La respiración de Elis estaba visiblemente agitada, mientras gotas de sudor se deslizaban por su rostro y frente. La joven tensó sus piernas y continuó avanzando hacia Élica.
«Caeylia, eres una pésima sirvienta y, además, pesas como un cerdo", pensaba Elis mientras el sonido del pueblo la envolvía.»
La joven avanzaba con Caeylia sobre sus espaldas, mientras que las personas que la rodeaban no prestaban atención a una joven que transportaba a otra.
A medida que se adentraba en Élica, las calles y las personas estaban cada vez más concurridas, lo que dificultaba el avance a través de la multitud. El calor y el sudor, junto con el bullicio de la gente, hacían que el progreso resultara lento y pesado.
«No puede ser, ¿por qué hay tantas personas? ¡Ay, Dios mío! Pero Élica, ¿desde cuándo es tan popular?», exclamaba la chica para sus adentros.
Entre la multitud, Elis divisó a una chica con cabello castaño, similar al suyo, que estaba por entrar a su casa. Sus ojos se iluminaron, como si fueran pequeños soles.
—Al fin... Bueno, quítense, estúpidas personas... —exclamó la joven apartando a la multitud que estaba a su alrededor.
La joven de cabello castaño estaba abriendo la puerta cuando una voz conocida resonó por sus oídos:
—¡María, espérame! ¡¡María!!
María se detuvo por unos segundos.
«¿Acaso es Elis?",» pensó la chica mientras se daba la vuelta. María observó a Elis jadeando mientras cargaba a una chica en su espalda.
—Qué estoy... Espera, creo que tomar el té que me recomendó Rula... no fue buena idea... —dijo María mientras se llevaba una mano hacia la cabeza.
—Bueno, no estás loca, hermana... aunque un poco sí lo estás, pero no tanto. -Elis soltó una leve risa.
-Señorita, ¿a quién cree que ha llamado loca? Además, Elis, todos sabemos que la única loca de la familia eres tú.
—Buena esa, ¿eh? Creo que has mejorado la forma de lanzar una burla —exclamó Elis mientras le daba pequeños aplausos a su hermana.
—Ay, sí, cómo no. Pero no creo que hayas venido solo para saludarme, ¿o sí?
—¿Acaso no puedo venir a saludar a mi hermana mayor? —exclamó Elis con una sonrisa leve.
—Mmm, no lo sé... Quizás por la chica que literalmente estás cargando encima —María se cruzó de brazos mientras fijaba su vista en la de Elis.
—Eh... bueno, es una larga historia. No creo que quieras escucharla.
—A ver, dime, quiero escuchar esa larga historia. Anda, aquí te espero —dijo María mientras tomaba asiento en las escaleras de la entrada de su casa.
«Claro que no te lo diré". Una breve sonrisa cruzó por su rostro. "Si lo hago, mmm... me vas a reprender,» pensaba Elis.
—¿Y bien? ¿Me vas a decir o no, Elis? Ya hasta tomé asiento —dijo María devolviéndole la sonrisa a Elis.
—Bueno, es algo complicado, pero si quieres oír, ¿primero me prestarías una cama para ella? —señaló Elis con los labios a Caeylia. «Sí, porque con esta ya no puedo más», pensó.
—Ah, claro, perdón, es verdad. Eh... entremos -la chica se levantó, sacudió su ropa y luego se dirigió hacia la entrada. María abrió la puerta; sin embargo, Elis, sin esperar a que su propia hermana entrara, corrió hacia adentro.
—Cielos, sí que tienes prisa, hermanita. Por cierto, te estás poniendo muy linda.
Elis se sonrojó al escuchar las palabras de su hermana. La joven subió las escaleras a toda velocidad y, entrando a la habitación de María, lanzó a Caeylia en la cama sin ninguna delicadeza.
—Al fin... ¡Uff! Sí que me hiciste sudar -dijo Elis mientras se limpiaba el sudor de la frente y del cuerpo.
—Espero que no hayas dejado caer a la chica en la cama, ¿eh?, porque es nueva, la acabo de comprar... —gritó María.
Elis bajó las escaleras mientras sus coletas volaban por el movimiento.
—María, ¿me regalas un poco de agua?
—Claro, deja saco un vaso —la joven se movió hasta su repisa, de donde tomó un vaso de cristal, y, llenándolo en el grifo, se lo dio a Elis.
Elis, tras tomar el vaso, comenzó a beber sin límite alguno. «"Casi me muero del calor y la sed,» pensaba Elis.
—Vaya, sí que tenías sed, chica. Por cierto, Elis, me encanta tu cabello —María llevó una mano hacia las coletas de Elis.
—Te estás poniendo muy hermosa, Elis. Y, además, me gusta tu cabello; tus ojos azules quedan hermosos junto a él.
—No... yo no soy linda. En cambio tú sí eres muy hermosa, hermana... Yo... —Elis bajó la mirada al piso de madera. «"No soy linda, tengo un aspecto horrible...» pensaba.
