Fuera del Broken Spur, Charley montó a Omega y la puso en marcha a todo galope. Quería llegar al Bar M. Home. La protegería de los apuestos desconocidos, que eran una mezcla de galantería y grosería. Y la protegería de Jesse, que estaba tramando Dios sabía qué.
Charley tomó el camino principal hacia el rancho. Los árboles se alineaban a ambos lados del camino, creando un manto contra el sol de la tarde. No tardó en ver su casa.
Era una casa grande. De dos pisos y ornamentada en muchos sentidos, con sus columnas y sus numerosas puertas francesas. Pero siempre había sido un hogar para Charley. Un lugar en el que se había sentido segura. Siempre se había sentido querida al crecer en la gran casa del Bar M.
Charley recorrió la corta distancia hasta el patio, con los pensamientos todavía revueltos. Jesse había vuelto. Se le encogió el estómago. La tía Lydia se daría cuenta de que había pasado algo. Charley no quería explicar lo sucedido con Jesse todavía. Y no quería explicar el asunto del desconocido en absoluto. La había desconcertado.
Jesse había vueltoEra un hombre atractivo. Charley no lo negaría: alto y atrevido, con unos ojos verdes que la habían mirado fijamente al alma. Su ropa se había tensado a través de los músculos y los tendones, presumiendo de poder y virilidad. Emitía dominio. Maldita sea.
Maldita seaCharley desmontó frente a la veranda. No voy a pensar en él. Ató a Omega a un poste junto a los escalones de la entrada. Cal, su más leal peón de rancho, cuidaría de su precioso animal. Charley acarició la grupa de Omega y luego se dirigió a la puerta principal.
No voy a pensar en élCerró la puerta con un suave sonido y miró alrededor del gran vestíbulo. Ni rastro de su hermana Katherine ni de su tía Lydia. Se arrastró por el suelo de mármol hasta el salón.
sonidoUna vez que sus botas tocaron la alfombra, se dirigió a la mesa de los licores, cerca de la puerta francesa. Se sirvió un brandy y agitó el líquido ámbar en la copa.
Jesse Gardner estaba de vuelta.
No lo había visto desde que se fue hace cinco años. Desde luego, no le había echado de menos. Irse había sido el mejor regalo que le había hecho, aunque no hubiera sido por su propia voluntad.
Charley no le culpó. El poder legal y la influencia política de su padre eran suficientes para asustar a un búfalo. Y había aterrorizado a Jesse. Ya había experimentado el interior de una celda y no quería volver. Se había marchado sin ni siquiera despedirse. No es que necesitara el permiso de Charley, pero a ella le habría dado satisfacción verlo salir y no volver jamás.
Charley se llevó el vaso a los labios y bebió su contenido. Cerró los ojos y saboreó el sabor mientras bajaba por su garganta. Tocó la empuñadura de su pistola. Si vuelve a amenazarme a mí, a mi familia o a este rancho, me encargaré yo misma de él.
Si vuelve a amenazarme a mí, a mi familia o a este rancho, me encargaré yo misma de él.Charley oyó el sonido de la ropa. Al abrir los ojos, se giró y encontró a la tía Lydia entrando en el salón.
sonido—Me pareció oírte entrar.
Charley sonrió. —Siempre dije que tenías una bola de cristal escondida en tus faldas, tía Lydia.
—Bobadas—. La tía Lydia besó a Charley en la mejilla. —Habiéndote conocido toda la vida, no es difícil predecir lo que harás.
—Supongo que veintitrés años te han dado suficiente conocimiento—. Charley cogió la botella.
La tía Lydia jadeó. —¿Qué te ha pasado en la muñeca?— Se acercó al brazo de Charley. —No me pongas los ojos en blanco, Charley—. Lydia agarró la mano de Charley y la giró. — Tienes un moratón alrededor de la muñeca—. Su voz se elevó a un tono frenético.
—Acabamos de determinar que nada se te escapa, tía—. Charley se liberó del agarre de su tía y se sirvió otra copa.
—Suficiente con el brandy, Charley. ¿Qué ha pasado?— Lydia puso las manos en las caderas y dio un golpecito con la punta del pie en el suelo.
Charley tragó su brandy. —Jesse ha vuelto—. Miró su vaso vacío y suspiró. —Vino al Broken Spur y empezó algunos... um... problemas.
Lydia se llevó la mano a la garganta. —¿Qué? ¿Dejaste que se pusiera duro contigo?—Lydia se quedó con la boca abierta y Charley la cerró suavemente. Lydia golpeó la mano de Charley con las dos suyas como si estuviera aplastando un enjambre de mosquitos. —Esto no es divertido, Charley.
—¿Quién se ríe?— Charley se dirigió hacia el sofá y se sentó con una gran sonrisa. —No le dejé. Todo sucedió tan rápido. No tuve oportunidad de hacer nada. Entonces vino un desconocido y me defendió—. Y la hizo parecer incompetente.
sonrisa. —¿Qué ha hecho? Este extraño, quiero decir—. Lydia se sentó a su lado.
—Le ordenó a Jesse que se fuera—. Charley intentó concentrarse en lo que le estaba contando a su tía, pero la imagen del desconocido seguía formándose delante de ella.
—Eso no puede haber ido bien. ¿Qué hizo Jesse?
Charley apretó la mandíbula. —Se fue.
—¿Qué quieres decir con "se fue"?
—Exactamente lo que dije. Se fue. Murmuró algo y... —Charley agitó la mano en el aire, —salió por la puerta.
—Eso ciertamente no suena como el Jesse que recuerdo.
—Bueno, nunca has visto a Jesse cerca de un hombre así—. Charley miró a su tía. —Es del tipo que impone respeto con su sola presencia. Es alto, más alto que Jesse por lo menos en 10 centímetros. Tiene los hombros anchos y su voz... incluso Jesse no podría ignorar una voz así.
Lydia sonrió. —Hombre guapo entonces.
Charley se incorporó. —¿Qué te hace pensar eso?
—Oh, nada—. Lydia tiró de un hilo suelto de su falda. Cuando se soltó, lo enrolló en una pequeña bola con los dedos índice y pulgar. —Sólo supuse que al ser alto y de hombros anchos también tendría que ser guapo.
—Déjalo, tía Lydia—. Charley cerró las manos en puños y apretó. —Que sea guapo no significa que pueda meterse en mis asuntos y empezar a darme órdenes—. Se recostó contra los cojines del sofá.
Lydia se rio. —Ah, así que es guapo, y te ha puesto nerviosa.
—Es tan irritante como una montura.
—Con o sin silla de montar, nadie te pone en aprietos, Charley. Especialmente un hombre. —Lydia se rio y luego se volvió sombría. —Pero ¿qué vas a hacer con Jesse?
—No lo sé. Tengo que averiguar por qué ha vuelto. Si papá se entera, volverá de Washington enseguida.
—¿Qué hay de Andy? No le gustó lo que Jesse te hizo más que a tu padre.
—A nadie le gustó lo que hizo Jesse, pero eso no le impedirá pensar en otro plan. Necesito manejar esto antes de que papá se entere.
Lydia acarició la pierna de Charley. —Tengo fe en que no sólo lo manejarás, sino que lo harás con habilidad—. Se puso de pie. —La cena estará lista en breve. Te veré en el comedor.
Charley observó a su tía salir del salón, pero el ruido de los cascos la atrajo hacia las puertas francesas. Levantó una cortina para asomarse a la ventana y vio cómo su hermano Andy lanzaba la pierna derecha sobre el cuello de su caballo, aterrizaba en el suelo y le entregaba las riendas a Cal.
Se miró la muñeca. Maldita sea. Nunca sería capaz de ocultar el moretón a Andy. Dejó caer la cortina y fue a reunirse con su hermano.
Andy abrió la puerta y entró en el vestíbulo. —Hola, pequeña—. Arrojó su sombrero sobre la mesa del vestíbulo.
—Hola, Andy—. Charley torció el brazo. —¿Quieres acompañarme al comedor? —Entraron en el comedor, cogidos del brazo. La tía Lydia sonrió mientras colocaba los platos de comida en la mesa. Katherine ya estaba sentada con un libro en las manos. Sin levantar la vista, movió la cabeza, haciendo que sus rizos rubios rebotaran alrededor de su cara en forma de corazón. Andy besó la mejilla de la tía Lydia y le guiñó un ojo a Katherine, luego se sentó a la cabeza de la gran mesa de caoba.
La tía Lydia se sentó junto a Katherine y le dio un golpecito en la muñeca. Katherine dejó su libro a un lado y cruzó las manos obedientemente. Lydia inclinó la cabeza e hizo la señal de la cruz. —Querido Señor, bendice esta abundante comida, a estos niños que amo, y a Gerald y Constance. Gracias, Señor, por tus numerosas bendiciones sobre esta familia. Amén.
Andy se cruzó de brazos. —¿Puedes pasarme la carne?— entre bocados, dijo: —Hoy encontré otras tres cabezas muertas.
—¿Tres? —Charley se limpió la boca y miró a su hermano. Alto y delgado, su larguirucha estructura disimulaba su sólida musculatura.
Andy miró fijamente a Charley, con el tenedor congelado a medio camino de su boca abierta. Sus ojos color avellana se fijaron en su muñeca. —¿Qué demonios le ha pasado a tu muñeca?
—Podemos hablar de eso más tarde. ¿Cuántos...?
—No, Charley, ¡hablaremos de ello ahora!
—Jesse ha vuelto—, dijo Lydia.
Andy miró a la tía Lydia. —¿Qué?
—Yo estaba en el Broken Spur y él apareció—, dijo Charley.
Andy volvió a mirar a Charley. —¿Sólo «apareció»?
—No—, volvió a interrumpir Lydia. —Él también empezó algunos problemas, como puedes ver en su muñeca. Y un desconocido lo ahuyentó.
Charley se habría reído de las sacudidas de la cabeza de Andy de izquierda a derecha, pero nada de eso tenía gracia. Ganado muerto. El regreso de Jesse. Un desconocido arrogante.
Andy soltó su tenedor, haciéndolo rebotar en su plato con un ping. —¿Jesse te agarró y un desconocido lo ahuyentó de la taberna de Fred?
—Sí, Andrew—. Charley deseó poder disparar balas desde sus ojos. En cambio, los puso en blanco. —Sin él, quién sabe qué habría hecho Jesse.
—Charley, no me refería a eso—. Andy cubrió la mano de Charley con la suya. —Sólo quiero saber qué hace Jesse de vuelta en la ciudad. ¿Y quién es este desconocido?
—Si conociera al hombre, no le llamaría desconocido, ¿verdad?
Andy retiró su mano como si hubiera acariciado a un puercoespín. —Supongo que no.
—A tu padre no le gustará saber que Jesse ha vuelto—, dijo Lydia.
Katherine dio una palmada. —Quizás él y mamá vuelvan a casa. Han estado en Washington demasiado tiempo.
Charley negó con la cabeza. —Kat, eso es exactamente por lo que tenemos que mantener esto en secreto.
—Charley, fueron necesarios los vaqueros y yo para amenazar a Jesse para que se fuera la última vez. Y papá utilizó todos los medios legales a su disposición. Me sorprende que Jesse no haya vuelto a la cárcel. ¿O lo has olvidado?— Andy le hizo una mueca.
—Y cancelaste tu boda—, dijo Katherine. —Habría muerto con todo el pueblo hablando de mí.
Katherine había sido una niña enfermiza, ya que había contraído la escarlatina cuando sólo tenía cuatro años. Los efectos a largo plazo de la enfermedad habían dejado a Katherine con un corazón débil y una constitución aún más débil. Así que sí, Charley podía imaginar que la delicada Kat habría muerto de vergüenza.
Charley dejó escapar un profundo suspiro. —No olvidé nada de ese...
—Charley, —dijo Lydia.
—Ah, diablos... diablos, tía Lydia. Sabes muy bien lo que quiero decir. Y en lo que respecta al pueblo, Kat, no me gustó que chismearan, pero me aguanté—. Charley nunca admitiría lo mortificada que estaba, pero mantenía la cabeza alta cada vez que iba al pueblo. Se negaba a que nadie la viera con la barbilla baja o los hombros caídos. Era una Mason.
—Entiendo tu preocupación, Charley. Sin embargo, tu padre querría estar informado, como mínimo. Que venga o no a casa es irrelevante—, dijo la tía Lydia.
Charley miró a su tía. El pelo rubio ceniza de Lydia estaba recogido y hecho un nudo, lo que resaltaba su cara en forma de corazón y sus pómulos altos y anchos. Charley sintió una punzada de culpabilidad al ver las arrugas en la frente de su tía, sabiendo que ella había contribuido a muchas de ellas.
—Tía Lydia—, suplicó Charley. —Tengo que averiguar qué está haciendo Jesse primero.
Lydia arrugó la servilleta. —Charley, si algo pasara...
—Puedo cuidar de mí misma.
Andy se echó hacia atrás en su silla. —¿Como lo hiciste hoy?
—Eso fue una casualidad—, dijo Charley golpeando su puño sobre la mesa. La mesa tembló, haciendo que el líquido se moviera en los vasos y los platos repiquetearan.
—Tenedlo en cuenta—, dijo la tía Lydia. —Charley, te daré unos días. Una semana como máximo. Si no descubres lo que está tramando ese sinvergüenza, mandaré un telegrama a tu padre.
—Estoy de acuerdo con la tía Lydia—, dijo Andy. —Mientras tanto, voy a tener a alguien que te vigile.
—Andy, no soy un bebé.
