El silencio en el despacho se volvió asfixiante. La mano de Silas seguía allí, estática, enredada en mi cabello como una garra de terciopelo que en cualquier momento podía cerrarse. No me miraba con ternura, ni con la sorpresa de un padre; me miraba con la frialdad de un soberano que acaba de descubrir una grieta en su muralla. —¿Cuánto tiempo? —Su voz no fue un grito. Fue un susurro seco, carente de toda emoción, lo cual era mucho peor. Tragué saliva, sintiendo el nudo en mi garganta quemar. —Silas... yo... —¿Cuánto tiempo llevas ocultándomelo, Alana? —repitió, y esta vez sus dedos se tensaron apenas un milímetro en mi mechón, obligándome a mantener el rostro frente al suyo—. ¿Cuántas semanas? ¿Cuántos días has dejado que esa vida crezca en tu vientre sin que yo, su padre, supiera de