—Pero... ¿quién te dijo eso, Elis? Tú eres más linda que yo. Mira tu cabello, tu rostro... todo. Y yo, a tu edad, no tenía tu fuerza.
«Solo lo dices por quedar bien conmigo. Mi cuerpo no es lindo, ni yo tampoco... Además, no me importa; tengo que completar mi venganza,» pensaba.
«Pero, Elis, ¿por qué eres tan negativa y no te valoras?,» pensó María.
—Bueno, Elis, ¿quién es la chica que llevas contigo?
—Ah... eh... es... bueno, es mi... bueno, es difícil de explicar... —Elis soltó una pequeña sonrisa mientras una gota de sudor le bajaba por la mejilla.
Los ojos de María se iluminaron.
—Oh, entiendo, Elis... No sabía que te gustaban las chicas. Bueno... no te juzgo, es muy preciosa y ambas quedan bien.
La habitación quedó sumida en un silencio profundo durante algunos segundos, interrumpido únicamente por el goteo del grifo.
Elis se puso roja como un tomate mientras su sangre hervía y su corazón se aceleraba.
—¡¿Qué?! ¡Estás loca, hermana! No, no, no lo soy... Bueno, si así lo fuera, ¿qué te importa?
María soltó una carcajada que sonó por toda la vivienda.
—Bueno, María, si no te importa, solo estaremos aquí la noche y mañana partimos.
María tomó una gran bocanada de oxígeno.—Hermana, espero que no sea lo que estoy pensando...
Elis evitaba ver a su hermana directamente a los ojos, siempre manteniendo la mirada fija en el suelo.
—Elis, ¿en serio solo viniste a pedirme otro favor? ¡Y encima sigues con esa idea tan pendeja! Ya te dije que no la sigas.
—Tú no me das órdenes. No eres mi madre ni mi padre para darme órdenes.
—Pero soy tu hermana mayor, así que debes hacerme caso. Tú eras una niña cuando pasó eso; es algo que no puedes cambiar y, aun así, te atormenta...
—María, tú lo dices porque simplemente no entiendes o no quieres aceptar que ese es el único camino.
—¿En serio? ¿Tan podrida tienes la mente, Elis? La venganza nunca trae nada bueno.
—No me importa si la venganza es buena o no, solo quiero acabar con Levis.
—¿En serio, Elis? ¿Dimensionas la tontería que dices? Quieres acabar con Levis, pero sabes que no es tan fácil como suena...
—Entonces no me conoces lo suficiente, hermana. Sabes muy bien de lo que soy capaz. Incluso podría buscar al mismo Zhoar si es posible... solo para matarlo.
—No menciones el nombre del dios Zhoar, ya que odiaría lo que quieres hacer.
—Me da igual, no puedes hacer nada para impedir que lo haga, María.
«Elis, tú no sabes de lo que soy capaz con tal de evitar tu muerte; no importa si tengo que romperte las piernas o hacer que te lleven a la cárcel,» pensaba María mientras observaba a Elis, quien estaba dándose la vuelta.
María rápidamente tomó el brazo de Elis con fuerza.—¿Para dónde crees que vas, señorita? ¿Por qué no solo vives tu vida?
—Suéltame, María, o no respondo -la voz de Elis se tornó de una gravedad que hizo que el corazón de María golpeara su pecho.
— Vengarse no traerá a mamá ni a papá. Aunque lo logres, quedarás en un vacío...
Elis apretó los dientes con fuerza, se dio la vuelta con un movimiento brusco y le soltó una poderosa cachetada que hizo que el rostro de María se fuera hacia atrás.
El sonido seco del golpe y el poderoso impacto hicieron que María chocara contra la repisa. El silencio volvió a llenar la vivienda mientras se hacía cada vez más pesado.
Elis salió furiosa de la casa de María.
—Ya vuelvo -dijo.
Luego, se transformó en un búho y emprendió el vuelo.
María se encogió en el suelo mientras se acurrucaba en la oscuridad. La sangre le escurría sobre los labios, mientras las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos.
Elis llegó a la copa de un árbol mientras volvía a su forma normal.
—¡Pendeja! ¿Por qué le pegaste? -se reclamó.
Bajo el intenso sol, comenzó a golpearse.
Dentro del sueño de Cael, la oscuridad se extendía y, al mismo tiempo, rodeaba a un Cael niño que se encontraba en medio de una tormenta de nieve.
—Mamá, solo espérame. No tardo, mamá —dijo el pequeño.El Cael adulto solo se limitó a observar la escena.
El sol anunció el mediodía en la casa de María, quien llevaba un trozo de tela en la nariz para contener la sangre. A pesar de todo, la chica preparaba el almuerzo: pescado frito.
«Si tan solo hubiera heredado la magia de mi padre, habría podido detener esta locura de Elis,» pensó María mientras las lágrimas caían sobre sus mejillas.
Sin embargo, el ambiente se llenó de un silencio gélido. Justo detrás de María, un ojo brillante, dorado como el oro más puro, iluminó el lugar.