Cuando llegamos a Londres ya era de noche. El vuelo había sido largo, y aunque intenté distraerme revisando correos y organizando la semana, lo único que tenía en la cabeza era a mi pequeño. Apenas abrí la puerta del departamento, fui directo a su habitación. Mateo ya estaba dormido, abrazando su peluche de dinosaurio como si fuera un tesoro. Su respiración era suave, su carita redonda descansaba tranquila sobre la almohada, y me sentí ridícula por haberlo extrañado tanto en apenas dos días. Me quité los tacones sin hacer ruido y me metí bajo las sábanas con él, envolviéndolo entre mis brazos como si el tiempo sin abrazarlo hubiera sido una eternidad. Lo besé en la frente y me quedé dormida así, abrazando lo más importante de mi vida. Cuando desperté, el sol apenas se filtraba entre la

