Capítulo 8: Un Vínculo

1480 Words
La respiración de Caeylia era entrecortada; su cuerpo estaba empapado de sudor y las zapatillas de su traje habían quedado atrás. Sus pies descalzos se hundían en el pasto del bosque. La piernas de Caeylia flaquearon, provocando que la joven se desplomara de cara contra el pasto… —Maldición… Si tan solo tuviera aún mi cuerpo… —dijo la pelirroja. Elis avanzaba entre las frondosas hojas de los imponentes árboles del bosque, preparándose para regresar a su forma original. —¿Qué fue exactamente lo que pasó y quién es ese tipo? —preguntó Elis mientras se acercaba. Caeylia apoyó las manos sobre el césped y, impulsándose con ellas, giró en el aire para aterrizar sentada en el prado. «Maldito Jack, recuperaré esa medalla y vas a llorar lágrimas de sangre por habérmelo quitado», pensó la pelirroja mientras apretaba los puños contra el pasto. Caeylia bajó la mirada a la hierba mientras apretaba los dientes. —Todo es culpa tuya, maldita Elis…, —susurró la joven. Elis centró su atención en los movimientos de Caeylia, quien mantenía la cabeza baja. —¿Por qué esa persona estaba peleando contigo? Y lo más importante: ¿por qué te iba pateando el trasero? —preguntó la pelicafé mientras se cruzaba de brazos. —Es Jack… Se podría decir que es un viejo conocido —respondió Caeylia. «Vaya, tienes muchos enemigos, ¿eh? Tampoco me sorprende… Entonces… entonces no fallé al elegirte. ¿En serio eres la verdadera Muerte Roja?», pensó Elis. La pelirroja se levantó de un salto, como un relámpago; sin embargo, al girar para mirar a Elis, comenzó a ver todo de forma borrosa. Caeylia se llevó una mano a la cabeza mientras las piernas le temblaban levemente. —¿Qué… me está pasando? No… ¿Por qué carajos ahora mi resistencia es una mierda? La pelirroja se desplomó ante la mirada de Elis, quien se movió rápidamente hacia ella. —¡No, no, no! ¡Otra vez no, Caeylia! —exclamó Elis, logrando sostenerla antes de que cayera al suelo. «No sabes regular tu poder o tu poder no sabe ser regulado», pensó Elis. «Será mejor que vayamos a un lugar mejor». La joven alzó la mirada hacia el firmamento, observó el brillante y relumbrante sol… —Creo que es hora. —Mierda. Este dolor de nuevo… —Colocó sus manos sobre sus caderas, frotándolas. La pelicafé se llevó una mano a la bolsa y buscó en su interior. Segundos después, la joven sacó una pastilla. —Aquí vamos… Odio estas pastillas. Elis tomó una bocanada de aire y, llevándose la pastilla a la boca, la tragó en segundos. —Listo. Bueno, es hora de ir a buscar una cueva o algo para descansar —dijo Elis. La joven extendió las manos hacia Caeylia. —Diablos… ¿Pero por qué cada vez pesa más? ¿Pero qué comes, Caeylia? —exclamó la chica. —Aquí vamos. Bueno, Elis, tú puedes. Vamos, a la cuenta de tres la subimos a la espalda —se dijo la joven. Elis, con las piernas ligeramente temblorosas pero firmes, logró montar a Caeylia sobre su espalda para continuar adentrándose en el bosque. En paralelo, en Élica, María se hallaba en su hogar, sentada y con la pierna vendada. Jack, por su parte, llevaba un delantal sobre su gabardina. El pelirrubio estaba preparando un corte de carne. —Oye, amor, ¿tienes un cuchillo más afilado? —preguntó Jack. —Ah, Jack, no te preocupes, yo hago la carne… Espera, me levanto —dijo María. Jack se giró hacia María. —No, quédate ahí, amor. Yo cocino, no te preocupes, aún estás herida. —Pero me siento como una inútil quedándome aquí sin hacer nada… —exclamó María. —No digas eso, amor, no te preocupes… en serio —Jack se giró y, usando una energía morada, cubrió el cuchillo cortando la carne a una velocidad increíble. María giró la vista hacia la ventana, donde en el horizonte el atardecer comenzaba a descender sobre el mundo. «Hermana… ¿En qué te estás metiendo? Espero que esa chica no te lastime, solo eso deseo», pensaba María mientras observaba a través de la ventana. Elis llegó a una zona amplia, cubierta de un exuberante y saludable césped, donde se erguía en el centro un imponente árbol. —Ah… Creo… que es aquí. No