Capítulo 18

4921 Words
No digo nada. Suspira. —¿Amigos? — sonríe. Lo dice como si ya lo hubiéramos sido desde un buen principio y, si bien lo que se rompió el otro día sigue clavándose como una espina atravesada en mi garganta, otra cosa nace. Me da la impresión de que lo que se jodió no tenía nada que ver con Ismael, si no conmigo mismo, algo cambió en mí, pero no con él. Es por eso que puedo suspirar y sonreír de medio lado. —Claro, tranquilo. Nos vemos a la vuelta, Is. Él sonríe confiado y asiente. En el taxi, no puedo dejar de darle vueltas, que es justo lo que yo no quería ¿Qué me ocurrió aquel día? ¿Y si la hostilidad de Ismael sólo me la imaginé? El hecho de que el libro se abriera por aquella página me sigue helando la sangre cada vez que lo pienso. Pero algo... Tienen que entender que cuando digo que algo se rompió o cambió, me refiero a que sentí algo. No sé el qué, una extraña sensación de irrealidad, de inestabilidad, como si el castillo de naipes, azogado, amenazara con caerse... No sabría explicarlo. Durante el largo viaje, duermo un rato, intentando no pensar en nada, y funciona bastante bien. Al llegar y bajar del coche, inspiro muy profundamente, estirando mis músculos con un gruñido. A pesar de ser una ciudad, siempre la he visto como un pueblo. No sé por qué es considerada como tal, pues es bastante pequeña, y tiene una estructura muy pueblerina como digo. Supongo que en su época fue un bonito pueblo que fue creciendo y juntándose con los vecinos, y acabó como ciudad, pero en el fondo, es como si no lo fuera. Mar. Huele a sal, y a las pocas coníferas y hayas que se esparcen por todos lados. Echaba de menos este aroma. Echaba de menos estas vistas. Después de pagar al taxista me encamino por la semi desierta calle. Alguna señora está barriendo el porche de su casa, alguien en el jardín leyendo, unos niños gritando y jugando en el parque, una veintena de personas en la plaza que deben de estar tomando algo. Mi casa está al fondo de esta calle. Está un poco lejos del centro, pero me gusta porque está situada en un pequeño monte, así que es el punto más alto de toda la ciudad, y se puede ver el mar por encima de los bajos edificios sin dificultades. Estoy subiendo la colina a un lento apacible ritmo con la bolsa en mi mano. Mi casa se consigue vislumbrar ya desde lejos. Los pájaros silban alegres. El sol está todavía siendo atacado cada cierto minuto por alguna nube, pero hace rato que no llueve. En el porche de mi casa, consigo apreciar a alguien sentado. ¿Mi madre? Es posible. Creo que me está mirando. Se alza, sobresaltada, y corre dentro de la casa. Desde luego tiene que ser mi madre, mi padre no causaría tal alboroto. Para cuando he llegado justo delante de casa, mi padre sale al porche. Por detrás de su ancha espalda mi madre se asoma con una sonrisa entre curiosa y eufórica. Mi padre, al verme inspira hondo. Ojeo la cicatriz de su pómulo, hecha el día en que unos ladrones intentaron entrar en casa y mi padre bajó a defendernos. Aquel día yo debía de tener ocho años, y estaba muy asustado cuando vi que mi padre volvió con la cara ensangrentada. Su rostro es toda una vida de peleas. Está curtido a cicatrices por todo el cuerpo, tanto reales como imaginarias. Duro de cuerpo y mente. Él estuvo en el ejército. Pensaba dedicarse a ello toda la vida, sirviendo a su país. Al no tener hermanos y haber perdido a sus padres en un accidente, no le costó mucho deshacerse de su vida. Pero conoció a mi madre, y sus planes se vieron truncados. No podía luchar contra ella, igual que yo no puedo luchar contra Hanna. A mí madre no le gustaba el ejército ni las guerras, ni le siguen gustando, y odiaba pensar que su marido iba a estar fuera de casa temporadas largas, más si fueran a tener un hijo. Nada