Nos quedamos en la misma cama, sin hablar, enredados en el silencio, hasta que el cansancio me arrastró. Sin darme cuenta, ya estaba acurrucada en sus brazos. Tenía la cabeza descansando sobre su pecho, su corazón latiendo firme bajo mi oído. Por primera vez me sentí realmente segura, protegida, y bajé todas mis defensas, cerrando los ojos en su abrazo. No noté cuándo el sueño me ganó, pero no fue nada tranquilo. Las pesadillas se colaron en mi mente, como sombras abrazándome y repitiéndome que todo esto era una ilusión, que Alexander seguía teniendo ese lazo conmigo, que no me había soltado nunca. Desperté de golpe, jadeando, empapada en sudor. La habitación estaba apenas iluminada, la Luna llenando el piso con su luz pálida. Mi vista fue directo a la ventana y, justo en ese

