Cuando Alaric abrió los ojos, encontró a Abril sentada en el borde de la cama, inmóvil, con la vista perdida en el ventanal. Afuera, la nieve no daba tregua y caía con una densidad que borraba cualquier rastro del bosque. El silencio en la habitación solo era interrumpido por el crepitar de los restos de leña en la chimenea, que aún mantenía el cuarto a una temperatura agradable. Alaric se incorporó sobre los codos, observando la espalda de su esposa, notando la rigidez de sus hombros y la forma en que sus manos se aferraban a las sábanas de seda. —¿Cómo te sientes? —preguntó él con la voz ronca por el sueño, haciendo que ella diera un pequeño brinco y se girara a verlo con rapidez. Abril tragó saliva con dificultad, sintiendo un nudo en la garganta que no terminaba de bajar. En su mente