más se casaron y mi padre tuvo ocasión, lo dejó, por ella, por amor. Si bien ahora tiene una pequeña ferretería y en su tiempo libre trabaja con la madrea, fabricando sus pequeños logros en los que tanto se esmera, se le ve en el semblante que es un hombre de adrenalina. Aunque es cierto que después de un rato dejan de temerle, todos los que ven a mi padre por primera vez o no, se asustan. Todos menos mi madre y yo, que le conocemos más que nadie. Por muy ceñudo que sea por fuera, por dentro es como cualquier persona; por dentro es humano. Es mi padre. Le echaba de menos. —Bienvenido a casa, hijo. Mi habitación está tal cual la dejé. Se siente incluso raro. Dejo mi bolsa encima de la cama y abro la ventana. Mi madre está canturreando en la cocina, preparando la comida. —Andrew— me llama mi padre. Me asomo desde el piso de arriba a las escaleras. —Cuando acabes de dejar eso baja, quiero que me ayudes en el jardín. Dicho esto, se da media vuelta y sale fuera. Suspiro. Parece que me va tocar trabajar nada más llegar. Me cambio los pantalones de pana negra ajustada que llevaba y me pongo unos cómodos tejanos gastados y una camiseta blanca que me marca los hombros y un poco los pectorales. Sonrío ante este pensamiento. La voz de mi amigo Javier, que espero encontrar hoy, resuena en mi cabeza diciendo eso. “Sólo tienes que levantarte un poco la camiseta, enseñar las tabletas de chocolate, y que todas se mueran. Qué asco das” gruñó aquella tarde en el partido, viendo a varias chicas en la grada mirándome. Recuerdo que le respondí que no exagerara. Cuando bajo y salgo al jardín, ahí está mi padre, podando el árbol. —¿Qué necesitas? —Ve arrancando las malas hierbas que veas. Ahí tienes unos guantes— da un cabezazo, señalando a un lado. Me inclino y me los pongo. Sin rechistar empiezo a arrancar y a dejarlos en un lado. Cualquiera diría que menuda mierda de vacaciones, pero les aseguro que después de tanto tiempo metido en el internado, esta simple tarea tan aburrida y cansada me relaja. Hay silencio, o como ya les dije una vez, relativo silencio: Un coche en la distancia, un pájaro, mi madre cocinando, las tijeras de mi padre, las raíces al ser arrancadas de su lugar... Una gota de sudor rueda por mi quijada. Mi vista se queda desenfocada, ojeando la tierra y la hierba. Estoy inmóvil. Mi padre parece detectar que dejo de hacer ruido, así que me observa por encima del hombro con esa vieja y sabia mirada suya. —¿Qué ocurre? —No, pensaba... Él espera, quieto, a que continúe. Entonces alzo la mirada y veo cómo una nube pasea sola por el azul del cielo. —Oye, papá— empiezo, él sigue esperando en silencio— ¿cómo te diste cuenta de que querías pasar el resto de tu vida con mamá? Es entonces cuando baja las tijeras de podar y gira medio cuerpo en mi dirección. Bajo la cabeza y le devuelvo el gesto. Si siente curiosidad por mi pregunta, por saber si me he enamorado de alguien, por si salgo con alguien, no lo demuestra, eso es más de mi madre. Mi padre en realidad, no es tan cotilla. Mi vida social, para mi padre, siempre ha sido cosa mía, ahí nunca se ha metido. —Simplemente lo sabes llegado cierto momento— niega con la cabeza y observa el suelo como si él tuviera la respuesta— Puede ser una sonrisa, una palabra, una mirada, un gesto que has hecho, o que ella ha hecho, pero es como si se te parara el tiempo... No lo sé hijo, tendrás que descubrirlo tú solo. ¿Ella te hace feliz? Sin esperar una respuesta, se da la vuelta y empieza de nuevo a cortar. Vuelvo a levantar la mirada y veo que me había equivocado, que unos metros más allá, hay una pequeña nube que acompaña a la que yo creía solitaria. Sonrío. Después de comer, friego los platos y me despido de mis padres. Les explico que voy a dar un paseo y a visitar a mis viejos amigos, o al menos a intentarlo. Ellos me dejan ir. Al rato, me planto frente a mi antiguo instituto. El edificio no ha cambiado nada. Ni siquiera sé por qué esto me sorprende, no es como si le fueran a crecer patas mientras yo no estaba e iba a moverse. Suspiro. Qué idiota soy. No creo que haya nadie, pero por probar... Justo cuando estoy a punto de dar un paso al frente, dentro del recinto, la oigo. Esa voz tan clara y femenina. Mi cabeza rápidamente me devuelve mil recuerdos, entre ellos un sedoso cabello largo n***o como la noche y unos ojos de un color inolvidables... Giro medio cuerpo, y ahí está, con el mismo cabello que tantas veces acaricié, riendo, cogida del brazo de un chico. Entonces se detiene y, al verme, su expresión se torna igual de anonadada que la mía. —¿Andrew? —¿Emily? *** —¡Vaya! Y pensar que te encontraría por aquí— ríe. Hacía tanto tiempo que no escuchaba esa risa... Todo me devuelve tantos recuerdos que parece que fue hace una eternidad, aunque en realidad no lo sea. El que supongo que es su novio se ha levantado y ha ido a pedir una bebida y algo para picar para nosotros. Está esperando en la barra para que le atiendan, mientras nosotros hacemos lo propio en la mesa. Todavía no entiendo cómo he acabado en un café, tranquilamente sentado con mi ex novia delante. No es que ella y yo acabáramos muy bien que digamos. Pero han cambiado tantas cosas desde la última vez que la vi... —Entonces... ¿qué tal vas? Quería haber hablado contigo, pero te cambiaste de número...— dice muy suavemente, como si tuviera miedo de decir algo inapropiado— Me dijeron que te habían expulsado de varios sitios y acabaste en un internado en Nottingham. —Bueno, no está exactamente en Nottingham, pero muy cerca. —Vaya, entonces es cierto... —Sí. Hay un silencio. Mi vista está fija en las grietas y la marca de agua de la mesa, pensando en cuánta gente debe de haberse sentado aquí. ¿Cuántas parejas empezaron a salir aquí, o tuvieron su primer beso, su primera cita, su primer encuentro? ¿Cuántas habrán discutido o incluso cortado? ¿Por qué estoy pensando en parejas, en primer lugar? Ella observa un momento fuera, a la calle, por la ventana. Hay un chico pedaleando con rapidez en su bici que desaparece pronto. —¿Y qué te trae por aquí? — me devuelve la mirada. —Son vacaciones. La gente normal se va lejos de casa para escapar de la rutina, pero cuando no vives en ella, deja de ser tu rutina, así que las vacaciones las pasas ahí. Ella parpadea dos segundos, ligeramente sorprendida, y luego ríe, dándome la razón. —Pero Nottingham... Está muy lejos de aquí— comenta— ¿Qué tal es el sitio? —Bonito— sonrío con sinceridad— Aunque echaba de menos el mar. —Claro. Hay otro momento de mutismo. Esto de alguna manera es incómodo. La observo por debajo de mis pestañas. Ella está jugueteando con un mechón de pelo, ojeando a su novio en la barra, distraída. No parece que realmente esté mirándolo, si no que tiene la mente en otra parte. Tiene la boca entreabierta y los ojos entrecerrados, como solía hacerlo cuando meditaba algo. No ha cambiado nada. Recuerdo cuándo nos conocimos. Era un viaje de fin de curso. En teoría sólo íbamos a ser los de clase, el grupo de amigos de siempre, pero como lo organizábamos nosotros, muchos decidieron traerse a alguien. Cuantos más mejor, y entre estos estaba ella. Fue en la primera noche en la que nuestros ojos se cruzaron durante más de dos segundos. Sí, al principio, al llegar al lugar de la acampada, la noté de reojo, pero no me interesé mucho por su presencia, aunque sé que ella me observó un largo rato. Luego, esa noche, decidimos hacer una fogata, y contar historias de miedo sentándonos alrededor. Muy cliché, por eso nos gustaba la idea. Ella se sentó justo enfrente de mí. Yo estaba