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Ódiame a besos

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Blurb

Casarme con Marcus Blacker no fue un sueño, fue mi condena. Tras la muerte de mi madre, fui entregada a él, un hombre despiadado que no tardó en recordarme mi lugar: el suelo. Después de firmar un contrato matrimonial, me recluyó en su mansión bajo la identidad de una simple criada. Ante el mundo, él estaba casado; ante mí, yo era su secreto mejor guardado y su juguete de limpieza.

Quise resignarme a llevar vidas separadas en la penumbra de su desprecio, pero cuando intenté rebelarme y escapar, Marcus decidió castigarme de la peor manera, arrastrándome a su oficina como su asistente personal. Obligada a respirar su mismo aire, el monstruo comenzó a mutar. Entre órdenes déspotas y miradas cargadas de una posesividad enfermiza, Marcus empezó a poner el mundo a mis pies... reclamando con besos hambrientos a la esposa que juró jamás amar.

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CASARME CON EL DIABLO
ARABELA Casarme con Marcus Blacker era mi condena oficial. Al amanecer, el equipo de estilistas irrumpió en la habitación sin decir palabra. Me ajustaron el corsé hasta dejarme sin aire, acomodaron capas interminables de seda y tul blanco, y cubrieron cualquier rastro de palidez en mi rostro con base y rubor. Me adornaron como a la novia más feliz y codiciada de la ciudad. Pero cuando me miré al espejo, solo vi a la novia más desgraciada del mundo. El trayecto hacia la catedral se sintió como un desfile fúnebre, yo vestida de blanco y el resto de ne**gro. Vi por la ventana que había llegado a mi destino. La puerta del auto se abrió de golpe antes de que pudiera tomar una bocanada de aire. — Deja de poner esa maldita cara de tragedia, Arabela —siseó Vittorio Brambilla, inclinándose hacia el interior con los ojos inyectados en furia—. Tienes a media élite de la ciudad allá adentro murmurando. Si me haces pasar una sola vergüenza, te juro por Dios que te vas a arrepentir. — Quiero ver el comprobante, Vittorio —dije, sosteniéndole la mirada con toda la frialdad que pude reunir, aunque por dentro mis piernas temblaran—. Dijiste que la cuenta del hospital estaría liquidada antes de que yo pusiera un pie en esa iglesia. Necesito saber que cumpliste tu parte del trato. Vittorio soltó una carcajada seca, llena de burla, antes de sacar su teléfono móvil del bolsillo del frac y poner la pantalla a escasos centímetros de mis ojos. — Míralo bien, bastarda. Cero saldo pendiente. Hasta el último centavo de la agonía de tu madre está cubierto por mi bolsa. Deberías agradecerme de rodillas. Te estoy salvando de limpiar pisos y podrirte en la miseria absoluta por el resto de tus días. Porque para eso naciste, ¿no? Para no ser nadie. Pero no iba a permitir que mi verdadera hija, Luciana, arruinara su juventud atándose a un tipo como Blacker. Apreté la mandíbula, tragándome la bilis que me subía por la garganta. — Me estás vendiendo a un monstruo para salvar a tu hija mimada. — Te estoy dando el respaldo de un apellido que no mereces a cambio de asegurar los negocios de esta familia y que tú quedes libre de deudas —replicó Vittorio, tomándome con fuerza del mentón, clavando sus dedos en mi piel—. Así que escucha con atención. Vas a caminar hasta ese altar con la cabeza en alto. Vas a decir que sí. Y vas a complacer a Marcus Blacker en cada orden, cada capricho y cada exigencia que se le ocurra. Si te trata como a un perro, sonríes y aguantas. Intenté zafarme de su agarre, pero él apretó más, con una mirada cargada de veneno. — Y ni se te ocurra pensar en escapar o pedir el divorcio. Si este matrimonio fracasa por tu culpa, no solo haré pedazos lo poco que te queda de dignidad. . . voy a asegurarme de que Jacobo pierda su empleo, su reputación y termine en la cárcel antes del anochecer. ¿Fui lo bastante claro? — Completamente claro —susurré entre dientes, con la garganta seca—. Ahora suéltame. Vittorio me empujó contra el respaldo del asiento con asco, sacudiéndose las manos como si hubiera tocado basura. — Buena chica. Ahora sonríe, que la función está por empezar. Cerró la puerta de golpe y subió las escalinatas hacia la entrada principal. Apenas tuve un respiro para recomponerme cuando una mano tocó con suavidad el cristal del lado opuesto. Al bajar el vidrio, vi el rostro angustiado de Marina, la única empleada de la casa de los Brambilla que jamás me había mirado por encima del hombro. — Mi niña. . . —susurró con los ojos húmedos, tomando mis manos enguantadas de encaje—. ¿Estás bien? Por favor, dime que puedes soportar esto. — Marina. . . no sé cómo voy a salir viva de aquí —confesé en un susurro entrecortado, sintiendo que la máscara se me caía por un segundo. — Escúchame bien, Arabela. Ya hablé con el mayordomo principal de los Blacker. Presentaré mi renuncia formal con el señor Vittorio en cuanto empiece la recepción. Voy a trabajar en la mansión Blacker. No te dejaré sola con esa gente, te lo juro por la memoria de tu madre. Estaré ahí cuidándote las espaldas. — ¿De verdad harías eso por mí? — Se lo prometí a ella antes de morir, y voy a cumplirlo. Tienes que ser fuerte, mi niña. No dejes que te vean quebrarte. . . — Lárgate de aquí. Ahora mismo. La orden cortó el aire como un látigo. Era una voz masculina, profunda, áspera y