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EL PRIMOGÉNITO

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Blurb

Hace siglos, el cataclismo Mandrágora fracturó el mundo y dejó tras de sí una magia tan poderosa como corruptora. Ahora, el continente vive bajo el dominio de la Unidad de Oro, una élite que guarda secretos capaces de desencadenar un nuevo apocalipsis.

Cael, conocido como La Muerte Roja, es el enemigo público número uno. Acusado de asesinar a su maestra y marcado por la prohibida Magia de Sangre, se ha convertido en una leyenda perseguida.

Pero su leyenda termina cuando cae en manos de Elis, una cambiante ligada al devastador Arteego. Para contener a la bestia que habita en su interior, Elis recurre a un hechizo prohibido que altera la esencia de Cael y lo transforma en Caeylia, una nueva entidad atrapada bajo las cadenas de un misterioso collar dorado.

Ahora, convertido en el arma de una rebelión que no pidió, Caeylia deberá decidir si rompe sus cadenas o acepta un poder capaz de destruir el mundo. Mientras la Unidad de Oro los persigue y fuerzas ancestrales despiertan, una verdad comienza a salir a la luz: la muerte de su mentora pudo haber sido parte de una conspiración mucho mayor.

En una guerra de linajes malditos, la sangre decidirá quién asciende al trono... y quién no es más que una pieza en el juego de El Heraldo.