calentándome las manos, acercándolas al fuego, y decidí alzar la vista, notando todavía como un clavo sus ojos encima míos. Allí ocurrió: No rompió el contacto visual, aunque se sonrojó, avergonzada porque la hubiera pillado mirándome, y eran increíbles. Tenían un color miel, dulce, tan dulce que parecían acariciarte allá donde mirara. Desvió dos segundos sus ojos, para sacar su malvavisco del fuego y me sorprendí deseando que me volviera a mirar. Me había enamorado de sus ojos. Durante el resto de la noche fueron miraditas constantes. Ella se siguió sonrojando cada vez que la encontraba haciéndolo también. Se mordía la esquina inferior del labio y a los pocos segundos, no aguantaba mis ojos. Más entrada la noche, los menos pudientes se fueron a dormir. Creo que ella tenía sueño, pero quería quedarse hasta que yo me fuera. Sólo estábamos en pie, dos chicas y tres chicos. Volvimos a hacer el corro, juntándonos. Esta vez ella aprovechó y se sentó a mi lado. La observé sin remordimientos mientras lo hacía. Ella se revolvió incómoda y avergonzada. —¿Quieres? — le ofrecí la botella de alcohol. Ella vaciló dos segundos, pero la cogió y le dio un pequeño sorbo. Los otros parecieron no reparar en nosotros, pues estaban concentrados hablando en susurros y riendo. Uno de los chicos estaba fumando, y el restante, al igual que yo, compartía su botella con la otra chica. Emily me ojeó inocentemente con un suave temblor. No sé por qué, pero comprendí que tenía frío, entonces me saqué la chaqueta y le arropé los hombros. Ella se sonrojó y no dijo nada. Le di un largo sorbo a la botella. Recuerdo cómo sus labios lucharon por no desdibujarse, lucía incómoda. ¿Se molestaba por nuestro beso indirecto? Debería de haberlo pensando antes de beber. —No es como si te haya besado realmente— le siseé, y reí. Ella me golpeó el hombro, me arrebató la botella, y le dio un largo trago, como demostrándome que no pasaba nada. Los otros se habían parado a mirarnos, y recuerdo como aullaron ante la muestra de fortaleza de Emily. Le sonreí, negando con la cabeza, me incliné, y la besé. Ella no dijo nada. Al separarme, se dejó caer encima de mí y apoyó su cabeza en mi hombro. Sencillamente así empezamos a salir. No es como si yo esperara que durara mucho lo nuestro, pero no tenía la cabeza tampoco para relaciones serias entonces. —Oye— dice, sacándome de mi ensueño— Siento lo que pasó, ¿vale? No quiero sacar el tema ni revolver el pasado, pero quiero que deje de haber esta incomodidad. No quiero llevarme mal contigo. Sonrío. Sus ojos siguen siendo igual de dulces y sinceros. Ella nunca ha sido buena demostrando lo que siente, le cuesta mucho, le debe de haber costado a horrores soltar esa frase. Sin embargo, hay algo que nunca ha podido ocultar. Puede que ella no pueda hablar, pero sus ojos sí. Aparte de dulces, siempre dicen la verdad. Sé que habla en serio por cómo me miran sus orbes. —No, está bien. Tienes razón. Yo también lo siento. Supongo que éramos más jóvenes e inconscientes. Ella me devuelve la sonrisa. —Sí... Le doy una mirada al chico rubio con el que venía. Que parece que al fin ha pedido y están a punto de traérselo. —¿Es tu novio? — le señalo con la cabeza. —Sí, se llama Cris. Llevamos ya medio año. Es muy dulce. Le quiero. —Me alegro. —¿Y tú? ¿Has conocido a alguien? Hago una mueca, intentando esconder la pequeña sonrisa que moldea mis labios al pensar en Hanna. —¿Cómo se llama? — pregunta, habiéndome leído el rostro igual que yo leo sus ojos. Supongo que por mucho tiempo que pase, lo que tuvimos ha dejado secuelas. Yo la conozco. Ella me conoce. Aunque yo he cambiado bastante, y a la vez nada; aunque también es cierto que ella ha dejado de ser tan vergonzosa. Ella también ha cambiado. —Hanna. —Bonito nombre. Me recuerda a un