CAPÍTULO 3: EL OBJETIVO

1293 Words
El sol de Ciudad Juárez caía con una violencia casi bíblica, no sobre el terreno, sino sobre la conciencia misma. Era un calor seco, brutal, que prometía deshidratación y castigo. El proyecto llevaba el nombre pomposo de Residencial Las Cumbres, un complejo de torres modernas con áreas verdes y la promesa de "un estilo de vida de élite". Era un monumento a la fachada: bajo la losa de concreto, a treinta metros de profundidad, cuadrillas de hombres trabajaban día y noche en la excavación de un túnel que algún día conectaría discretamente con la frontera. Un agujero n***o para el tráfico de armas y droga. Matías Herrera caminaba entre cascos amarillos y chalecos fluorescentes como si estuviera en un desfile militar, pero de un ejército fantasma. Su traje gris era impecable, la tela fina sin una sola mancha de polvo. Llevaba un reloj Patek Philippe ajustado a la muñeca, una pequeña máquina de oro que marcaba el tiempo con la precisión de un verdugo. Su mirada, sin embargo, era lo que medía el valor de cada hombre, de cada obrero, como si fueran piezas intercambiables en una gigantesca fábrica de muerte. No levantaba la voz, no lo necesitaba; todos callaban apenas percibían la sombra alargada de su autoridad. —Los planos dicen cuatro metros de ancho —comentó con frialdad al ingeniero jefe, mostrando la tableta en su mano. La pantalla proyectaba la imagen de la excavación. El brillo azul iluminó la dureza de sus pómulos—. Aquí hay tres. ¿Dónde se jodieron el restante? El ingeniero, un hombre que se creía duro, tragó saliva con un sonido audible, consciente de que no se trataba solo de números en un plano. Se trataba de un agujero en la cuenta de Matías. —Hubo retrasos con el equipo, patrón. Una de las mezcladoras se dañó y… tuvimos que improvisar. Matías lo interrumpió con una leve inclinación de cabeza, un gesto que valía más que un grito. Dos hombres armados, con los brazos tan gruesos como troncos de árbol, se acercaron en silencio. El ingeniero palideció. Supo que acababa de firmar su sentencia de muerte profesional y, posiblemente, la real. —Aquí no me interesa la mecánica de tus excusas —dijo Matías, su voz de un control mortífero—. Solo el resultado. Si no puedes manejarlo, habrá otro que sí, y él se ocupará también de tu familia. Los guardias lo apartaron sin necesidad de violencia visible. La lección estaba dada: en el mundo de Matías Herrera, los errores no se discutían, se erradicaban. El CEO caminó después hacia una bodega improvisada en el terreno, una estructura metálica que crujía bajo el sol. Dentro, cuatro hombres esperaban sentados, esposados a sillas metálicas, sus muñecas ya sangrando por el forcejeo. Rostros hinchados, labios partidos, sudor corriendo por la frente y goteando en el piso sucio. Eran parte de la cuadrilla encargada del transporte de materiales de contrabando; habían tenido la brillante idea de desviar un cargamento de armas hacia un comprador independiente, convencidos de que nadie lo notaría. Matías cerró la puerta con una calma que lo hacía más temible que cualquier bestia. El silencio se volvió asfixiante. Sacó de su saco un cuchillo táctico de hoja ancha, lo observó como si apreciara una pieza de arte macabro, y luego lo dejó sobre la mesa de acero. —Ustedes creen que este negocio se construye sobre dinero —dijo, su voz baja, casi didáctica, resonando en la pequeña bodega—. Pero no. Se construye sobre disciplina. Sobre miedo. Sobre confianza. Y cuando uno de ustedes roba, aunque sea una caja, todo el sistema se pudre. La lealtad es un músculo, y si no se ejercita con sangre, se atrofia. Uno de los hombres, el más joven, rompió a llorar, un sollozo ahogado, desesperado. —Señor, fue