A la mañana siguiente, Dante se despertó muy temprano, justo cuando su alarma sonó, tenía algunos asuntos de trabajo por resolver y aunque la suave respiración de Emma lo invitaba a quedarse un poco más de tiempo entre las cobijas, no podía hacerlo, así que a regañadientes se puso en pie y fue hacia el bañó. Una vez allí, se desvistió, abrió el grifo del agua caliente y se metió debajo del chorro. El hombre se tomó su tiempo para bañarse, enjabonarse y enjuagarse, le gustaba pensar estando bajo el agua, era algo terapéutico. Al escuchar el agua correr tan cerca de ella, Emma abrió los ojos y se incorporó enseguida. –¿Dónde demonios estoy? – se cuestionó, mirando para todos lados, durante algunos segundos le costó reconocer que aquella era la habitación de su esposo – ¿Qué hago aquí?