ángel— dice con sinceridad. —A mí también. —¿Y salen juntos? ¿Le gustas? Asiento con la cabeza. Ella asiente también, como si le gustara lo que le digo. Desvía su mirada a su novio, que ya está volviendo de la barra con un par de bebidas y un pequeño aperitivo. El rubio se sienta, dejando las cosas, al llegar se inclina y le da un beso a Emily. Ella se lo devuelve gustosa, pero sin alargarlo mucho. Supongo que no quiere hacerme sentir fuera de lugar. Quizá debería de irme y dejarles. Estaban en su cita y, ciertamente, a mí no me gustaría interrumpir una cita con Evan porque su ex que no ve desde hace tiempo tiene ganas de hablar de la vida. Cojo mi bebida y deposito un billete. —Invito yo. —¿Te vas? — inquiere Emily parpadeando. —Sí, bueno... No quiero molestaros, en serio. Disfruten su cita. Ella asiente, sabiendo que tengo razón y me sonríe. —¿Estarás por aquí estos días entonces, ¿no? —Sí. Ella asiente, como si me dijera que uno de estos días se pasará por mi casa para saludar. —Que les vaya bien. Cuídala— le digo al rubio— Supongo que no hace falta que te diga que es un encanto, pero lo es. Dicho esto, me despido con un golpe de cabeza y me voy del café. De alguna manera, este inesperado encuentro y esta agradable conversación me ha reavivado las esperanzas. Puede que mis amigos no se hayan ido de vacaciones todavía, o ni siquiera lo vayan a hacer. Ella tampoco se ha ido. Hago mi camino de nuevo hacia el instituto, pensando en Hanna. ¿Qué debe de estar haciendo en este momento? Está muy lejos de donde yo. Al fin y al cabo, ella vive a un par o tres horas del internado, mientras que yo vivo a muchos más kilómetros. En la otra punta: Plymouth. Observo el cielo, con cierto tono melancólico en la mirada. Hoy lloverá. De aquí unas horas. He vivido muchos años aquí como para saber eso, así que debería de darme prisa si no quiero que mi madre se preocupe cuando empiece a llover. Sabe que no llevo paraguas. Eso es otra de las cosas que me gusta de la primavera: Es inadvertido, como la naturaleza misma, y eso me permite recordar que sólo soy un simple mortal. Sentirme mundano me alivia, a veces consigo olvidarme de todo este rollo mío de la invisibilidad. Como un resorte, mi mano sale disparada a mi bolsillo, acordándome de repente de que tengo el número de Evan. Pero cuando voy a pulsar la pantalla para llamar, me detengo en seco. ¿Qué estoy haciendo? Mis ojos están fijos en su nombre escrito en la pantalla. ¿Debería de llamarla? ¿Sí, ¿no? ¿Ella espera que lo haga? Las mujeres en este tema son indescifrables. Quizá debería de esperar un poco para no parecer desesperado. ¿Desesperado? Estamos saliendo juntos... No, la palabra sería más bien pesado. Exacto, quizá debería de esperarme para no parecer pesado. No quiero agobiarla. Claro... La llamaré después de todo este rollo, cuando llegue a casa esta tarde-noche, sí, eso haré. Habiéndome convencido, guardo el aparato en el bolsillo de nuevo y sigo mi camino. En el parque, veo a un niño pequeño que me llama la atención. Está jugueteando él solo, de arriba a abajo, brincando como un saltamontes. Parece divertirse. Sus complexiones me recuerdan a alguien, y no tardo en darme cuenta de que le conozco. —Dios mío...— murmuro. No es raro que me encuentre a mis conocidos por la calle, teniendo en cuenta de que es una ciudad bastante pequeña, bueno como dije, yo lo veo más como un pueblo. Me acerco con cautela hacía el chico. Él se acaba de serenar y está sentado en la arena con un cubo y una pala. —Hola— le llamo la atención. Al levantar la vista me reciben sus mismos ojos, unos que he observado tantas otras veces que sonrío. Dios mío. No veía a este niño desde que era casi un bebé. Ha crecido un montón. Y si él está aquí quiere decir... Al alzar el rostro, veo a una despampanante rubia de ojos azules iguales que el pequeño, sentada en el banco con un libro en mano, mirándome boquiabierta. —Hey. Ella se alza de golpe con un jadeo de emoción, abandonando el libro, y sale en mi búsqueda, tirándose en mis brazos, llena de júbilo. —¡Dios mío! ¡Dios mío, Andrew, estás aquí! — exclama achuchándome. —Sí, sí... Con una sonrisa, hundo mi nariz en su cabello y aspiro. Huele a jazmín, como siempre. Siento cómo una sensación agradable me sube desde el vientre hasta el pecho. De verdad quiero a esta chica, es increíble. Claro que no de la misma manera que a Evan. A Evan la quiero como pareja. —Sigues igual que siempre. ¿Cómo es que has vuelto? No me digas que te han echado... Dime que sólo es porque te han dado vacaciones. Oh, ¿por qué no me escribiste? Estaba tan preocupada— escupe sin parar— ¿Qué tal te ha ido? Dios mío, tendrías que haberme avisado de que vendrías. El niño, sentado en la arena, ojea a su hermana mayor con grandes ojos, perplejo de la repentina hiperactividad de ella. —Sshhh— la callo entre risas— Calma. Tranquila. Poco a poco Rachel, respira. Esta chica y yo llevamos juntos prácticamente desde el jardín de infancia, y me siento bastante culpable por no haberle contado nada de lo de mi invisibilidad, y haber pasado de ella mientras estaba en el internado. Las primeras semanas me escribió, pero dejó de hacerlo en vista de que no contestaba. También... me fui de aquí sin despedirme de ella. Pensaba que estaría muy enfadada conmigo, pero supongo que la alegría de verme le ha quitado las ganas de abofetearme que debía de tener. —¿Y? ¿Qué hacías por aquí? ¿Dónde ibas? —He llegado hace unas horas, estoy de vacaciones. Estaba ahora buscando a los chicos, a Mark y a esos. La cara de Rachel se contrae con dolor y confusión. Parece que mis palabras la hayan abofeteado como un duro ladrillo. Toda alegría se ha ido. Se relame los labios, nerviosa. —¿Qué ocurre? Conozco esa expresión, sabe algo y duda en si decírmelo o no. —Rachel— le pido frunciendo el ceño. —¿De verdad no lo sabes? La súbita tensión me pone nervioso. ¿Qué ocurre? Mi corazón se dispara. Ha pasado algo. Les ha pasado algo. Mis sospechas son ciertas. Dios mío. No fue el coma, era el licor, el tequila debía de tener algo. Pero... ¿Qué? ¿Ellos también se volvieron invisibles? ¿Los encontraron? ¿Presentaban otras cosas distintas a la invisibilidad? Me fui del pueblo dos semanas después del accidente, y parecía estar bien. ¿Manifestaron los síntomas más tarde porque se emborracharon menos? Trago saliva. —No— respondo con la voz tomada. Mi piel debe de haber bajado varios tonos. Tengo una nube de miedo que me cubre los ojos. —Bueno... Mark se mudó— empieza. La nube se evapora. La tranquilidad me abraza. Menudo paranoico estoy hecho. Mark simplemente se ha mudado, y los otros cambiado de insti, o simplemente están de vacaciones. Rachel sabe que éramos grandes amigos, por eso debía de sentir cierta reticencia a decírmelo, nada más. —Tenía miedo— explica. Me detengo. ¿Miedo? Parpadeo. —¿De qué? Rachel traga saliva y esquiva mi mirada. Se frita el brazo, como si de repente tuviera frío, cuando todavía no se ha puesto el sol. —Bueno, todos empezamos a tenerlo. Por eso pensé que tú... —¿Yo...? No se atreve a mirarme y me está asustando bastante. Con el índice y el pulgar, la obligo a levantar el mentón. —Empezaron a pasar cosas muy raras Andrew... —Mi corazón se para durante unas décimas. —¿Cómo qué? — demando. —Mira... yo no... —Rachel— gruño— Tengo derecho a saberlo, por favor. Ella suspira, resignada ante mi persistencia. —Javier empezó a decir que oía voces, nuestras voces. Era muy raro. Decía que éramos unos falsos, que éramos horribles. Empezó a distanciarse de todos, y a mirarnos mal. Gemía adolorido y se agarraba la cabeza como si le estuviéramos gritando...