Con manos temblorosas y el pulso martilleando en sus muñecas, Abril estampó su firma en el contrato después de haber leído cada cláusula más de tres veces. El papel se sentía pesado entre sus dedos, casi como si el material mismo tuviera el poder de sellar su destino de forma irrevocable. Sabía, de manera racional, que este acuerdo le traería beneficios incalculables: la seguridad de un techo, la resolución de su caótica situación legal y la protección contra las garras de Olivia. Sin embargo, en lo más profundo de su pecho, una voz insistente le advertía que estaba pactando un acuerdo con el mismo diablo, entregando su libertad a cambio de una estabilidad que sabía que vendría con un precio emocional que aún no podía calcular. Alaric la observaba desde el otro lado de la mesa con esa mira

