CAPÍTULO 6: CONTACTOS DE SANGRE

1284 Words
La Ciudad de México vibraba bajo un manto de luces de neón y el rugido sordo de una fiesta que parecía no tener fin. En el exclusivo penthouse de un hotel en la zona de Polanco, el aire estaba saturado de humo de tabaco caro, perfume de diseñador y el olor metálico de la adrenalina. La música de banda y corridos retumbaba en las paredes, celebrando el éxito rotundo del concierto de Kevin Paz, el nuevo ídolo del regional mexicano que movía millones, tanto en la radio como en las cuentas de gente que nadie quería mencionar. Entre la multitud de modelos, guardaespaldas con caras de pocos amigos y empresarios de dudosa procedencia, destacaba ella: Camila Torres. A sus veinticinco años, Camila era la antítesis de la delicadeza. Con sus 1.65 metros de estatura y un cuerpo atlético forjado en años de supervivencia y entrenamiento, se movía por el salón con la agilidad de una pantera. Su cabello castaño, salpicado de highlights rubios en un corte asimétrico moderno, le caía sobre un rostro de belleza ruda. Sus ojos cafés, profundos y expresivos, cargaban con la lealtad de una hermana y el dolor sordo de quien ha visto demasiado. En su hombro derecho, asomando bajo el tirante de su top de cuero n***o, un tatuaje de mariposa parecía querer alzar el vuelo desde su piel morena clara. Camila no estaba ahí por la música. Era la mano derecha de Valentina, su única familia real desde aquellos días oscuros en el orfanato donde juraron que el mundo nunca volvería a pisotearlas. Mientras Valentina era el bisturí de seda, Camila era el mazo de hierro. —¡Otra ronda, carajo! —gritó Kevin Paz, tambaleándose con una botella de tequila en la mano. Kevin era joven, arrogante y estaba en la cima. Su camisa de seda estaba desabrochada hasta la mitad del pecho, revelando cadenas de oro macizo. Miró a Camila con ojos vidriosos, inyectados en sangre por el alcohol y algo más. —Ven acá, preciosa… tú no has bailado conmigo —le espetó él, rodeándole la cintura con un brazo pesado. Camila le dedicó una sonrisa de labios cerrados, una que irradiaba una mezcla de elegancia urbana y rebeldía contenida. —Bailemos en un lugar donde no haya tanta gente, Kevin. Me marean tantos aplausos —susurró ella al oído del cantante, rozando su lóbulo con los labios. El cantante soltó una carcajada ronca y asintió a sus hombres para que los dejaran solos. Se dirigieron a una habitación privada al fondo del pasillo, un santuario de terciopelo rojo y luces tenues donde el ruido de la fiesta llegaba solo como un latido lejano. Una vez dentro, Kevin cerró la puerta con seguro y se desplomó en un sillón de piel. Estaba más ebrio de lo que aparentaba; su coordinación fallaba y su respiración era pesada. —Eres… eres mucha mujer, Camila —balbuceó, tratando de enfocar la vista en las curvas de la joven. Camila no perdió el tiempo. Con movimientos lentos y calculados, se deshizo de su chaqueta de mezclilla, dejándola caer al suelo. Luego, de espaldas a él, bajó el cierre de su top, revelando la firmeza de su espalda y el tatuaje que subía por su hombro. Se giró lentamente, quedando solo en un conjunto de lencería de encaje n***o que contrastaba violentamente con su piel morena. —Te ves cansado, Kevin. Tanta fama debe agotar —dijo ella con voz aterciopelada. Caminó hacia el minibar de la habitación. Sirvió una copa de coñac, el favorito del cantante. De un compartimento oculto en su brazalete de plata, extrajo una pequeña tableta transparente. Con la habilidad de una prestidigitadora, la dejó caer en el líquido ámbar. Se disolvió al instante. —Bebe esto. Te pondrá en el estado exacto que necesitamos —dijo Camila, sentándose en su regazo. Kevin, obnubilado por el deseo y