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CAPITULO 1: LAZOS ENTRE VINCULOS.
En las profundidades del bosque, donde el aire resuena entre las copas de los árboles, la mera presencia de un hombre infunde respeto en la propia naturaleza. Su nombre es Cael. Mientras avanzaba a través de la maleza, sus pasos imprimían una honda huella en el fresco y verde pasto. Su mirada reflejaba una intensa concentración en los árboles que lo rodeaban. Su vista recorrió los numerosos árboles. Su ojo, dorado como el oro más puro, se detuvo en un claro donde la escasa luz solar se filtraba a través de las rendijas que formaban las hojas. «No sé desde cuándo ha oscurecido. Maldita anciana, me aseguró que aún era temprano para que el sol se ocultara», pensó Cael. —Bueno, es hora. Aquí estableceré la base provisional. Aunque podría intentar, no sé, ¿quizás dormir en el árbol? —exclamó Cael. «¿Acaso es posible eso de dormir en un árbol? ¿O podría caerme? Hmm, pero si me aseguro correctamente, podría descansar. Basta, dedicaré más esfuerzo a crear la base», pensaba el pelirrojo. Durante breves instantes, Cael alzó la mirada hacia el firmamento, contemplando el hermoso atardecer. Un frío gélido comenzó a descender, cubriendo todo el bosque. —Vieja desagradecida, cuando te vuelva a encontrar, lo lamentarás —gruñó Cael mientras apretaba los puños con fuerza. Cael inhaló profundamente mientras relajaba sus músculos. A su alrededor, un aura carmesí comenzó a envolverlo. Alzó su mano derecha, abriendo la palma, y en ese momento, sin el menor esfuerzo, miles de hilos de sangre comenzaron a entrelazarse, tomando forma hasta transformarse en una imponente hoz, pulida y con detalles dorados. Cael empuñó su hoz y, con un movimiento ágil y preciso, derribó los múltiples árboles que rodeaban el claro. La hoz carmesí se destacaba bajo la luz de la luna… por un instante, el tiempo pareció detenerse. Cael adoptó su postura con un movimiento delicado, recostando la hoz sobre su hombro derecho. La caída de los árboles resonó como un estruendo, levantando miles de gotas de agua que lo salpicaron a él y al entorno. Justo detrás de él, se extendía un claro desolado que abarcaba una enorme extensión de la arboleda. —Creo que en esta ocasión realmente me he excedido. Bueno, así es la vida —dijo Cael. «Ahora que lo pienso, hubiera considerado la opción de buscar una cueva», pensó el joven hombre. Cael comenzó a procesar los troncos y árboles caídos, transformándolos en tablones y horcones. Cada corte realizado con la hoz era de tal perfección que aparentaba haber sido hecho por una deidad. Sin embargo, comenzó a sentir unos ojos observándolo. «Creo que no estoy solo. Tengo la sensación de que hay una presencia que me observa… O quizás todo se deba al bosque Salioiz, del cual se dice que está maldito», pensó. A pocos metros de distancia, oculta entre el espeso follaje de las copas de los árboles, una joven observaba atentamente los movimientos de Cael. La joven mantenía la vista fija en Cael, mientras deslizaba suavemente sus manos sobre las ramas de los árboles. —Creo que he encontrado al indicado —susurró la joven al bosque. Cael procedió a colocar la última tabla sobre la base. El aroma a madera recién cortada impregnó el ambiente. —Iré a buscar un lago para relajarme o disfrutar de un baño. Tengo varias tareas pendientes que atender. Cael llevó su mano izquierda hacia su hombro derecho, mientras que en su mano derecha sostenía la hoz, que comenzaba a desvanecerse. Luego, continuó adentrándose en el bosque. Cael escuchó el suave murmullo de un riachuelo que se encontraba cerca. Se adentró entre unos arbustos que lo ocultaban hasta llegar a la orilla del agua. Se agachó y, tras quitarse los guantes, sumergió las manos en el riachuelo. Cael comenzó a lavarse la cara. Con la mano izquierda, se levantó el parche del ojo derecho para poder limpiarse adecuadamente. «Creo que, al menos, no forman parte de la Unidad de Oro. Sin embargo, existe la posibilidad de que se trate de un nativo. También podría ser un ciervo», pensaba Cael. A pocos metros de distancia, y aprovechando el suave murmullo del agua que disimulaba sus pasos, la joven se movió con la discreción de una sombra. Se deslizó desde las alturas con la agilidad de un felino y, en un breve instante, logró ingresar a la base por la puerta. —Sorprendente; no hay duda de que no se trata de cualquiera —dijo la joven. —Se ha movido su presencia. Si es un ciervo, será mi cena; y si es un mapache, tampoco me desagrada —exclamó Cael. Cael sacudió sus manos y, secándoselas con su gabardina, se colocó los guantes y comenzó a regresar. Cael ingresó a la base con pasos firmes que resonaron en todo su entorno. El guerrero comenzó a examinar cada rincón de la instalación en búsqueda de la presencia que percibía. Mientras tanto, su atención se centró en una de las tablas, donde sentía una presencia desconocida. Al girar para mirar hacia atrás, observó a una joven que, empleando su energía verde, transformó su cuerpo y vestimenta en un pequeño zorro. Aunque Cael estaba preparado para combatir, el zorro se mantuvo en posición elevada. Mientras Cael observaba, el pelaje del zorro comenzó a deshilacharse, transformándose en una serpiente que se lanzó directamente hacia él. Cael observó la piel del reptil y se quedó completamente paralizado ante la visión. La serpiente cayó cerca de él y comenzó a deslizarse sobre el cuerpo del hombre, como si lo desafiara. «Malditas serpientes, cómo las odio», pensó Cael, abriendo su ojo de par en par al sentir cómo la serpiente lo desafiaba. Finalmente, la serpiente se elevó hacia el rostro de Cael y luego retrocedió abruptamente. Cael intentó girarse, pero la joven recuperó su forma original y extendió su mano sobre su espalda. —Tú serás excepcional. ¡Invertir! —exclamó la joven. Durante unos segundos, el silencio dominó el ambiente. Unos poderosos y majestuosos rayos verdes envolvieron por completo el cuerpo de Cael; la joven retrocedió al mismo tiempo que los relámpagos iluminaban el escenario. —¡Ah! ¡Maldita sea! ¡No puedo creer que duela tanto! ¡Aaaah! —gritó Cael. Cael, con un esfuerzo sobrehumano, trató de ponerse de pie, pero le resultó extremadamente difícil. Sus huesos comenzaron a crujir mientras sentía que su gabardina le quedaba cada vez más holgada. —Vaya, realmente eres obstinado. ¿No te das cuenta de que es inútil seguir luchando? El ojo dorado de Cael comenzó a resplandecer con la pureza del oro más exquisito. La joven retrocedió con cautela mientras un tic se manifestaba en su mano derecha. —Te voy a matar y torturar —exclamó Cael, mientras su sangre hervía. Los relámpagos empezaron a disminuir y Cael se dio cuenta de que su voz había cambiado. Comenzó a examinar su entorno y notó que la gabardina le quedaba muy grande. Mientras observaba a la joven, su ojo se descolocó. —¿Qué opinas? Si me brindas tu apoyo, podría ayudarte a regresar a la normalidad. Sería beneficioso para ambos, ¿no lo crees? —dijo la joven de cabello café. La joven lo observa fijamente mientras se aproxima a él lentamente. Los dientes de Cael comenzaron a crujir mientras la sangre de sus propias encías manchaba la superficie de sus labios. Sin embargo, el joven se percató de algo. Cael notó que su cabello caía más allá de sus hombros y experimentó una sensación de peso inusual sobre su pecho. Además, percibió que sus pestañas habían crecido de manera notable. —¿Qué me has hecho? Porque… me siento diferente —logró articular el pelirrojo. —No has respondido a mi pregunta. Si tú me contestas, yo también te responderé. El guerrero apretó sus puños mientras sus uñas, extrañamente alargadas, comenzaron a sangrar, incluso atravesando los guantes que ahora le quedaban grandes. —¡Te voy a eliminar y no dejaré nada de ti! ¡Ni los lobos te podrán reconocer, maldita! —gritó Cael. La joven experimentó una extraña sensación que la llevó, por instinto, a retroceder. Sus ojos se abrieron por completo al observar que el guerrero se levantaba, a pesar de que la magia de ella lo había obligado a arrodillarse. «¿Qué eres exactamente? ¿Acaso eres un demonio? Me resulta increíble que puedas mantenerte de pie», pensaba la joven. Sin embargo, un intenso dolor en el abdomen de Cael lo llevó a caer de rodillas una vez más. Comenzó a experimentar una sensación de contracciones en su vientre, y su rostro se tornó completamente pálido a medida que el malestar aumentaba con mayor intensidad. La joven se movió rápidamente hacia atrás de él, como un destello. En un instante, extrajo de su bolsa un collar dorado que ostentaba una piedra preciosa en el centro. El chasquido seco del collar hizo que Cael se volviera hacia atrás. —A partir de este momento, no podrás atacarme ni desobedecerme —dijo la de cabello café. —¿Entonces, llegamos a un acuerdo o no? Cael sentía cómo su sangre hervía, aunque sus palabras eran pronunciadas con dificultad. —Por favor, he eliminado a numerosas personas, incluso ejércitos. ¿Realmente crees que eres capaz de dominar a la Muerte Roja? Me das pena —gruñó Cael. —No creo que tengas muchas alternativas, dado que ya no eres el mismo de antes. Además, cuanto mayor sea el peligro y más fuerte seas, más útil serás para mí —dijo la joven. —Además, ahora eres una herramienta a la que puedo desechar cuando quiera… Tu cuerpo ya no es el mismo. —¿Qué… dices…? ¿Qué tratas de decirme? —dijo el pelirrojo. Sin embargo, los intensos calambres y dolores abdominales regresaron con mayor severidad que antes. —Te mencioné que ese collar es capaz de percibir tus intenciones y detectar lo que hay en tu corazón. Si en tu interior albergas la intención de hacerme daño, el collar replicará los mismos efectos que antes. «Tonto, ya eres parte de mí como mi herramienta», pensó la joven de cabello café. «¿Cómo… dejé que esta me capturara?», pensó Cael. —Ah, así que eres una cambiante, ¿verdad? La joven se erguía con una elegancia que contrastaba con el caos que la rodeaba en la base. —Mi nombre es Elis Lendard, soy una cambiante. A partir de ahora, tú serás mi arma para Levis. «No tienes ni idea de con quién te metes, Elis», pensó. —Entonces, ¿tenemos un acuerdo? —exclamó Elis. Cael esbozó una sonrisa tenue y, con un rápido movimiento, se acercó a Elis. Sin embargo, experimentó nuevamente el mismo dolor, esta vez intensificado más de cincuenta veces en comparación con antes. —¡Ah! No… ¿Por qué… duele tanto? —A partir de ahora te llamaré Nalia. Elis sujetó del cabello a Cael. Este observó el rostro de ella con una mirada penetrante. Cael percibió la sensación de un líquido fluyendo a través de su nuevo cuerpo. —Espera, Elis, o como sea que te llames, ¿acaso no ves que estoy sangrando? —Es algo normal. A partir de ahora, eso formará parte de tu nueva biología. Además, si te consideras la auténtica Muerte Roja, no comprendo por qué temes a una simple sangre. —No comprendes, estúpida. —Tú eres la princesa roja, pero no la muerte roja. Elis sostuvo firmemente a Cael, arrastrándolo desde la base mientras su nuevo cuerpo comenzaba a rozar con fuerza. —No te resistas, Nalia. A pesar de tus esfuerzos, no te liberarás hasta que logre mi objetivo. —maldita que no me llames así; prefiero con creces que me llames Caeylia en lugar de Nalia o Princesa Roja. —Está bien, Caeylia. No te resistas; ¿acaso te preocupa que alguien te vea y te reconozca? ¿Es ese tu temor? —Mira, Caeylia, tienes suerte. Tenía la intención de ir a la ciudad más cercana, pero creo que ya sé a dónde dirigirme. Elis, sin mostrar ningún tipo de piedad, arrastró a Caeylia a través del bosque, mientras ella comenzaba a sentirse muy débil y a perder el conocimiento. Cerró su ojo dorado mientras contemplaba la luz de la luna. —No permitiré que me utilicen como un arma -murmuró Caeylia antes de quedarse dormida.

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