Las ráfagas de viento recorrían el exuberante pastizal, el cual brillaba bajo los rayos del sol. A lo lejos, se podían distinguir dos siluetas; Caeylia avanzaba con paso lento, todavía en estado de somnolencia.
—Vamos, Caeylia, si no caminas, te haré caminar yo. —Elis inhaló profundamente.
Sin embargo, Caeylia se encontraba sumida en una profunda pesadez. Cada paso que daba se convertía en una lucha interna.
—Caeylia, ¿me escuchas?—. Elís, perdiendo la paciencia, se giró y tomó a Caeylia del cabello.
—¡Ah... espera, tonta! Eso... eso duele... ¡Espera! ¡Ah... maldita...! —Caeylia apretó los dientes y los puños con rabia.
Elis tiró del cabello de la joven mientras aceleraba el paso. Los pájaros de los árboles cercanos alzaron el vuelo.
—¡Suéltame! Yo puedo caminar sola, estúpida Elis —le espetó la joven.
Sin embargo, un crujido cavernoso resonó de pronto en el aire, llegando nítidamente hasta los oídos de Elis.
—¿Escuchaste eso, Caeylia? ¿Acaso es un animal? —preguntó Elis, mientras volteaba a ver en todas direcciones.
Sin embargo, un intenso rubor llenó las mejillas de Caeylia. —Eh... eh... es... mi estómago... —balbuceó, mientras desviaba la mirada hacia el lado izquierdo, completamente avergonzada.
La pelicafé observó a Caeylia con incredulidad. —¿Pero si ayer comiste como cerda? ¡¿Y ya tienes hambre otra vez?! ¿Cómo es que no engordas?
Caeylia se llevó una mano hacia el abdomen, pellizcándose la piel. —Bueno, supongo que es porque tengo un cuerpo digno de un ángel —añadió, esbozando una gran sonrisa de oreja a oreja.
—Más bien eres una esquelética —dijo Elis, soltando una carcajada que la hizo doblarse y agacharse.
Caeylia la observó soltar esa carcajada, frunciendo las cejas; sin embargo, una leve sonrisa se dibujó en ella.
—Me suena a envidia que yo, sin haber nacido mujer, tenga mejor fisionomía y carisma como mujer que tú —Caeylia observó a Elis con una sonrisa pícara.
—¿Qué me has dicho, tú, princesita roja? —Elis apretó los dientes, mientras un intenso sonrojo le invadía el rostro.
Elis comenzó a ver de reojo el cuerpo y la fisonomía de Caeylia, comparándola con la suya. «Es que a mí aún me falta desarrollarme. En cambio, él debe tener más de veintisiete años, por eso tiene ese físico. Además, a mis dieciséis años no voy tan mal encaminada», pensó Elis, observando su propia silueta.
Sin embargo, Elis notó que el ojo dorado de Caeylia comenzó a brillar.
—No hagas ningún ruido, Elis. Creo que tenemos compañía —advirtió Caeylia, mientras volteaba a ver hacia adelante, donde cinco hombres las estaban esperando.
Elis recién se percató de la situación, abriendo los ojos de par en par mientras sus piernas temblaban levemente. Pese al miedo, ambas se acercaron más a los hombres.
«Creo que es mejor retroceder… ¿Pero por qué Caeylia no está preocupada? Es una tonta, sus poderes están descontrolados», pensó Elis. Aunque estaba metida en sus pensamientos, no les quitaba la mirada a los hombres.
—Muchachos, estamos de suerte. Miren nada más: dos chicas extremadamente lindas vinieron directo a nosotros. Hoy nos vamos a divertir —exclamó el hombre de la bufanda roja.
«Solo son unos tipos cualquiera, y encima depravados. Me gustaría dejar a Elis aquí y que ellos se encargaran de mi venganza, pero no puedo... Además, no sería lo correcto», pensó Caeylia.
Los hombres comenzaron a rodearlas. Uno de ellos sonrió de forma lasciva.
—Vaya, qué lindas... Miren qué suerte: una sirvienta. Parecen nobles... —Caeylia se mantenía completamente en silencio.
Sin embargo, uno de ellos tomó por sorpresa a Elis antes de que pudiera darse cuenta. La chica intentó liberarse, pero aquel sujeto resultó ser de su misma r**a: el hombre adoptó la forma de un oso y comenzó a asfixiarla entre sus brazos.
—Hueles muy bien, chica... Te pareces muchísimo a la hija menor de los Lendard —le susurró. Elis, aterrada, bajó la mirada.
Uno de los hombres se acercó a Elis. Lentamente, acercó una mano hacia el rostro de la chica...
