—¡No vas a ir y punto! —sentenció Silas con una frialdad que me caló los huesos. Apenas terminó de hablar, se dio la vuelta para bajar las escaleras a zancadas. El eco de sus botas sobre la piedra del castillo sonaba como una condena. —¡Cómo que no! Tú no decides por mí, Silas —grité, apresurándome a bajar detrás de él. El aire me faltaba, no solo por el esfuerzo físico, sino por la rabia que me quemaba el pecho. Lo alcancé antes de que llegara al final del tramo y lo tomé del brazo con fuerza, obligándolo a girarse hacia mí. Mis dedos se hundieron en su chaqueta, desesperados por detener su avance. —Voy a ir contigo, con Vex, con Crogan y con tu maldito ejército a buscar a mi padre —le espeté, sosteniéndole la mirada—. No me voy a quedar sentada esperando un milagro. ¿Cómo puede pedi