—Es por tu seguridad, Charley. Hoy se ha puesto duro contigo, por el amor de Dios. Y pagará por ello. Te lo prometo.
—Andy tiene razón. Además, tenemos que considerar a Kat—, dijo Lydia.
Katherine levantó la vista del libro que había cogido y miró alrededor de la mesa. —¿Por qué tengo que ser arrastrada a esto? Él no me molestaba antes.
Lydia cubrió la mano de Katherine con la suya. —No se sabe de qué es capaz Jesse, cariño.
Charley lanzó un suspiro. —No quiero seguir discutiendo esto. Además, hoy he ido a ver al sheriff por lo del anterior ganado muerto. No fue de ayuda.
—¿Realmente pensaste que lo sería? —preguntó Andy.
—En realidad, sí, lo hice. Es la ley en este pueblo. Hemos encontrado ganado muerto en nuestra propiedad durante los últimos cinco días. Alguien las está descuartizando, y no son los indios. No matan el ganado y lo dejan para los buitres—. Charley trazó el borde de su plato con un solo dedo.
—Voy a poner más guardias nocturnas—, dijo Andy.
Sin levantar la vista de su plato, Charley dijo: —Puede que tengamos que contratar a unos cuantos más.
—¿Será un problema? —El interés fingido de Katherine por el rancho no era muy convincente con la nariz metida en un libro.
Andy empujó su plato vacío hacia el centro de la mesa, se inclinó hacia atrás y le guiñó un ojo a Kat. —No será un problema, pequeña. Tenemos la mejor reputación del estado. Por eso el ganado sacrificado es tan desconcertante.
—Haz lo que sea necesario, Andy—. Charley empujó su silla hacia atrás y se puso de pie. —Si me disculpáis, creo que me voy a acostar temprano—. Salió del comedor y se dirigió al segundo piso. Cuando llegó a su dormitorio, se dirigió a su cama con dosel y se sentó.
Bostezó. No era tan tarde, pero estaba cansada. Se sentía tan tensa como la cuerda de un violín.
Ganado muerto. Jesse está en la ciudad. Maldita sea todo esto.
Ganado muerto. Jesse está en la ciudad. Maldita sea todo esto.Charley se puso de pie y se quitó el cinturón del arma, dejándolo caer al suelo. Le siguieron las botas, la camisa y los pantalones. Retiró las mantas y se subió al mullido colchón, apoyando la cabeza en la almohada. Si pudiera dejar de ver la cara de Jesse y los ojos del desconocido, podría dormir hasta que se le quitaran los nervios.
Se puso boca abajo y golpeó la almohada un par de veces para que se esponjara. ¿A quién quería engañar? No iba a poder dormir.
Puede que Jesse la hubiera engañado hace cinco años, pero no lo iba a hacer ahora. Ella ya no era ingenua. No, esta vez no se enamoraría de él ni de su buena apariencia.
Jesse había hecho una buena figura con su pelo castaño rizado y su sonrisa de niño. Había sido atractivo, sin duda. Podía cautivar a una anciana para que se levantara de su mecedora. Si Charley hubiera sabido que era un estafador cuando lo vio por primera vez metido hasta las rodillas en el arroyo, tratando de salvar a un ternero. Habría ahogado a Jesse allí mismo.
En cambio, ella le había ayudado y había conseguido que le contrataran en el Bar M. Y para las Navidades de ese año, estaban comprometidos. Charley había estado tan emocionada de mostrar a su familia su anillo de diamantes. Había querido morir lenta y dolorosamente cuando su padre le gritó.
—Sólo quiere tu herencia, Charley—. Gerald Mason la señaló con el dedo con furia. — Es un criminal y no es lo suficientemente bueno para ti. No puedo creer lo estúpida que estás actuando.
Charley apretó los ojos. Las palabras de su padre habían salido de su corazón, pero habían sido dichas desde la ira y habían calado hondo. ¿Y qué hacía ella cuando se sentía herida? Actuaba. Se lanzó a Jesse aún más. Planeó una boda en primavera. Luego vio el informe de Pinkerton. Él había estado en prisión por robo y estafa.
Charley se puso de espaldas y miró al techo. Jesse no tenía escrúpulos y, evidentemente, tampoco miedos. Si no le temía a su familia o incluso a la amenaza de más tiempo en la cárcel, ¿cómo iba a deshacerse de él?
Se mordió el labio inferior y probó la sangre. Lo único que Charley sabía con certeza era que alguien había empezado a descuartizar su ganado hacía cinco días, y que Jesse había vuelto al pueblo. No creía que fuera una coincidencia.