hay un lugar mejor. Vaya, el bosque de Salioiz sí que es enorme —la chica bajó a Caeylia al pie del árbol. Elis contempló el firmamento, donde un hermoso atardecer se alzaba bajo el manto de las estrellas que comenzaban a asomarse. La joven se secó el sudor que cubría su cuerpo. —Papá, mamá… Sé que están ahí, en algún lugar del cielo —dijo Elis mientras tomaba asiento en el pasto. —Cómo los extraño. Me gustaría tenerlos aún conmigo… —La joven bajó la mirada hacia el suelo. —Sé que ustedes me cuidan desde el cielo… —Elis tomó una bocanada de aire y continuó-: Prometo que voy a recuperar nuestro linaje y lo que nos pertenece. —Y… le haré pagar a Levis por todo lo que nos hizo. El sol se ocultó mientras la luz de la luna iluminaba suavemente el entorno. El silencio envolvía por completo el lugar, interrumpido únicamente por el canto de las aves. Sin embargo, este silencio fue roto por los movimientos de Caeylia sobre el pasto. —No, por favor, mamá, no… —dijo la pelirroja entre sueños. Elis se puso de pie y se sacudió las ramas y hojas que había acumulado durante el viaje. La joven se percató de que Caeylia estaba sudando. Elis miró detenidamente a Caeylia, sus cejas se fruncieron y sus ojos emanaban una luz tenue. La joven se aproximó y posó suavemente una mano en la frente de Caeylia. —Está fría… —La chica se volteó hacia el bosque y salió corriendo. Elis volvió rápidamente con unas ramas. La joven colocó las ramas sobre el césped y, acercando su dedo, provocó que las ramas comenzaran a arder. Elis contempló las llamas y las partículas que se elevaban hacia el cielo. —Mmsh… Mamá… —susurró Caeylia. Elis la tomó y, acercándola hacia la fogata, acomodó a la pelirroja sobre su regazo. —Vaya, parece que ya no está delirando… —Elis observó el rostro de Caeylia mientras jugaba con su cabello. Finalmente, Elis sucumbió al cansancio y se quedó dormida sobre el verde pasto, iluminada por la suave luz de la luna. Elis se hallaba en un entorno desconocido, en una ciudad junto a una mujer que la sostenía de la mano. Ambas avanzaban sobre una plaza. Justo frente a ellas, una campana enorme se alzaba. —Mi niña… mi reina, mi bebé… Elis, ¿quieres ir a ver la campana? —¡Sí, mami, quiero ir! ¡Vamos, mami!. La mujer esbozó una pequeña sonrisa. —Está bien, mi tesoro, vamos… Sin embargo, numerosos guardias comenzaron a rodear la plaza, arrojando objetos indiscriminadamente e incluso a personas que se encontraban allí. —Mami, ¿qué está pasando? ¡Mami, tengo miedo!... La mujer tomó a la pequeña en brazos. —Te quiero, mi tesoro… —Señora Valentina Lendard… tiene que acompañarnos. Más de diez guardias la rodearon. —Está bien… —La mujer se agachó y colocó a la niña sobre el suelo. —Bebé, te quiero… Mami ya va a volver, ¿me esperas aquí?. —Mami, ¿quiénes son ellos? ¿Por qué tienes que irte? Tengo miedo —la voz de la pequeña temblaba. —No te preocupes… Rula va a cuidar de ti, bebé… Los guardias sujetaron a la mujer por ambos brazos mientras la conducían. Durante el trayecto, ella no miró a la niña. Mientras tanto, el sol comenzaba a emerger, proyectando sus primeros rayos sobre las plantas. Caeylia abrió lentamente su ojo y se dio cuenta de que su cabeza reposaba en el regazo de Elis. Caeylia se levantó como un rayo con un rubor en el rostro. —¿Qué rayos? ¿Qué pasó? —La pelirroja volteó a ver a su alrededor y notó que ya no estaban en Élica. —Ya veo… —Caeylia observó a Elis, que estaba dormida de rodillas—. Quien en su sano juicio duerme así?... — —Se acercó a ella para acostarla sobre el pasto. «Al menos se ve tierna cuando no está tratando de manipular», pensó Caeylia. —Bueno, será mejor que vaya a buscar algo de comer… Espero que este maldito collar no se active. —No sé qué más hace este collar… y Elis no me advirtió de sus otras condiciones —dijo Caeylia, apretando los puños. Sin embargo, Caeylia observó un ciervo que estaba paseando cerca de ellas. —Perfecto… —La pelirroja se fue acercando hacia el animal hasta tomarlo de los cuernos.
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