No hubo transición. No hubo ese momento de membrana gelatinosa y zumbido familiar que sentí al entrar al Refugio. Fue una interrupción violenta del ser, como si el universo mismo hubiera tosido y yo hubiera sido expulsada de su garganta. Mi primera conciencia fue de peso. Un peso aplastante, omnipresente, que no solo empujaba mi cuerpo contra el suelo, sino que oprimía mis pulmones, abrumaba mis pensamientos y tensaba cada músculo hasta el punto del dolor. En el Refugio, mi luz había sentido una especie de libertad flotante; aquí, estaba siendo enterrada viva bajo toneladas de oscuridad sólida. El segundo fue el calor. Pero no era el calor de un día de verano o de una chimenea. Era un calor seco, abrasador y sin vida, que no emanaba de un sol, sino que parecía surgir de la mismísima pi

