—Solo será hasta que logre comprobar la inocencia de Daniel —se dijo Abril a sí misma frente al espejo, como si repetir esas palabras pudiera convencer a su conciencia de que no estaba jugando con fuego. Eran las seis de la mañana y no había podido pegar un ojo en toda la noche. El insomnio no solo era producto de la preocupación por Daniel y la injusticia que estaba viviendo en esa celda fría, sino por Alaric. La presencia de su jefe se había convertido en una perturbación constante, un fuego que la quemaba por dentro cada vez que él se acercaba lo suficiente como para que ella pudiera sentir su calor. Se acomodó la pijama de seda, una prenda ligera que dejaba al descubierto su abdomen plano y el inicio de sus senos, dándole un aspecto vulnerable pero provocativo. Salió de la habitación

