Cuando cruzaron el umbral de la mansión, Abril se quedó estupefacta ante la opulencia que la rodeaba. Si la casa de caza le había parecido lujosa, esto era otro nivel de riqueza, una que se sentía en el peso de las molduras bañadas en oro y en el brillo de los suelos de mármol que reflejaban las lámparas de cristal de roca. Sin embargo, lo que más captó su atención no fue la decoración, sino el hombre que bajaba las escaleras con una rapidez sorprendente para su edad. A pesar del bastón de madera oscura con empuñadura de plata que llevaba en su mano derecha, se movía con una agilidad envidiable y una energía que llenaba todo el vestíbulo. —Déjame tranquila, Guadalupe, aún puedo bajar unas benditas escaleras sin que me estés vigilando como si fuera un niño —exclamó el anciano, apretando el