cargada de una autoridad tan pesada que Marina se estremeció, soltó mis manos al instante y retrocedió con miedo. — Hablamos después, Arabela. . . Dios te cuide —alcanzó a decir Marina antes de alejarse con prisa hacia los jardines laterales. La puerta del coche se abrió de par en par. — Afuera —le dijo con la misma voz al chofer, que ni siquiera se atrevió a voltear la cabeza, simplemente apagó el motor, salió del vehículo y se apartó a varios metros de distancia. El hombre entró al auto y cerró la puerta tras de sí con un sonido sordo y contundente, sumergiendo el interior en una atmósfera asfixiante. Llevaba un impecable traje n***o hecho a la medida, camisa blanca de cuello almidonado y una solapa donde descansaba una gardenia blanca. Su presencia lo llenaba todo. Era alto, de hombros anchos y porte intimidante. Tenía facciones aristocráticas pero duras como como una piedra enterrada en el corazón de la tierra, con una mandíbula cuadrada que permanecía en tensión. Sus ojos eran de un azul pálido, tan gélidos que parecían no albergar ni una pizca de calidez humana. Y en su mano izquierda, descansaba un guante de piel negra impecablemente ajustado. Se inclinó sobre mí con lentitud calculada, invadiendo mi espacio hasta que mi espalda no tuvo más remedio que pegarse contra el cuero del asiento. Olía a cedro amargo y peligro puro. — ¿Quién diablos te dio permiso de subirte a mi auto? —exigí, obligando a mi voz a no temblar a pesar de la cercanía sofocante. El hombre soltó un bufido despectivo, recorriendo mi rostro y mi vestido con una mirada cargada de repulsión. — El auto es mío. La catedral fue rentada con mi dinero. Y a partir de los próximos diez minutos, tú también estarás bajo mi firma. Soy el hombre que se encargará de hacerte pagar cada centavo que Vittorio te pagó por esta farsa. El aire se me atascó en la garganta al comprenderlo todo. — Marcus. . . — Señor Blacker para ti —me cortó con tono cortante, apoyando la mano enguantada contra el respaldo, a escasos centímetros de mi oreja—. No me llames por mi nombre como si tuviéramos confianza. — Me juzgas sin siquiera saber quién soy. — Sé con absoluta precisión quién eres, Arabela —dijo él, bajando el tono de voz a un susurro gélido que me erizó la piel—. Eres una mujer que no dudó en ponerse precio con tal de salvar su miserable vida. Una oportunista que aceptó venderse al mejor postor de la familia Brambilla para no quedar en la calle. ¿Creíste que venías a ser la señora de la alta sociedad? ¿Creíste que ibas a disfrutar de mi fortuna y pasearte en mis eventos? — Yo no te pedí nada de esto. Mi nombre es Arabela Montclaire —le solté, mirándolo directo a los ojos, negándome a bajar la cabeza—. Y no tengo la menor intención de tocar un solo centavo de tu dinero sucio. — Tarde para fingir inocencia y dignidad —se burló, con una media sonrisa perversa que no llegó a sus ojos como un desierto de hielo—. Aceptaste el trato. Vittorio cobró el cheque y yo vine a cobrar mi parte del contrato. Una esposa callada, sumisa y decorativa frente a la prensa, y un adorno que no estorbe dentro de mi casa. Aprende tu lugar desde hoy, Arabela. Porque si crees que vas a tener voz o voto en mi vida, te garantizo que la vas a pasar muy mal. Me acerqué un milímetro más a su rostro, desafiando el espacio que nos separaba. — Serás mi esposo por culpa de un papel legal, Marcus. Pero métete esto en la cabeza: no soy tu empleada, no soy tu esclava y jamás seré tu juguete. Si esperabas a una muñeca rota que tiemble cada vez que alzas la voz, compraste a la mujer equivocada. La mandíbula de Marcus se apretó con tanta fuerza que pude ver el músculo palpitar bajo su piel. Sus ojos azules centellearon con una mezcla peligrosa de sorpresa y furia contenida. — Eso vamos a comprobarlo muy pronto —sentenció con voz queda—. Nadie te va a venir a salvar de mí. Nadie. Las campanas de la catedral comenzaron a repicar con fuerza, marcando la hora exacta del inicio de la misa. Marcus rompió el contacto visual, apartándose con una calma aterradora. Ajustó los puños de su camisa, alisó la solapa de su traje y abrió la puerta sin volver a mirarme. — Entra en cinco minutos. No me hagas esperar en el altar. Odio la impuntualidad casi tanto como odio a los farsantes. Salió del coche y caminó con paso firme hacia las puertas del templo. Me quedé sola en el asiento, con el pulso desbocado y la respiración entrecortada. Tomé el ramo de rosas blancas entre mis manos y apreté los tallos con tanta fuerza que sentí las espinas traspasar la tela fina de mis guantes. El dolor me sirvió para anclarme a la realidad. Abrí la puerta, bajé del auto y subí las escaleras. El velo ondeó suavemente con la brisa mientras me abrían las inmensas puertas de madera de par en par. La marcha nupcial estalló en el aire. Cientos de cabezas giraron al unísono, clavando miradas de curiosidad, envidia y juicio sobre mí. Pero a mí no me importaba ninguno de ellos. Al final del largo pasillo alfombrado, bañado por la luz tenue de los vitrales, estaba Marcus imponente, vestido de luto para su propia boda, esperándome con los ojos clavados en mí como un depredador acechando a su presa. Tragué saliva, levanté la barbilla y di el primer paso hacia el altar. Marcus Blacker quería una guerra, y no pensaba ponérsela nada fácil.

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