En mi manos

1945 Words
Y un problema grande. Alaric lo supo en cuanto Abril salió de su oficina y cerró la puerta detrás de ella. Bastó ver la curva de sus caderas al girar, su espalda recta, su paso firme y ese perfume suave que dejó flotando unos segundos… para sentir cómo una erección crecía en su entrepierna con tanta claridad que tuvo que inhalar hondo para disimularla. Se quedó completamente inmóvil. El corazón le palpitaba con fuerza, no de miedo ni de sorpresa, sino de una tensión física tan intensa que lo irritó. Apretó la mandíbula y apoyó ambas manos sobre el escritorio, intentando controlar su respiración. Su mente, sin permiso, comenzó a reproducir la imagen de Abril caminando frente a él. Sus caderas prominentes moviéndose con un ritmo natural. Sus ojos esmeralda que parecían encenderse cuando estaba molesta. Esos labios carnosos y rosados que había mordido cuando trataba de contenerse. Alaric cerró los ojos por un instante. Era absurdo. Inaceptable. Y, sin embargo, no podía negarlo. Deseaba probar esos labios. Deseaba verla más de cerca. Deseaba sentir ese coraje que ella tenía dirigido solo hacia él. Pero había algo más. Algo que también lo inquietaba. Esa necesidad innata de molestarla. De llevarla al límite. De hacerla explotar. De verla arder de rabia. No entendía por qué. No sabía de dónde venía esa fijación repentina. Pero lo cierto era que le gustaba. Le gustaba demasiado. Y eso… lo irritó más. Tomó aire, recuperó la rigidez de siempre en su postura y, sin perder tiempo, decidió actuar. —Martin —exclamó con voz firme. El hombre entró casi de inmediato, ajustando su saco con elegancia. Era su mano derecha dentro de Bremer Corporation, eficiente y muy hábil para mantener la empresa funcionando. Alaric no le dio tiempo de acomodarse. —Dile a Abril que organice y termine los trabajos que dejó pendientes Liliana, hoy mismo —ordenó sin miramientos. Martin abrió la boca, sorprendido por la petición. —Señor… son demasiados documentos. Liliana dejó informes, balances, reportes atrasados, llamadas pendientes, tres reuniones reprogramadas… No creo que ella… Alaric levantó una ceja, impaciente. —Pues si es tan buena como dices, lo hará —respondió con frialdad—. Si no, que se largue de mi empresa. Martin tragó saliva con fuerza. Sabía que Alaric no hablaba por hablar. Sabía que cada orden debía cumplirse al pie de la letra. Sabía que contradecirlo no era una opción. —As… así será, señor —respondió antes de salir de la oficina apresurado. … Cuando Abril recibió la noticia, sintió cómo la sangre le subió directo al rostro. Tenía frente a ella una pila enorme de documentos, carpetas, informes atrasados, reportes mensuales, correos pendientes y tareas que Liliana, la secretaria anterior, había dejado sin atender durante al menos una semana. Apretó los puños. —Es un maldito… —pensó, mordiéndose el interior de la mejilla para no decirlo en voz alta. Sabía perfectamente que esto era una provocación. Una prueba. Un intento de humillarla. De dejarla en evidencia. De forzarla a renunciar. Era típico de hombres como él. Pero levantó el rostro, respiró hondo y sonrió a Martin. —No te preocupes —dijo ella con una tranquilidad que no sentía—. Yo lo haré. Martin se quedó mirándola unos segundos, analizando si hablaba en serio. Pero había una determinación en su mirada que hizo que él simplemente asintiera. —Si Necesitas cualquier cosa, me llamas —respondió antes de irse. Abril se quedó sola. Y respiró hondo. Luego comenzó. … Su jornada se volvió una carrera contrareloj. Organizó documentos, clasificó archivos, corrigió informes mal redactados, verificó números, respondió correos atrasados, devolvió llamadas, agendó reuniones y revisó balances. Su experiencia como contadora la ayudaba enormemente. Tenía rapidez, exactitud, orden mental. Sabía detectar errores fácilmente. Aun así, era mucho. Demasiado. Pero no se permitió pensar en eso. Cada vez que el cansancio la alcanzaba, recordaba la sonrisa arrogante de Alaric. Y eso la mantenía en movimiento. No iba a darle el gusto de verla fallar. Jamás. Sus dedos volaban sobre el teclado. Sus ojos ardían por el cansancio. Sus piernas dolían de tanto estar sentada. Pero no se detuvo. Martín pasó varias veces frente a su escritorio, sorprendiéndose al verla tan enfocada. No hacía pausas, no se distraía, no se quejaba. Solo trabajaba. Y cuando el reloj marcó las seis en punto, la última tarea quedó lista. Literalmente cayó contra el respaldo de la silla, agotada. Respiró hondo, revisó todo una vez más y lo envió. En su oficina, Alaric estaba recibiendo los correos uno por uno. El sonido de cada notificación llenaba la habitación. Y cada una decía lo mismo: Trabajo terminado. Archivo completo. Informe corregido. Reunión agendada. Cita confirmada. Reporte actualizado. Al principio, pensó que eran solo los primeros envíos. Luego abrió el primer documento. Perfecto. El segundo. Impecable. El tercero. Más organizado que cuando Liliana lo hacía. Frunció el ceño, inclinándose un poco hacia adelante. Abrió el cuarto, el quinto, el sexto. Los revisó con atención, buscando errores. No encontró ni uno. Todo estaba en orden, todo estaba entregado. Todo estaba hecho con rapidez casi imposible. Y lo que más le irritó… fue que sintió una sonrisa formarse en sus labios. Una sonrisa leve. Apenas perceptible. Pero ahí estaba. —Vaya… —murmuró, sorprendido por ella, por sí mismo, por su reacción. No sabía si sentir satisfacción, alivio… o más irritación por el hecho de que esa mujer hubiera logrado hacerlo todo. Pero una cosa estaba clara: Era buena. Muy buena. Y eso solo hacía que el problema que representaba para él creciera más. Cuando Alaric salió de su oficina, habían pasado solo unos minutos desde que Abril envió el último correo. Ella seguía en su cubículo, ordenando su escritorio y esperando—de manera absurda, pero inevitable—alguna palabra. Algo mínimo. Un “buen trabajo”. Un “lo recibí”. Un “continúa así”. No necesitaba un abrazo ni agradecimientos exagerados. Solo profesionalismo. Solo un reconocimiento normal. Básico. Pero cuando Alaric pasó junto a ella, no se detuvo. Ni la miró dos veces. Ni siquiera bajó la velocidad de sus pasos. Solo clavó sus ojos fríos en ella y dijo: —Mañana a primera hora no seas impuntual. Eso fue todo. Ni una palabra más. Camino firme. Portafolio en mano. Perfume caro. Arrogancia pura. Abril lo siguió con la mirada, fulminándolo. Sintió un impulso tan fuerte que por un segundo imaginó agarrar el lápiz de su escritorio y enterrárselo entre los omóplatos. No para matarlo, solo para que dejara de comportarse como un ser humano incapaz de decir “gracias”. Pero respiró hondo. Contó hasta tres. Y se puso de pie con dignidad. Tomó su bolso, apagó el monitor y caminó hacia el elevador con la espalda recta. Salió del edificio unos minutos después que él. El aire de la calle le golpeó el rostro, fresco, lleno del ruido de Nueva York. Aun así, por dentro estaba hirviendo. —Imbécil… —murmuró, apretando los labios mientras tomaba el tren hacia casa. … Mientras tanto, Alaric llegó a su penthouse en el edificio exclusivo donde vivía. Apenas entró, se quitó el saco y lo dejó caer sobre la silla del comedor. Se frotó los ojos con cansancio y dejó su portafolio sobre la mesa. No pasaron ni dos minutos cuando la puerta se abrió. Ethan entró sin esperar permiso, como siempre. —Me llamaste tan urgido que pensé que te estabas muriendo —dijo con su humor habitual. Alaric no sonrió. —La mujer que te pedí que investigaras —comenzó, sirviéndose un vaso