CAPÍTULO 5: PRIMERA CITA

1579 Words
El restaurante se llamaba Aurum, y no era un lugar, era una declaración. Estaba escondido en el piso cuarenta y tres de una torre de cristal en Paseo de la Reforma. No tenía letrero ni página web; solo clientes con la invitación adecuada podían atravesar sus puertas negras y acceder a un salón iluminado con lámparas de cobre suspendidas sobre mesas de mármol blanco pulido. Cada rincón olía a trufa negra, a vinos franceses viejos y al tipo de dinero que no necesita hablar. Matías había reservado la mesa más codiciada, la que estaba junto al ventanal. Desde allí, la Ciudad de México se desplegaba como un mar de luces interminable, vibrante, caótico. Él llegó primero, impecable en un traje n***o de corte italiano que se ajustaba a su torso con la precisión de una segunda piel. El reloj de platino brillaba bajo la tenue iluminación, el único destello frío en la oscuridad. Cuando Valentina apareció, no fue la luz, sino su ausencia lo que atrajo todas las miradas: vestido de seda color champaña, resbalando sobre sus curvas, hombros y clavículas al descubierto, labios pintados en un burdeos profundo que era casi una herida abierta. Era el tipo de mujer que no necesitaba anunciar su entrada; bastaba con caminar para alterar la gravedad. —Llegas justo a tiempo —dijo Matías levantándose para recibirla, un gesto de cortesía de otro siglo. Le ofreció la mano, pero ella inclinó apenas la cabeza, permitiendo que él se acercara lo suficiente como para besarle la mejilla. El roce fue leve, apenas un soplo de su aliento, pero dejó un temblor invisible, eléctrico, en el aire. La cena comenzó con un Brunello di Montalcino, oscuro y complejo como los silencios de Matías, y un intercambio de cortesías que pronto derivó en la peligrosa danza de las confidencias. —Mis padres murieron cuando tenía veinte —dijo Matías, con la voz baja, mirando el reflejo de la ciudad en la copa, como si buscara un rostro—. Un accidente, oficialmente. En realidad, alguien decidió que no cooperar con ciertos negocios era imperdonable. Fue una ejecución limpia. Valentina inclinó la cabeza con un gesto que parecía compasión, pero que en realidad era análisis. Sabía que la historia estaba editada, filtrada, pero el dolor subyacente era auténtico en su tono. Era su verdad, la que usaba para justificarse. —Debiste sentirte muy solo. Y lleno de rabia. —Sí —admitió él—. Solo y furioso. Me robaron la inocencia. Pero aprendí que la vida no espera a nadie. Si quieres sobrevivir, tienes que construir tus propias murallas, y si es necesario, derribar las de los demás. Ella lo observó con intensidad. Sintió, por un instante, que detrás de la fachada de CEO y criminal había un niño herido que aún sangraba en silencio. Justo lo que la carpeta decía: su trauma era su motor. —Yo también crecí sin padres —confesó ella, inventando solo la mitad de su historia—. Mi madre murió cuando era niña. El orfanato fue mi casa hasta que entendí que, si quería algo, debía tomarlo. Nadie iba a regalarme nada, y la necesidad me enseñó a ser... voraz. Matías la miró como si reconociera un espejo, no de sus mentiras, sino de su esencia. —Entonces sabes lo que significa levantarte sola. Y lo que cuesta confiar. —Y el costo de no hacerlo —añadió Valentina. El silencio que siguió no fue incómodo. Fue una corriente eléctrica tendida entre ambos, una línea de alta tensión que ambos deseaban cruzar. La cena continuó con platos que nadie probó demasiado. Hablaban de viajes, de ciudades, de arte. Ella lo escuchaba describir un proyecto de construcción en Berlín y él parecía fascinado con sus relatos de islas griegas. La diferencia esa noche fue que cada palabra, real o inventada, los acercaba más, desmantelando capa a capa el control. Al final, Matías pidió un coche blindado de la compañía para llevarla a su penthouse en Polanco. El ascensor privado los dejó en un piso entero convertido en un santuario de lujo minimalista: paredes de mármol oscuro, ventanales de piso a techo, una cava de vinos que parecía un museo. —Bonito escondite —comentó Valentina, caminando descalza sobre la alfombra persa después de quitarse los tacones. —No es escondite —respondió él—. Es el único lugar donde no tengo que usar una máscara. Es lo más parecido a un hogar que tengo. Se quedaron de pie frente a la ventana, la ciudad extendida como un tapiz de luces bajo ellos. Matías se acercó despacio, lento, hasta que el aire que exhalaba rozó la nuca de ella. —Quiero besarte —murmuró, su voz rasposa contra su piel. Valentina pensó en La Madrina, en su misión, en la carpeta con información de su nuevo trabajo. Pero en ese instante, cuando los labios de Matías rozaron los suyos, lo olvidó todo. La profesional se desvaneció. El beso fue profundo, urgente. Una confesión silenciosa. Él la sostuvo de la cintura con una firmeza que prometía romperla, y ella rodeó su cuello con los brazos, aferrándose. Se devoraron como dos que habían esperado demasiado tiempo, no solo para besarse, sino para encontrarse. Matías la llevó contra la pared de cristal, su cuerpo presionando el de ella, besándola con la violencia contenida que había visto en el sitio de construcción. Sus manos recorrieron su espalda, bajaron por sus curvas con hambre antigua. Ella gimió, un sonido gutural, cuando él atrapó uno de sus pezones bajo la tela fina del vestido y lo apretó con firmeza posesiva. Ella misma bajó el cierre de la seda, sintiendo el frío del metal en su piel. El vestido cayó con un susurro hasta la cintura, y sus pechos quedaron al descubierto, erguidos, con los pezones endurecidos. Matías los tomó con las manos, los besó, los mordió suavemente mientras ella arqueaba la espalda, ofreciéndose. —Ohhh… sí… —su voz se quebró en un jadeo. El traje de él fue despojado con torpeza y deseo, los botones desprendiéndose sin cuidado. En segundos quedó con la camisa abierta, músculos tensos, cicatrices ocultas en hombros y costillas revelando el pasado de violencia que ella buscaba. Ella se excitó con la vista del poder desatado. Matías la llevó hacia la cama king size, empujándola con suavidad forzada hasta hacerla caer entre risas ahogadas. Él se desnudó de un tirón, dejando al descubierto un cuerpo poderoso, marcado por la disciplina y el hierro. Valentina lo observó con los labios entreabiertos. Matías separó sus muslos, deslizó las manos por la cara interna de sus piernas hasta encontrar la humedad que ya empapaba su diminuta ropa interior. —Estás tan lista para que te tome... —susurró, retirando la tela con un movimiento brusco que fue posesivo y rápido. Se inclinó, no para suplicar, sino para tomar. La lamió lenta, profunda, desde el inicio de su sexo hasta el clítoris. Su lengua era firme, los movimientos circulares, la succión que arrancaba gemidos cada vez más altos, más desesperados. —¡Ahhh, Matías…! —Valentina arqueó la espalda, apretando las sábanas con sus puños. Él no se detuvo. Penetró con dos dedos al mismo tiempo que succionaba su clítoris con una fuerza precisa. —¡Ohhh Dios… sííí…! —gritó ella, el orgasmo llegó como un relámpago, haciéndola temblar, mojarse, perder la noción de misión y mentira. Fue real. Y fue suyo. Pero Matías no había terminado. Se colocó sobre ella, su m*****o duro y palpitante alineado contra su entrada. La penetró de un solo empuje, profundo, haciéndola gemir con un ahhh ronco y gutural. —f**k… estás tan apretada... —jadeó él, hundiéndose una y otra vez con el ritmo de un hombre acostumbrado a exigir y a tomar. El ritmo fue intenso, sin tregua. Ella lo envolvía con las piernas, lo arañaba en la espalda, lo besaba como si no existiera mañana, sintiendo la verdad de su cuerpo más allá del guion. —¡Más… más fuerte! —gimió ella, la voz rota por el placer, sorprendiéndose de cuánto lo deseaba en realidad. Los cuerpos chocaban con fuerza, el sonido húmedo llenaba la habitación, un ritmo primitivo contra el mármol y el cristal. Matías la volteó con un movimiento rápido, poniéndola en cuatro, la postura de la sumisión absoluta. La tomó de las caderas con fuerza y la embistió con violencia rítmica, la cabeza de él hundida en su cuello. —Ahhh, ohhh sííí… ¡así! —Valentina gritaba, perdida en el placer, en la dominación, en el crack de su control. Matías inclinó su torso sobre ella, la mordió suavemente en el hombro, una marca de posesión, mientras la seguía penetrando con brutal cadencia. Ella temblaba, gemía sin control, la mezcla de dolor y éxtasis la consumía. El clímax llegó al unísono. Ella explotó con un gemido largo, convulsiones recorriendo su cuerpo. Él se enterró hasta el fondo, gruñendo, derramándose dentro de ella con un rugido gutural, el final de su dominio. Quedaron exhaustos, sudorosos, enredados en las sábanas de lino egipcio. Valentina, con la respiración entrecortada, recordó de golpe que todo aquello era trabajo. Una misión. Una trampa cuidadosamente planeada. Pero mientras sentía el latido del corazón de Matías contra su pecho, supo que la mentira no solo estaba cediendo, sino que estaba siendo reemplazada. Por primera vez en años, el placer no había sido actuación. Había sido real. Y eso la convertía, a su vez, en la presa.
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