CAPÍTULO 4: EL ENCUENTRO

1294 Words
El lobby del Hotel St. Regis en Ciudad de México brillaba esa noche con la luz dura del dinero sucio. No era elegante, era una exhibición descarada. Arañas de cristal colgaban sobre un mar de trajes oscuros cortados a medida, vestidos entallados hasta el desafío, copas de champagne que tintineaban al compás de conversaciones en varios idiomas. Este evento de networking reunía a arquitectos, inversionistas y celebridades del mundo inmobiliario. Pero la verdad se olía en el aire: detrás de cada sonrisa blanca y cada brindis había contratos sucios, proyectos inflados y la promesa de expandir imperios sin importar el coste. Nadie estaba allí por el arte de construir; todos buscaban el poder de la destrucción controlada. Valentina Morales apareció en medio de ese circo con la naturalidad insolente de una diosa bajando entre mortales. Llevaba un vestido verde esmeralda que parecía haber sido fundido sobre su cuerpo, abrazando su figura como una segunda piel. Los labios pintados en un rojo profundo y el cabello azabache caía en ondas brillantes hasta la mitad de su espalda. No necesitaba acreditación: bastaba con que su mirada fría recorriera la sala para que el personal abriera su camino como si fuera la invitada de honor. Su cubierta era impecable, un escudo de oro. Influencer de lifestyle y viajes, con colaboraciones en diseño de interiores. Tenía en su cuenta de i********: cientos de fotografías que la mostraban en villas italianas, hoteles boutique de Bali, terrazas de Manhattan, todo tan perfecto que parecía la mentira más aburrida del mundo. Era su obra de arte más calculada, un escaparate que abría puertas que de otra forma permanecerían selladas con plomo. Esa noche, la puerta que quería abrir era un hombre. Matías Herrera, CEO de Herrera Construcciones, hablaba en un pequeño círculo de empresarios junto a una maqueta de vidrio y acero. Traje azul marino hecho a la medida, sin una arruga, corbata discreta. La mandíbula marcada por una sombra de barba de tres días que parecía cuidadosamente rebelde. Sus ojos miel recorrían la sala con la calma perezosa del depredador que ya cenó: observaba a todos, pero dejaba que los demás creyeran que lo estaban evaluando a él. El poder le permitía la pasividad. Valentina se acercó con la copa de champagne en la mano, la sonrisa estudiada en el ángulo perfecto: interesada, no necesitada. —Disculpen que interrumpa su negocio —dijo en tono ligero, dirigiéndose al grupo—. Soy Val Morales, trabajo con contenido de viajes y arquitectura para plataformas digitales. Y no pude evitar notar la maqueta. ¿De quién es?. Las miradas de los otros empresarios se iluminaron, más por el escote —un abismo perfectamente controlado— que por su interés. Pero fue Matías quien respondió, inclinando apenas la cabeza, un gesto que reconocía su audacia. —Mía. Bueno, de mi firma. Estamos desarrollando un complejo en Ciudad Juárez, inspirado en sostenibilidad y en integración con el paisaje urbano. Valentina fingió sorpresa genuina, acercándose lo suficiente para que el aroma a madera quemada y cuero de su perfume de nicho se mezclara con el aire denso alrededor de Matías. —Increíble. Siempre he pensado que los edificios no son solo concreto. Cuentan historias, como si fueran retratos de la época que los vio nacer. La de ustedes huele a acero, a dinero rápido. Matías la observó entonces con verdadera atención, y ella sintió el peso de esa mirada como una mano fría en su vientre. No fue solo su belleza lo que lo atrapó, sino la inteligencia insolente en la frase. Había escuchado a decenas de mujeres halagar sus proyectos con clichés baratos; ella había dicho algo distinto. Algo que sonaba peligroso y auténtico. —¿Retratos de la época? —repitió, intrigado, sus ojos escaneándola lentamente, desde la curva de su cuello hasta la punta de sus tacones—. ¿Y qué historia contarían tus viajes, Srita. Morales? Valentina sonrió, una victoria interna. Había logrado lo que quería: su atención exclusiva. Sintió la oleada de poder caliente que siempre venía cuando un hombre fuerte cedía la iniciativa. —Que busco belleza en cada rincón del mundo, aunque a veces la encuentre en lugares rotos, en la cara de la gente que lo perdió todo. Que la gente necesita espacios para sentirse vivos, aunque sea por un instante. Yo no busco lo lujoso, busco lo puro y especial. Él asintió despacio, lento. La química se instaló entre ellos como electricidad invisible. Los otros empresarios, hombres acostumbrados a conversaciones sobre balances bancarios, se sintieron incómodos por la intensidad silenciosa de la conversación, que parecía más un juego de apareamiento que una negociación. Con pretextos de llamadas y contactos, se excusaron. En segundos, Matías y Valentina quedaron solos junto a la maqueta. —Me gusta tu forma de ver las cosas —dijo Matías, bajando el tono de voz hasta hacerlo privado, cómplice—. No es común escuchar a alguien hablar de arquitectura como si hablara de poesía. O de un puto funeral. —Tal vez porque viajo para sentir, no solo para mostrar —respondió Valentina, mirándolo directo a los ojos. Sabía que si parpadeaba primero, perdía el primer asalto. El silencio se volvió denso, lleno de matices sexuales. Ella jugó con el tallo de su copa; él, con el botón del saco, una tensión apenas disimulada. Ambos sabían lo que estaba ocurriendo: un reconocimiento mutuo, peligroso, inevitable. Él era el asesino del túnel y ella, la ladrona de almas de La Madrina. Y se atraían como dos polos opuestos cargados con la misma electricidad. Valentina, sabiendo que debía mantener su papel, sacó su teléfono con naturalidad. —Me encantaría colaborar en algo contigo. Mostrar tus proyectos desde otra perspectiva. ¿Te parece si nos seguimos en redes? Así tengo tu contacto profesional. Matías tomó el dispositivo, sus dedos rozaron los de ella, y la breve fricción fue un escalofrío. Escribió su número directamente en los contactos, ignorando el protocolo de las r************* . —No soy muy de redes. Pero puedes llamarme aquí. Soy un hombre de contactos directos. Le devolvió el teléfono con una sonrisa torcida, esa que parecía esconder secretos brutales y, al mismo tiempo, invitaba a la locura de descubrirlos. Ella guardó el teléfono en su bolso, pero la sensación en su pecho no era la de una simple jugada cumplida. Había un fuego extraño, un calor familiar y peligroso que no controlaba. La música de jazz en vivo subió de volumen, volviéndose más lenta, más íntima. Matías extendió la mano hacia ella, la palma abierta, casi como un reto silencioso de sumisión. —¿Bailamos, Val? Valentina aceptó. En el centro del lobby, rodeados por mesas de mármol y copas relucientes, se movieron al compás lento de la melodía. Él la acercó, no con ternura, sino con una firmeza que era una declaración de propiedad. Su mano se posó en la parte baja de su espalda, justo donde el vestido se volvía más ajustado. Sus cuerpos se acercaron más de lo que la formalidad permitía, la tela de sus trajes apenas raspándose. Sus respiraciones se mezclaron, sus ojos no se apartaron en ningún momento, el de ella midiendo la amenaza, el de él saboreando la inminente rendición. Cuando terminó la canción, Matías inclinó la cabeza, su boca peligrosa cerca de su oído. Su aliento cálido le erizó la piel. —Cenemos mañana. Quiero seguir escuchando tus historias. Y quiero ver qué más ocultas debajo de la seda. Valentina asintió, sonriendo con esa mezcla de dulzura y peligro que había perfeccionado. —Será un placer, Matías. Se separaron, cada uno regresando a su mundo, pero con el número del otro ardiendo en sus teléfonos y la certeza de que su primer encuentro había sido un duelo que apenas comenzaba.
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