de agua—. Está en mi empresa. En mis manos. Ethan se detuvo en seco. —¿La mexicana? —Abril Rodríguez —confirmó Alaric, tomando un sorbo de agua—. Vive en un apartamento modesto con una amiga. Quiero todo lo que puedas conseguir hoy. Nombre completo. Dirección. Documentos. Familia. Todo. —Entendido —asintió Ethan—. ¿Alguna razón en especial para esta urgencia? —Sé rápido —fue lo único que respondió Alaric. Ethan levantó las cejas pero no preguntó más. Sabía reconocer cuando su amigo entraba en un modo de control absoluto. Y también sabía que discutir en esos momentos era inútil. A la mañana siguiente, Alaric estaba en su oficina revisando informes cuando la puerta se abrió. Ethan entró con una sonrisa arrogante y un folder grueso en la mano. —Tengo lo que pediste —anunció, dejándolo caer sobre el escritorio. Alaric dejó el bolígrafo y entrecerró los ojos. Ethan extendió el folder como si se tratara de un premio. —Abril Rodríguez. Veintisiete años. Mexicana. Carrera en contaduría finalizada con honores. Experiencia de seis años como asistente contable en una empresa mediana. Vivía con su madre hasta hace unos años y después se mudó con su prometido. Estaba a punto de casarse. El ceño de Alaric se frunció levemente. Ethan continuó: —Tuvo una relación de cinco años con un tal Diego Navarro. Iban a casarse. Hubo un escándalo. Una infidelidad. Ella lo dejó hace poco. Alaric echó la cabeza hacia atrás y tomó un sorbo largo de agua. El líquido le bajó por la garganta como si intentara apagar algo. Un malestar extraño se formó en su pecho. Rabia. Tensión. Una punzada incómoda. No entendía por qué. No tenía sentido. No era su asunto. No le importaba la vida sentimental de Abril. Y aun así… Saber que había tenido una relación tan larga lo irritó. La imagen de Abril con otro hombre lo molestó. Aunque no debería. Aunque no había motivo lógico. Aunque ella no era nada suyo. Pero igual lo irritó. Ethan lo notó. —¿Qué? ¿Te molesta? —preguntó con una sonrisa burlona. Alaric no respondió. Solo apretó la mandíbula. Ethan continuó hojeando el informe. —Eso no es todo… —dijo finalmente—. Hay algo más que te va a interesar. Alaric lo miró esperando. Ethan apoyó ambas manos sobre el escritorio. —Está aquí con visa de turista. No tiene permiso para trabajar en esta empresa. El silencio que siguió fue intenso. Alaric parpadeó lento. Luego reclinó la espalda en su silla. Una sonrisa apareció en su rostro. Una sonrisa que Ethan reconoció de inmediato. —Sabía que te iba a gustar —se burló. Alaric giró el vaso entre sus dedos. —Me sorprende que Martín haya contratado a alguien sin revisar su estatus legal —comentó con calma. —Yo diría que Martín estaba desesperado por cubrir el puesto —respondió Ethan encogiéndose de hombros. —O tal vez —dijo Alaric, con un tono más bajo—, fue un golpe de suerte. Ethan entrecerró los ojos. —¿La vas a despedir? Alaric apoyó el codo sobre la silla y llevó un dedo a la sien. —No —respondió con seguridad—. No voy a despedirla. Ethan lo miró sorprendido. —Pero si descubriste que está trabajando ilegalmente… —Precisamente —interrumpió Alaric. Su sonrisa se ensanchó apenas, pero fue suficiente para revelar el pensamiento detrás. —Tengo la excusa perfecta para tenerla en mis manos —continuó—. Y no pienso soltarla. Ethan soltó un silbido bajo. Alaric se puso de pie y caminó hacia la ventana, observando la ciudad desde el piso más alto de Bremer Corporation. —Busca la manera de atrasar que Martín le tramite cualquier documento legal para regularizarla —ordenó con voz firme. Ethan levantó las cejas. —¿Quieres dejarla vulnerable? Alaric no lo miró, pero su voz fue clara. —Has lo que sea necesario. Pero Abril Rodríguez tiene que estar en mis manos.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD