—Llegamos —avisó Ruth. Frente a nosotros se observaba el famoso Río de los Lamentos. Más que un río normal, este era n***o y de él brotaba una luz amarilla. Crogan me había contado que cualquier ser que cayera en sus aguas no volvía a salir; el río te arrastraba hasta lo más profundo para matarte. Tenía la capacidad de mostrarte tus mayores dolores y lamentos, hasta el punto de hacerte desear entregarte a él. —Señores —anunció Ruth con solemnidad. Al pronunciar esa palabra, me dedicó una mirada cargada de significado y se inclinó en una reverencia profunda. —No caigan en las tentaciones que el río ofrece —advirtió con voz gélida. Sentí un calor repentino en mi mano. Era Silas, que no se había apartado de mi lado ni un segundo. Me apretó los dedos con firmeza, anclándome a la realidad.

