El silencio de la cueva se volvió tan denso que Abril podía escuchar el silbido del viento filtrándose por las grietas de la cueva. La propuesta de Alaric quedó suspendida en el aire frío como una sentencia inevitable. No había burla en su tono, aunque esa sonrisa ladeada conservaba el rastro de su arrogancia natural; lo que había era una lógica aplastante y primitiva. Ella lo miró fijamente, con los ojos empañados por el cansancio, tratando de encontrar una pizca de engaño en su expresión, pero solo halló la determinación. El frío ya no era una molestia, era un enemigo que estaba apagando sus sistemas uno a uno, y ella sabía que Alaric tenía razón: si no generaban una fuente de calor interna y constante, el amanecer solo encontraría dos cuerpos rígidos bajo la piedra. ¿Estaba dispuesta a

