Caminé hacia la salida, hacia la luz gris del exterior. Y allí, apoyado contra una roca, estaba Silas. Me observaba con una expresión de triunfo que me hizo querer arrancarle la garganta. —Felicidades, Alana —dijo él, su voz suave y peligrosa—. Has dejado de ser un fantasma. Me detuve a un paso de él, y el calor que emanaba de mi cuerpo hizo que la hierba a mis pies se marchitara. Le sostuve la mirada, y el n***o de mis ojos casi cubría el iris. —No me llames Alana —dije, y mi voz sonó como el crujido de la tierra rompiéndose—. La mujer que conocías murió ahí dentro. Y tú eres el siguiente. El aire alrededor de Silas se volvió pesado, cargado con el olor a ozono y ceniza que emanaba de mi piel. No esperé a que terminara de hablar. Con la velocidad de un rayo, acorté la distancia y le c

