El despertar fue lento, como si estuviera emergiendo de las profundidades de un océano de tinta. Lo primero que sentí no fue el dolor de la caída, sino una suavidad abrumadora. Mis dedos se hundieron en sábanas de seda negra, tan frías y lisas que me hicieron estremecer. Abrí los ojos poco a poco. El techo de piedra tallada de los aposentos reales de Silas me devolvió la mirada. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por el fuego azul de la chimenea que crepitaba en una esquina. Me senté de golpe, esperando sentir el crujido de mis costillas o el ardor de las heridas, pero no había nada. Me revisé los brazos frenéticamente. Las venas negras habían desaparecido. Mi piel volvía a ser pálida y limpia, sin rastro de aquel mapa de oscuridad que me había dado tanto poder. Era como si