— niega con la cabeza. No le gusta hablar de esto— Empezó a ir al psiquiatra. No sé qué ocurrió, pero sé que dejó de ir y se encerró en su casa. No quería salir ni de su habitación— hace una pausa de efecto en la que cierra los ojos con horror— A la semana lo encontraron ahorcado en su cuarto. La mandíbula me tiembla dos segundos. Javier era el más alocado y amigable del grupo. Siempre hacía reír a todos. Intento pensar coherentemente, sin imaginarme a mi amigo colgado. ¿Voces? Sumando mi invisibilidad y que decía que oía a los de su alrededor... ¿Leída sus mentes? ¿Una especie de telepatía? Lo más lógico es que no pudiera controlarla y se volviera loco. Si se agarraba la cabeza, quiere decir que oía demasiados pensamientos. Trago saliva. —¿Y Jesús? —Jesús…— se muerde el labio inferior— Mientras Javier se volvía loco, él empezó a actuar de forma muy rara. —¿Rara? —Sí, empezó a ser muy sincero, demasiado. Decía lo que quería, cuando quería de todos, y reía. También hacía mucho el loco. En medio de clase si le apetecía se iba— ella inspira hondo y parpadea, baja la voz a un susurro— Y lo más raro es que después de volver a hablar con ellos, le perdonaban. Hacían como si nada hubiera ocurrido. Justo le pasó a mi compañera de detrás. Cuando le pregunté por qué le había perdonado, me dijo que no sabía de lo que le estaba hablando, ¡cuando el mismo día anterior la había visto llorar en el baño del instituto! — niega, anonadada ella sola. Mmm.... ¿Olvidar? —Al poco tiempo.... Un día como otro más, fui a clase y.…— parpadea, está confusa, le cuesta incluso a ella misma creer lo que dice— Mira, el día anterior había habido una fiesta en casa de Ricky, pero yo no fui porque me quedé estudiando para un examen que tenía la siguiente semana— hace una pausa— Ricky no estaba en clase, y nadie parecía saber quién era... Por eso nunca hablado de esto con nadie, Andrew. Nadie le recuerda. Nadie sabe quién es. Fui a su casa esa misma tarde, y sus padres me increparon desagradablemente que ellos no tenían hijos. Ese día: ¡Puf! Desapareció, literalmente. Richard no estaba en ningún lado, y nadie denunció su desaparición, porque nadie se acordaba de él. Trago saliva. —Gracias a dios que tú también le recuerdas. ¿Sabes? Llegué a pensar que me estaba volviendo loca yo también, pero luego veía su f*******:, que nadie usaba ya, y las fotos en las que salía, y me daba cuenta de que él realmente había existido. He oído hablar de esto antes. ¿Cómo se llamaba? Un día busqué información sobre superpoderes y esas idioteces que, una vez más, puedo demostrar que deberían de llamarse maldiciones, por internet. Si no recuerdo mal era... —Amnepatía...— murmuro alucinado. Ella parpadea, despertándose de su ensueño de golpe. —¿Qué? —No, nada. Tienes razón, es muy raro. Pero mi rostro no registra sorpresa en absoluto, sino que se muestra pensativo, y sé que esto la desconcierta un poco. Me lo he tomado demasiado en serio para su gusto, pero es que, ¡Amnepatía! Borra la mente. Algo le ocurrió. Jesús siempre fue muy codicioso. Se sobrepasó, y borró más de la cuenta... Rachel ha dicho que desapareció, así que a saber qué le pasó. Se le fue todo de las manos. Entonces, ¿qué tengo? Uno muerto, otro desaparecido y probablemente muerto también, y otro en paradero y circunstancias desconocidas. De Mark no sé si manifestó algo, pero es lo más seguro, teniendo en cuenta el historial... Al parecer soy el único que sigue en pie. Claro que no para los ojos de los demás. En realidad, para mis amigos fui el primero en caer, pues desaparecí el primero. Esto me da esperanzas por Mark. Quizá haya salido a duras penas hacía delante como yo. Tengo que encontrarle.
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