—dejame ver... Si es verdad que te pareces a la hija de los Lendard, —el hombre sonrió con malicia.
Elis seguía forcejeando, intentando evitar que el hombre le tocara el rostro. Sin embargo, como si fuera un rayo, Elis sintió el violento movimiento del cabello de su compañera al pasar. Ante sus ojos, Caeylia lanzó una patada alta y brutal directo al cuello del agresor,
rompiéndoselo de un solo golpe. El seco estallido del hueso fracturado dejó un silencio sepulcral en el callejón.
El ojo de Caeylia brilló como nunca. En un movimiento tan rápido y violento que desafió a la vista, su mano derecha apareció detrás del oso; como si sus dedos tuvieran el filo letal de su antigua hoz, partió a la bestia en dos pedazos, provocando que una lluvia de sangre bañara por completo tanto a Elis como a ella.
La sangre del oso cayó sobre ambas y tiñó el piso. Los hombres quedaron completamente aterrados, retrocediendo a tropezones.
«¿Acaso... este es el poder que tiene este hombre? Y eso que está bloqueado...», pensó Elis, observando la c********a con los ojos abiertos de par en par.
Caeylia comenzó a verlo todo borroso mientras su corazón se aceleraba, impidiéndole respirar. Los hombres sobrevivientes salieron corriendo despavoridos, mientras ella se desplomaba sobre la sangre de su víctima.
«¿Qué… qué me pasa? ¿Por qué estoy cayendo…?», pensó. El seco sonido del cuerpo de Caeylia al caer al suelo hizo que Elis diera un brinco del susto.
Elis se acercó a Caeylia. El vestido blanco de la joven ahora estaba completamente teñido de rojo debido a la sangre.
—¡Caeylia! ¿Qué te pasa? ¡Caeylia, oye! ¿Me escuchas, Caeylia? —Elis trató de moverla, pero esta no respondió.
La chica pelicafé tomó a Caeylia y se la acomodó sobre la espalda. Las piernas de Elis temblaron debido al peso muerto; sin embargo, comenzó a caminar a duras penas.
—Caeylia, ¿por qué me haces esto? Ahorita no... Falta mucho para llegar a Élica. Tendremos que pasar primero por un río...
Sin embargo, Caeylia comenzó a tener un extraño sueño... Un paisaje brillante iluminaba el pasto de un hermoso jardín. Cael se encontraba observando el lugar mientras caminaba sobre aquel extraño suelo. De pronto, apareció una mujer de porte elegante con un vestido rojo; tenía el cabello café, pecas en el rostro y unos profundos ojos naranjas.
La mujer comenzó a observar a Cael, pero en su versión adolescente. El Cael adulto se acercó más, mientras su yo adolescente jugaba con otros dos jóvenes.
—Maestra Kady, mire —dijo el Cael joven—. Gael está intentando dominar una espada, pero apesta en eso. Kady esbozó una ligera sonrisa.
—De seguro es porque no nació para empuñar una espada
—la mujer se acercó a donde estaban Cael y los otros. Dirigiéndose hacia Gael, continuó—: Escucha, Gael, el no poder hacerlo no te hace menos ni te quita talento. Todos somos talentosos en algo...
Elis, a puros tropezones, llegó a un río. Bajó a Caeylia al suelo con delicadeza y, jalándola hacia una zona menos honda, comenzó a lavarle el vestido y el cuerpo. Mientras lo hacía, su rostro su ceño se frunció. «Rayos… ahora me toca ser niñera», pensó Elis, mientras aprovechaba para limpiarse ella también.
Mientras tanto, en el sueño, Cael seguía observando. La otra joven se acercó a Cael y a Gael.
—Oh, ahora que están ahí, les quiero avisar que tengo una misión… —Gael bajó la mirada—. Pero, maestra, ¿por qué se tiene que ir? —preguntó la joven Silvia.
Sin embargo, Cael los abrazó a los dos con una gran sonrisa.
—No se preocupen, yo los cuidaré y les enseñaré el libro de la chica que fue convertida en hombre por una bruja —dijo Cael joven. Los demás dieron un brinco de alegría. —Maestra, si tan solo estuvieras aquí… —Los susurros de Cael, adulto se vieron interrumpidos por una oscuridad total que se llevó toda la tranquilidad.
—Recuerda quiénes somos… recuerda —una voz profunda y dolorosa resonó por toda esa oscuridad. Cael se tapó los oídos, pero aun así podía escucharla. Mientras tanto, Elis finalmente estaba llegando con Caeylia a cuestas sobre su espalda. Ya limpias de sangre, el pueblo de Élica se alzaba imponente ante su mirada.