Alaric soltó un suspiro largo, cargado de una indiferencia que parecía ensayada pero que en realidad era su mejor arma. Con un movimiento lento, casi exasperante para quien lo observaba, estiró los dedos hacia la copa de champagne que descansaba sobre el mantel de lino. La rodeó con seguridad, la llevó a sus labios y le dio un sorbo pausado, saboreando el líquido mientras mantenía sus ojos azules clavados en los de su tío, desafiándolo sin decir una palabra todavía. Cuando finalmente bajó la copa, su voz salió con una arrogancia gélida. —Siempre has buscado la manera de pelear por algo que nunca se te ha dado, querido tío —soltó con una sonrisa torcida que no tenía nada de amable—. Incluso cuando mi padre vivía, deseabas tener la inteligencia que él tuvo para llevar los negocios de mi abu

