El sol se había retirado de la Ciudad de México, quizás avergonzado por lo que atestiguaba. Era la hora de los lobos y los depredadores, y Valentina Morales, vestida de un n***o que absorbía toda la luz, era la más peligrosa de todos. Su traje, de corte asimétrico y sin espalda, era una armadura de seda que apenas contenía la promesa de su piel.
Esta no era una cita, sino una ejecución disfrazada de cena. El senador Augusto Rueda, alias "Gus", la esperaba en Le Magnifique. Gus era el tipo de hombre que usaba la etiqueta para ocultar sus apetitos, pero Valentina había visto el alma sucia que escondía bajo los trajes Brioni.
—Valentina, nunca dejo de asombrarme —dijo, la voz espesa por la segunda copa de vino. Intentó una sonrisa, pero sus ojos delataban un terror contenido—. Es un privilegio estar aquí contigo.
Ella deslizó la mano por la mesa y tomó el cuchillo para la mantequilla. Lo miró fijamente, con los ojos verdes destellando, antes de devolver el cuchillo a su sitio.
—El privilegio fue mío, Gus —dijo con suavidad, inclinándose hacia él—. Fue un privilegio atestiguar tu… rendición.
El golpe fue más efectivo que cualquier látigo. El senador se quedó inmóvil, la boca seca. Él sabía exactamente a qué se refería: la infame Sesión de dominación. Un fin de semana que él creyó secreto y que Valentina había convertido en su mayor debilidad.
—Tú no necesitas hacer esto Val, no necesitas trabajar. Un hombre podría tenerte en un ático, rodeada de diamantes. Yo podría…
—¿Un hombre podría darme todo? —Lo interrumpió, ladeando la cabeza como un ave de presa. Su voz era un ronroneo bajo, diseñado para desmantelar su ego—. El problema es que a ti no te gusta dar, Gus. A ti te gusta que te quiten.
Se acercó un poco más, reduciendo la distancia que la separaba del político.
—Hablemos de negocios. Es hora de que sepas por qué invertí tanto tiempo y esfuerzo en el juego de humillación. ¿Recuerdas los videos, Augusto? Ese pequeño set de películas caseras que tu esposa y tus votantes no están listos para ver.
Gus intentó encender un cigarro, la mano temblándole.
—Ya no tienes ese material. Me lo entregaste. A cambio de mucho dinero, no lo olvides.
—¿El que te di? Oh, claro. Pero hablamos de la versión sin cortes. La que se enfoca en esa Dominatrix que contraté, que te tenía arrodillado. La que muestra tu rostro sudoroso en primer plano, suplicando, me asegure de que la lluvia dorada cayera justo donde te excitaba y en el plano del video que yo necesitaba. No es solo que te guste que te orinen, Gus. El placer privado es una cosa, pero apuesto que no soportarias la vergüenza de ser un aspirante a gobernador sometido como un perro a mi placer.
El recuerdo inundó al senador. Ella estaba ahí, viéndolo humillarse. Y esa era la parte más erótica y aterradora de todo.
—Estás en campaña, Gus. ¿Qué pensaría la prensa de un hombre que se somete a ese tipo de juego? ¿Qué pasaría si la gente viera esa toma, la más pecaminosa de todas, donde te ves suplicarme para obtener los azotes que te excitan tanto?
Ella dejó que la imagen se grabara en la mente del senador. El arma no era el sexo, sino el control total.
—Quiero que retires el apoyo legislativo al nuevo proyecto de seguridad. Mañana, votas en contra. No te abstienes, votas en contra. Sepárate del cartel rival. Necesito que ese proyecto muera. Si lo haces, tus videos de golden shower se quedan en mi bóveda privada. Si no lo haces, la carrera de gobernador que tanto anhelas será reemplazada por una nota en primera plana titulada: “El Gusano de Polanco: Orinado por el Poder”.
Gus apenas pudo asentir.
—Hecho. Solo… dame algo de tiempo.
—Mañana. Al mediodía. Me llamas para confirmarlo.
Valentina sonrió, una sonrisa de victoria que no tenía nada de dulce. Se despidió con un beso en la mejilla, dejando un rastro de su perfume de jazmín y algo más, algo parecido a la pólvora.
Mientras Valentina desmantelaba la vida de un político en un salón de lujo, Matías Herrera supervisaba el latido de su propio imperio en Ciudad Juárez. El Residencial Las Cumbres era su joya, su tapadera de millones de dólares.
En la sala de control temporal, Matías revisaba los balances, las cifras entrando como inversión extranjera. Cada número era un triunfo sobre la ley. Él era un arquitecto, sí, pero no de edificios; sino del vacío legal.
Su mente, sin embargo, no estaba en las cifras. Estaba en la imagen mental de Valentina. Una mujer que jugaba tan duro como él, o incluso más. Una mujer que no se inmutaba.
Su teléfono vibró en su bolsillo, un código que solo él entendía. El mensaje de Valentina.
“Sobreviví a la cena aburrida. Sobreviví, ¿Tú? ¿Tu proyecto de "llevar gran lujo a Juárez" va bien?”
Matías se rió en voz baja, un sonido gutural.
“Juárez tendrá más lujo que cualquier ciudad de México. Pero el esfuerzo me ha dejado anhelando un descanso. Y mi mente, mi mente solo quiere algo sucio que no sea papel mojado.”
Valentina sintió la urgencia, la necesidad en sus palabras,
“Yo también quiero algo así, Matías. Algo que me tome y me descontrole.”
El mensaje le atravesó la calma. Era la primera vez que ella se rendía. Una confesión de que necesitaba a alguien tan peligroso como ella para que la hiciera temblar.
“Mañana. Ocho. Mi departamento aquí en Juárez. Vístete para que sea fácil quitarte la ropa. Quiero saber si todo ese control que manejas en tu vida se rompe cuando mi boca está en tu muslo. Quiero ver tu poder derretirse, Valentina.”
Ella no dudo, sintió tenerlo donde quería.
“Acepto. Pero no prometo no morder, Arquitecto.”
Valentina guardó el teléfono, una sonrisa oscura en sus labios. El juego de poder de la noche había terminado. Ahora comenzaba el juego de carne. Ella estaba necesitada de descubrir el tipo de obscenidad y placer que solo otro monstruo podía ofrecerle.
Matías dejó su tableta sobre la mesa, el corazón latiendo con la cadencia de una promesa violenta. Dos depredadores se preparaban para devorarse. El departamento en Juárez iba a ser el escenario de una explosión.