Silas se detuvo en un saliente de roca que dominaba el valle. Sin soltarme, dio un paso al vacío. Mi estómago dio un vuelco y solté un grito ahogado, aferrándome a sus hombros por puro instinto. Fue entonces cuando sus enormes alas negras se desplegaron con un estruendo, como dos abanicos de sombra que cortaron el aire gris. —Te dije que te quedaras quieta —susurró cerca de mi oído, mientras empezábamos a ascender con un batir poderoso. El viento nos golpeaba con fuerza, revolviendo mi cabello rojo y haciendo que el frío del Abismo intentara colarse en mis huesos. Pero el cuerpo de Silas era un radiador. Pegada a él como estaba, con mis piernas rodeando su cintura y mi pecho contra su traje n***o, el calor era casi insoportable. —Suéltame un poco, me asfixias —protesté, aunque en realid

