath’ si no la palabra ‘Amor’. Y en este momento me atemoriza el pensar en que puedo lograr ser una persona normal.
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Pego un chillido que a ambos nos pone alerta, por un momento me veo feliz y en otro veo en ese hombre un asombro infinito por poseerme completamente. Me lleva sobre sus brazos repitiéndome una y otra vez que se vengará por lo que le he hecho dentro de su auto. Cruza rápidamente la sala y sin más me deja sobre la isla de la cocina.
No podía resistirme más y menos al verle conducir, tan delicioso y espantosamente atractivo. Su erección mientras conducía se le veía palpitante, incomoda al estar enjaulada en sus pantalones formales, y aunque estará concentrado en las avenidas eso no le impedía verme a los pechos sin sostén. Aproveché que los vidrios eran ahumados y me deshice de la chaqueta en cuero y del vestido en satín n***o. Y aunque le toqué el m*****o sobre su pantalón no dejó que avanzara más. Al no dejarme meterle mano me concentré en darme el placer así misma, me hice vibrar, gemir y hasta rogarle que me tocará, aun así no lo hizo.
— Recuerda cariño ––abrió mis muslos y se colocó en medio ––Que te llevaré al infierno.
No había pensado un plan.
— Y yo al cielo Kath.
Los golpes producidos por nuestros cuerpos se intensifican a medida que la lubricación nos baña completamente. La dureza de su gran falo se ancla a mi carne siendo dolorosa, desesperante y apetecedora. Juntos gruñimos, es tan solo sentir su tamaño para no aguantar más de unas cuantas penetraciones sin que me corra. Lloro hasta perderme en la infinidad de orgasmos que me impiden contar cuantas veces me deshago en sus brazos. Le pido que se aleje, pero no lo hace y le agradezco. Continúo besándole entre gritos de pleitesía hasta que la cabeza me arde y termino sin aliento, sin fuerzas para recomponerme.
— No he terminado ––grito, pero de un sustancioso beso me pierdo entre cada uno de los movimientos del mejor hombre del mundo.
Entre palabras entrecortadas pedí su nombre, necesitaba saber quién era el dueño de mi catorceavo orgasmo, necesitaba saber quién me estaba haciendo esto.
— Alex, bésame.
— ¡Nena! Que gusto volver a tenerte.
El mármol se desliza bajo mi piel sudada, la humedad de nuestros cuerpos se unieron y culminan de cierto modo que ambos jadeamos demasiado cerca para oler más que nuestros alientos y el indescriptible olor a sexo.
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Bajo de su auto con las piernas adoloridas, con los labios hinchados por sus mordiscos, y con la piel ardiéndome por sus tantos chupones bruscos. Evito mirar hacia atrás pero al llegar a mi habitación corro directo a la ventana.
Se ha marchado.
Los mejores quince polvos mal contados que una mujer multiorgásmica puede tener con un hombre con el pene más perfecto del mundo, con el culo más perfecto del mundo, con los ojos más perfectos del mundo, con su carro, su jodido carro que es tan perfecto como su maldito cabello y su voz ardiente.