1. ¡Huye!
(1997)
Estaba haciendo su maleta, era su última noche en su departamento de estudiante. Contrariando plenamente a las intenciones de su padre, que incansablemente le insistía con que estudiara ingeniería agrónoma o veterinaria, para que se hiciera cargo de la hacienda que sería su herencia. Él quiso estudiar medicina para montar un dispensario médico en el pueblo, lo que quería era ayudar a los más necesitados. Y finalmente Fernando Carvajal había terminado su carrera de médico cirujano.
Tomó el pequeño estuche que se encontraba encima de su mesita de noche, la abrió y volvió a mirar el hermoso anillo de compromiso que había comprado para ella.
Cerró los ojos recordando aquél día de sus últimas vacaciones en la hacienda, cuando por encargo de su madre llevó unas despensas al sacerdote del pueblo.
En la puerta de la iglesia conoció a la mujer más hermosa que había visto en su vida, juntos repartieron las despensas y se hicieron amigos. Entre ellos nació un amor limpio y puro, pero él debía volver a la ciudad, era su último año de internado y sólo le faltaban nueve meses para terminar.
En su última noche en el pueblo se entregaron al amor, Fernando fue el primer hombre en la vida de Mariana, ella era virgen y muy diferente a las mujeres que él conocía en la ciudad.
— Te prometo que en cuanto vuelva nos casaremos — le prometió y no había nada, ni nadie en el mundo, que le hiciera romper esa promesa.
Habían acordado hablar por teléfono una noche a la semana, ella acudía a la tienda del pueblo y le prestaban el teléfono, así Fernando se aseguraba de estar en su habitación, esperándola. Pero al pasar el tercer domingo sin tener noticias suyas, su preocupación fue demasiada. Llamó a la tienda y se alarmó al confirmar sus sospechas: nadie sabía nada, parecía que nadie la había visto en días.
Sin dejar pasar más tiempo guardó el estuche en la bolsa de su chaqueta, tomó su maleta junto a su maletín de médico, y ya lo esperaba un taxi para llevarlo al aeropuerto. Las horas que faltaban para llegar al pueblo serían eternas, en lo único en lo que pensaba era en volver a ver a Mariana.
Su madre le había dicho que iban a preparar una fiesta en la hacienda, todos estaban ansiosos por su regreso, así que pensó en ir a ver a Mariana, para darle su anillo de compromiso y llegar a la fiesta de bienvenida, de la mano de su prometida.
El vuelo tuvo un retraso y los minutos fueron horas, recién se dio el lujo de respirar profundamente cuando el avión aterrizó en el aeropuerto, en Ciudad del Carmen; Campeche, su estado natal. Viajaba con poco equipaje, así que no tuvo que esperar para recoger su maleta, ya sólo faltaban unas horas para volver a verla, sentía que el corazón le saldría por la boca de la emoción.
Abordó un taxi para que lo llevara directamente al Pueblo Mágico, Palizada. Eran poco más de cuatro horas de viaje, así que se armó de paciencia; vio que el pueblo se estaba preparando para las fiestas patrias, todo parecía explotar de color, le pidió al taxista que se detuviera un momento, y se bajó a comprarle flores a su amor.
Las manos le temblaban cuando llegó a la puerta de la casa, era una casa sencilla, ahí vivía Mariana con su abuela, ya que sus padres habían fallecido cuando ella era pequeña, y lo que se sabía sobre su único hermano, era que se había ido desde hacía muchos años a trabajar a ciudad Juárez.
Se le hizo muy extraño ver un listón n***o en la puerta, al parecer estaban de luto, “probablemente su abuela murió” pensó, quizá ese era el motivo por el cuál no le había llamado.
Tocó la puerta y una mujer mayor le abrió, cargaba en sus brazos un bebé recién nacido que lloraba incesantemente, era la abuela de Mariana.
— Señora, mi nombre es Fernando Carvajal, busco a Mariana — dijo nervioso, intuyendo la respuesta y con un nudo en la garganta.
— ¡Ay, muchacho! — La mujer comenzó a llorar — Mi nieta, Mariana, murió hace tres semanas, murió al dar a luz.
Las palabras de la mujer lo golpearon duro, sintió el aplastante peso de la realidad destrozarle el corazón. Y cómo pudo sacó unas palabras.
— No, señora, eso no puede ser, yo, yo le prometí que volvería para casarme con ella, hemos hablado por teléfono durante meses y nunca me dijo que estuviera embarazada — dijo con un nudo en la garganta.
— El parto se le complicó y murió, qué bueno que llegas. Esta pequeñita es tu hija, está ardiendo en fiebre, iba a llevarla el médico en este momento.
La mujer puso a la niña en brazos de Fernando, en cuanto la miró supo que era su hija, no tenía ninguna duda. Por un instante llegó al clímax de sentir la felicidad de ser padre, pero la pena de haber perdido al amor de su vida lo destruía, no podía creer lo que estaba pasando.
— Así te quería agarrar güerito — el frío fierro de un arma de fuego pegado a su nuca lo paralizó, mientras la bebé no paraba de llorar.
— Llévate mi cartera y mis maletas si quieres, pero no nos hagas daño.
— ¿Crees que soy un vulgar ladrón? No te equivoques güerito, yo sólo vine por la chamaquita. Así que dámela y te dejo vivir; o te mato y de cualquier manera me la llevo.
— ¡No te voy a dar a mi hija!
— Sergio por favor, vete, no te puedes llevar a la niña; es tu sobrina, es sangre de tu sangre.
— Este perro fue el culpable de que se me cayera el negocio ¿Sabes cuánto me iban a dar por la Mariana? Ya la tenía apalabrada con un burdel en la frontera, pero llego y la encuentro preñada, y encima se le ocurre morir al parir, así que me llevo a la chamaquita, ya veremos cuanto me ofrecen por ella.
Fernando no podía creer las palabras de ese hombre, era el hermano de Mariana, y había vuelto sólo para llevarse a su hermana y venderla en un burdel. Tenía que hacer algo, no podía permitir que le quitara a su hija ¡no podía permitir que se la llevara por ningún motivo!
Un fuerte golpe se escuchó y el delincuente cayó tirado al piso.
— ¡Huye! vete antes de que despierte y llévate a la niña, no permitas que le haga daño.
Fernando tomó su botiquín y una pañalera que le ofrecía la mujer.
— Tienes que salir por la ventana de atrás, Sergio nunca anda solo, allá afuera debe haber una camioneta con hombres armados, son muy peligrosos vete del pueblo, porque te va a buscar hasta debajo de las piedras.
— Iré directo a la policía para denunciarlo.
— No hijo, no te va a servir de nada, el jefe de la policía es su patrón, vete. Regrésate a la ciudad, y procura que no te encuentre, porque te va a matar.
Fernando salió por la ventana, dejó su maleta porque no podía con todo, sólo tomó su botiquín y a su hija. Salió por la ventana y vio que la mujer tenía razón, afuera estaba una camioneta con hombres armados y una patrulla, los policías parecían muy amigos de los delincuentes.
Corrió durante un rato hasta que llegó a la carretera, la niña no paraba de llorar, seguramente tenía hambre. Descartó la idea de ir a la hacienda, porque seguramente iba a ser el primer sitio en el que lo iban a buscar.
Los autos pasaban y ninguno se detenía, creían que se había robado a la niña.
Ya estaba cansado de correr, tenía que salir de la carretera, o en cualquier momento lo iban a alcanzar, afortunadamente un tráiler se detuvo y le ofreció llevarlo.
El tráiler llevaba un cargamento hacia la ciudad de México, así que el conductor le dijo que podía llevarlo, en medio de tanto caos se sintió aliviado al ver que en la pañalera llevaba un biberón tibio, para alimentar a su pequeña.
— Por favor necesito parar en una farmacia, mi niña tiene fiebre, le aseguro que será rápido.
El conductor se detuvo en un pueblo, Fernando bajó con la niña a la farmacia y compró los medicamentos necesarios para atenderla.
— No te preocupes mi amor, te juro que yo voy a defender a nuestra hija, con mi vida si es necesario. Te prometo que la voy a convertir en una mujer feliz, y tú estarás muy orgullosa de ella.
Con lágrimas en los ojos, abrazando a la pequeña contra su pecho y mirando al cielo, Fernando le prometió a Mariana que velaría por su hija, a quien también llamó Mariana, para honrarlas a ambas…