el efecto del alcohol, tomó la copa y la vació de un trago. La miró con lujuria, tratando de meter la mano entre los muslos de Camila, pero sus dedos empezaron a perder fuerza. Sus párpados se volvieron pesados, como si toneladas de plomo colgaran de ellos. —Me siento… raro… —alcanzó a decir antes de que su cabeza cayera hacia atrás, roncando profundamente. Camila esperó treinta segundos, observando el ascenso y descenso del pecho del cantante. Estaba fuera de combate. Se levantó de su regazo con un gesto de asco, sacudiéndose el rastro del contacto. Buscó en los bolsillos del saco de Kevin hasta encontrar su teléfono, un modelo de última generación con carcasa de oro. Estaba bloqueado. Con calma, tomó la mano derecha del cantante, que colgaba inerte hacia el suelo, y presionó el pulgar contra el sensor. Un clic casi imperceptible anunció el éxito. El dispositivo estaba abierto. Camila se sentó en el borde de la cama, la luz de la pantalla iluminando su rostro concentrado. Entró en la agenda de contactos. No buscaba números comunes; buscaba las líneas directas, los alias que solo se usaban para coordinar envíos y "limpiezas". Sus dedos volaron sobre la pantalla. Encontró lo que necesitaba: "El Viejo de la Sierra", "Contacto 57-J" y, lo más importante, el número privado de un enlace de inteligencia que Valentina sospechaba que trabajaba para ambos bandos. Eran los números de las personas en específico que La Madrina exigía para completar el rompecabezas de Matías. Con un dispositivo de clonación rápido, extrajo la base de datos completa y los registros de llamadas de las últimas 48 horas. Cada segundo contaba. Afuera, la música seguía retumbando, pero el silencio dentro de la habitación era absoluto, interrumpido solo por los ronquidos pesados de Kevin. Una vez que la barra de progreso llegó al 100%, Camila guardó el dispositivo de clonación en su bolso y bloqueó el teléfono de nuevo. Lo dejó exactamente donde lo había encontrado, en el bolsillo del saco de Kevin, asegurándose de que la posición del cuerpo del cantante pareciera la de alguien que simplemente se había pasado de copas. Camila comenzó a vestirse con una parsimonia irritante, disfrutando del silencio de la victoria. Se puso el top, subió el cierre con un gesto seco y se colocó la chaqueta. Se miró al espejo, retocándose el labial rojo oscuro, la mirada dura y decidida. Salió de la habitación con paso firme pero sin prisa. En el pasillo, uno de los guardaespaldas de Kevin la miró con una sonrisa maliciosa. —¿Ya terminaron, preciosa? ¿Tan rápido se cansó el jefe? —preguntó el hombre, bloqueándole el paso. Camila le devolvió una mirada cargada de desprecio, esa que prometía violencia si el hombre se atrevía a tocarla. —Tu jefe está durmiendo como un bebé después de lo que le hice. No lo despiertes si quieres conservar tu empleo… o tus dientes —respondió ella con una frialdad que hizo que el guardaespaldas diera un paso atrás. Regresó a la fiesta. Se sirvió un trago de vodka puro y se quedó en la barra unos quince minutos más, observando a la gente, riendo con un grupo de modelos y asegurándose de ser vista por las cámaras de seguridad en una actitud relajada. No podía dejar rastro de urgencia; la sospecha era el primer paso hacia la tumba en este negocio. Finalmente, se despidió de un par de conocidos con un gesto casual y salió del hotel. La brisa de la noche en Polanco le dio en la cara, refrescando su piel. Caminó un par de cuadras hasta donde había dejado su motocicleta, una Ducati negra que rugía como una bestia herida. Se puso el casco, ocultando su rostro castaño y sus ojos de fuego. Arrancó, perdiéndose en el tráfico de la ciudad.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD