Abril sintió que sus ojos se llenaron de lágrimas calientes cuando el pesado cerrojo de metal chirrió y la puerta de la celda se abrió frente a ella. El sonido fue un recordatorio seco de la realidad en la que se encontraba Daniel. Estaba sentado en un rincón sombrío del habitáculo, con la cabeza hundida entre sus manos, proyectando una imagen de frustración y derrota que le partió el corazón. Se veía terriblemente pálido bajo la luz mortecina del centro de detención, con la ropa arrugada por las horas de encierro y su cabello rubio, usualmente impecable, totalmente desordenado. Abril tenía poco tiempo de conocerlo, apenas unos meses desde que entró a la empresa, pero le había tomado un aprecio genuino por su amabilidad y su disposición siempre dispuesta a ayudar. Además de ese sentimiento