un error, le juro por mi madre, yo… yo solo quería… Matías lo observó, sus ojos miel endurecidos hasta el ámbar. Se inclinó, acarició su cabeza con una lentitud perversa, como si fuera un hermano menor al que consuela. —Lo sé. Todos cometemos errores. Pero tú robaste mi confianza. Luego, sin cambiar el tono de voz ni el gesto suave de su mano, tomó el cuchillo y lo hundió hasta el mango en la garganta del hombre con un movimiento limpio, silencioso. El chorro de sangre caliente no fue violento, sino un torrente oscuro que salpicó la mesa, tiñendo planos y papeles de un rojo metálico. Los otros tres gritaron, un coro de terror, forcejearon inútilmente contra las esposas. —Los errores se pagan —continuó Matías, limpiando el cuchillo con un pañuelo de seda, sin una sola gota en sus manos—. Y ustedes tres pagarán de otra manera: mañana estarán de regreso en la obra, cavando con sus propias manos. Pero cada quincena, la mitad de su sueldo se irá directo a las viudas de mis hombres caídos. Una gota más de traición, y no habrá segundas oportunidades. La próxima vez... Los guardias, habituados al ritual, retiraron el cuerpo inerte y a los sobrevivientes, que no se atrevían a mirarlo. El olor metálico de la sangre y el sudor quedó suspendido en el aire, denso, casi palpable. Matías respiró hondo, una inhalación profunda, como si ese ambiente cargado de muerte lo revitalizara. Un asistente se acercó con la cabeza gacha y le entregó un teléfono encriptado. —Señor, llamada de su hermano. El cambio en Matías Herrera fue inmediato y radical. La dureza en sus facciones se suavizó en una fracción de segundo, la mandíbula se relajó, el ámbar de sus ojos se fundió en miel líquida. Tomó el aparato y salió al exterior, dejando atrás el hedor de la bodega, donde el sol bañaba el esqueleto del futuro residencial. —Sebas, ¿cómo vas? —su voz era cálida, casi tierna, la voz de un hombre completamente diferente. Al otro lado, la voz de Sebastián sonaba cansada pero alegre, llena de esa vitalidad que Matías había extirpado minutos antes. —Mat, estoy saliendo del hospital. Hoy vi a un niño con leucemia tocar la guitarra en la sala de espera. Juraría que tenía más fuerza que muchos adultos. Matías sonrió, una sonrisa real, que arrugó el rabillo de sus ojos. Era una sonrisa que nadie de su mundo criminal había visto jamás, un secreto guardado a cal y canto. —Tú siempre encuentras la luz en cualquier lugar. Eres como una linterna en este puto país. —Y tú deberías descansar, hermano. Te escucho tenso. ¿Qué haces? Matías observó el terreno, las máquinas, los hombres que sudaban bajo el sol, y eligió una mentira piadosa, la armadura que usaba para proteger a Sebastián. —Negocios. Nada importante, papeleo. Lo único que importa es que vengas pronto a cenar conmigo. Extraño hablar contigo cara a cara. —En dos semanas termino exámenes. Te prometo que voy. El silencio entre ellos fue breve, pero cargado de un afecto real, intocable por la sangre o el dinero. —Cuídate, Sebas. No dejes que nada te cambie. Colgó la llamada y guardó el teléfono. La máscara regresó a su rostro. El líder frío, el calculador, el arquitecto del caos, regresó a la realidad del cemento y la traición. En el horizonte, el sol de Ciudad Juárez parecía observarlo con la misma dureza que él imponía a sus hombres. Pero por dentro, en el único rincón secreto que le quedaba, el eco de la voz de Sebastián lo mantenía anclado a algo humano, aunque fuera solo por el instante fugaz entre la vida y la muerte. Y en alguna parte de Tijuana, Valentina Morales terminaba de leer este mismo perfil, sintiendo que la brutalidad del hombre era un reto que le calentaba el coño.
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