La mansión de Esperanza Vega, La Madrina, se levantaba en las colinas de Tijuana como una fortaleza disfrazada de palacio. No era ostentosa; era opulenta, una diferencia sutil que solo los muy ricos conocían. Muros blancos rodeados por bugambilias violentamente fucsias, cámaras ocultas en cada rincón, y guardias armados con rifles de asalto que fingían podar setos. El aire en los jardines olía a tierra mojada, a perfume caro y a pólvora quemada, a esa mezcla exacta de cocina de chef francés y amenaza mexicana. El lujo y la muerte convivían allí como hermanas siamesas que se odian en silencio.
Valentina cruzó el portón en su Maserati n***o, cuyo motor de ocho cilindros sonaba como un ronroneo discreto. La música de Lana Del Rey estaba apenas audible en el interior, una banda sonora de melancolía pop que contrastaba con su misión. Vestía un jumpsuit de seda color crema, un diseño que abrazaba cada curva con respeto y que terminaba en unas zapatillas planas de piel, un lujo nada raro para ella. Las gafas de sol, enormes y oscuras, ocultaban las huellas de haber dormido apenas dos horas. Pero su piel brillaba, impecable, casi sobrenatural, como si el cansancio no fuera lo suficientemente digno de tocarla. Así debía ser: perfecta, inalcanzable, un espejismo que nadie pudiera descifrar, y mucho menos penetrar.
En el salón principal, Esperanza Vega la esperaba. Su figura pequeña y elegante estaba hundida en un sillón tapizado en terciopelo color vino, un vaso de coñac añejo en la mano. Sus ojos, negros como obsidiana, estaban fijos en las noticias silenciosas de un televisor de ochenta pulgadas: violencia en la frontera, políticos corruptos sonriendo. La Madrina no era de las que daban la cara; ella era la fuerza de la gravedad en su propio universo.
—Llegas tarde, niña. Y lo sabes —dijo sin girarse, su voz grave, impregnada de tabaco caro y un poder que no necesitaba alzar la voz para ser obedecido.
Valentina sonrió, con la calma de quien sabe exactamente cómo manejar a su depredador. Dejó el clutch sobre la mesa de cristal, lo abrió y, con un movimiento teatral, colocó dentro un pequeño dispositivo USB plateado que brilló bajo la luz del sol que se colaba entre los visillos.
—Quinientos mil. Limpiamente transferidos. Cuentas ya dormidas —informó, su tono de voz era profesional, como una cirujana reportando una operación exitosa—. Cero alarmas.
La Madrina alzó una ceja, el único gesto que se permitió, por fin volviendo sus ojos hacia ella. Brillaban con ese frío de acero que no admitía errores ni sentimentalismos.
—El texano. Robert Mitchell. ¿Fue tan fácil como pareció en el reporte que me llegó antes de que llegaras tú?
—Tan fácil que casi me sentí insultada —respondió Valentina, quitándose las gafas. Sus ojos verdes destellaron como cuchillos bajo la luz dorada de los tenues rayos de sol—. Una noche de tragos, una hora de ese sexo, y me regaló medio millón de dólares sin saberlo. Su ego era más grueso que su polla. Y créeme, la tenía gruesa.
La Madrina bebió un sorbo lento de coñac, dejando que el líquido quemara su garganta, disfrutándolo como si saboreara la sangre de un enemigo.
—Cuéntame de nuevo tus métodos, Valentina. Quiero que lo escuche mi gente. La lección no es el dinero, es el arte. —ordenó, señalando con un gesto leve a dos lugartenientes que permanecían inmóviles en la sombra, dos hombres de n***o que apestaban a lealtad y plomo.
Valentina caminó por la sala como si fuera una pasarela para un auditorio lleno de hombres hambrientos. Sus pasos resonaron contra el mármol, un ritmo de clic-clac que era su declaración de guerra. Su voz era un manual de seducción mortal y psicología inversa:
—i********: es el anzuelo y la prueba de concepto. Fotos de viajes que prometen un mundo inalcanzable, hoteles de lujo, la vida que todos estos hombres, por muy ricos que sean, sienten que les falta. Son millonarios aburridos, políticos sin alma, CEOs sin vida s****l. Todos caen buscando una mujer que los valide, que los haga sentir deseables otra vez.
Se detuvo en el centro de la habitación, las manos entrelazadas con calma.
—Ellos comentan, me siguen, me buscan. Yo dejo migas de pan. Hago que el encuentro parezca casual: un evento exclusivo, un vuelo privado que se cancela, un bar donde saben que no cualquiera entra. El juego es el pretexto. Pero el sexo es el arma final. Una vez en mi cama, se desarman. La dopamina les inunda el cerebro, anula la prudencia. Sus teléfonos desbloqueados, sus carteras abiertas, sus secretos en susurros. Yo tomo lo que necesito, los dejo vacíos y empapados, y desaparezco antes de que sospechen.
Los lugartenientes intercambiaron una mirada, cargada de respeto y un temor latente. La Madrina asintió, satisfecha, como una madre orgullosa de su hija más talentosa y más despiadada.
—Eres mi joya más preciosa, Val. La mujer que convierte a los hombres en idiotas babosos con solo una mirada y un par de movimientos de cadera.
Valentina inclinó la cabeza, aceptando el halago como si fuese una medalla, aunque por dentro sentía el peso frío y constante de una cadena invisible.
La Madrina dejó su vaso de coñac sobre la mesa con un clac seco que cortó el silencio y sacó una carpeta de cuero n***o, más gruesa que la anterior. La empujó hacia ella.
—Tu próximo objetivo será más difícil. Mucho más. Se llama Matías Herrera. CEO de Monterrey. Un constructor millonario, filántropo de sonrisa torcida. La leyenda dice que es impenetrable, tanto en negocios como en su vida privada. Pero yo sé lo que no muestran las revistas: está atado hasta el cuello al Cartel del Golfo. Es un lavador de primera.
El nombre resonó en la sala como un disparo seco. Valentina tomó la carpeta, sintiendo el peso del cuero bajo sus dedos, y la abrió. Fotografías de prensa: Matías cortando listones en desarrollos urbanos de lujo, dando conferencias sobre arquitectura sustentable, subiendo a motocicletas clásicas de colección. Un hombre con un hobby caro y un secreto letal.
—Altura un metro ochenta y cinco, buen cuerpo, sin panza —leyó ella en voz baja, recorriendo los datos—. Ingeniero civil, estudió en Alemania, habla tres idiomas. Hermano menor: Sebastián, estudiante de medicina. Actividad empresarial legítima, pero las cuentas dicen otra cosa.
Entre los documentos había balances bancarios, diagramas de lavado de dinero que parecían arte moderno, registros de donaciones sospechosamente generosas a hospitales infantiles. Valentina pasó las páginas con los dedos firmes, aunque un cosquilleo de curiosidad le recorrió el cuerpo.
Matías Herrera. El nombre tenía un peso distinto, un eco. No era un simple texano borracho ni un político corrupto. La foto que lo mostraba con traje de diseñador, la sonrisa ladeada, una cicatriz apenas perceptible en la barbilla y unos ojos miel intensos, parecía mirarla directamente, como si supiera que ella lo estaba estudiando. Él no la estaba mirando como un pedazo de carne; él parecía estar analizándola, incluso a través de una hoja de papel.
—¿Quieres que lo destruya financieramente? —preguntó Valentina, cerrando la carpeta. La pregunta era un desafío, no una duda.
La Madrina sonrió, mostrando un brillo discreto de oro en sus dientes.
—Quiero que lo tengas en la palma de tu mano. Cada secreto, cada cuenta, cada debilidad. Si puedes seducirlo, hazlo. Si debes casarte con él, hazlo. Pero recuerda, niña: no es un idiota como los otros. Este hombre es peligroso.
Valentina se acercó, dejando la carpeta sobre su regazo. Se inclinó un poco hacia La Madrina, lo suficiente para que el escote de su jumpsuit insinuara más de lo debido, una ofrenda de obediencia.
—Peligroso es mi segundo nombre, mamá. Mi coño es más peligroso que cualquier cartel que me pongas enfrente.
Esperanza Vega rió, una carcajada corta, hueca, que no tenía nada de maternal. Era el sonido de un negocio cerrado.
—No me falles, niña. No olvides quién te dio todo lo que eres. Y no te confundas: el juego es el dinero, no el placer.
Valentina sonrió con la precisión de una actriz. Asintió, pero en su interior, mientras la imagen de Matías Herrera seguía ardiendo en su mente, una duda desconocida, una excitación helada, le rozó el pecho: por primera vez en años, tuvo la sensación de que la presa podría no ser tan simple de devorar. Sintió un apetito que no era solo por el dinero.
Esa noche, de regreso en su apartamento de lujo con vistas al mar de Tijuana, Valentina encendió la computadora. Desplegó la información en pantallas múltiples: i********: de Matías, cuentas verificadas, entrevistas en YouTube, registros de negocios internacionales, todo interconectado. La luz azul e intensa iluminaba su rostro mientras navegaba, cada click un paso más cerca de su objetivo.
Y mientras estudiaba la sonrisa torcida del hombre en la foto de perfil, el músculo de su v****a se contrajo involuntariamente, un movimiento que no quiso nombrar. Algo que no era solo curiosidad se agitó en su interior.